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lunes, 16 de junio de 2008

Llego la hora

Lunes, 8.30, de nuevo en la oficina, de nuevo despilfarrando energías en un lugar hueco, vacío de contenido humano, relleno tan solo de ambición, egos y resentimientos vitales. Hombres y mujeres vacíos en su interior, que vuelcan todas sus energías en el trabajo diario, autómatas diseñados para obedecer, para seguir el camino marcado, para luchar por un ideal que no eligieron, que no entienden y que no les aportará la realización personal prometida jamás, como la liebre que sirve de presa en las carreras de galgos, correrán desesperadamente durante todas su vida detrás del prometido manjar, sin ninguna posibilidad de alcanzarlo, y cuando exhaustos, se den por vencidos y renuncien a la estúpida búsqueda, los perros rabiosos de la competitividad estarán atentos para descuartizar sus cuerpos y devorar lo poco que quede de sus almas.

No aguanto más este circo, en el que todos somos payasos y las fieras esperan fuera, afilando sus blancos dientes, ansiosos por bucear en nuestras entrañas y saciarse con nuestra sangre.

Se acabó, antes morir matando que esperar escondido que suene el gong que anuncie el final.

Acabaré con toda esta mentira, acabaré con todos, destruiré este santuario de la ambición y la renuncia, a partes iguales.

Invento una excusa y me voy, ya se cuál es mi destino, mis pasos se encaminan hacia un barrio del extrarradio, calles oscuras, oscuros presagios. Mis pies conocen el camino, la idea flotaba en mi mente desde el primer día.

Llego al local que buscaba, me recibe un hombre extraño, lleno de tatuajes, con la misma expresión de tranquilidad y resolución en sus ojos, sabe lo que pretendo, y sabe que no hay otra opción. Me enseña todo el arsenal, me aconseja, “con esta serás más rápido”, “con esto todo acabará en segundos…”. Salgo del lugar con una bolsa llena de respuestas, y con una determinación ciega, hoy será el día, hoy verán la luz.

En el camino a la oficina paro en mi casa, me visto cuidadosamente, necesito ropas con muchos bolsillos, hay mucho material que guardar, no quiero quedarme sin él en medio de la función…

Preparo las pinturas de guerra, no hay que olvidar ningún detalle, éste es mi gran día y he de estar bien guapo para la foto.

Como algo, y disfruto de la última comida antes del desenlace, me despido de Min, mi felino compañero, en sus ojos veo apoyo, entendimiento, está conmigo.

Monto en mi coche, el metro no es lugar para subir con todo lo que llevo.

Aparco cerca de la oficina, estoy tranquilo, mi determinación anula los nervios, una risilla nerviosa aflora a mis labios.

Mientras subo en el ascensor mil imágenes cruzan mi cabeza, tantas reuniones estúpidas, tantas presiones injustas, tantas frases alentadoras que generaban mi desprecio,.. hoy hablaré yo, hoy hablarán mis armas, y vuestras caras de estupefacción precederán al desenlace final.

Abro la puerta y veo a mi compañera recepcionista, el miedo se refleja en sus ojos cuando me ve entrar, llevo un dedo a mis labios y la pido silencio, tú solo eres una víctima, no eres tú mi objetivo.

La puerta del despacho de mi jefe está entreabierta, oigo voces, está reunido por videoconferencia con el gerente, el momento es perfecto.

Empujo la puerta, se abre acompañada del sonido metálico de las bisagras, el momento ha llegado.

Mi jefe se gira y al verme con la cara pintada y los ojos inyectados en sangre da un salto de la silla. Abro la bolsa y saco mis armas, aquí acabará todo, ha llegado la hora…..

Me pongo mi sombrero y saco mis malabares, me subo en la mesa, canto, río y bailo sin control, la música me acompaña, mancillo el altar sagrado de la soberbia con torbellinos de alegría y desenfreno, la puerta se abre, mis compañeros llegan, todos me rodean con cara de asombro, se acercan hacia mí, y cuando van a agarrarme comienza a salir agua de mis flores de la risa, sus caras chorrean, creen que me he vuelto loco. El gerente mira a izquierda y derecha, está a punto de enloquecer, su cuadrada cabeza no alcanza a comprender lo que está ocurriendo, no puede entender que uno de sus reos esté riéndose en su cara de él, su cabeza empieza a dar vueltas sobre sí misma, la velocidad crece, el cuello se tensa y antes de que nos demos cuenta… boom!!!!!!! Su cabeza estalla rociando toda la sala de un líquido verde y pegajoso.

Sonó el gong, fin del combate, victoria por KO. Me bajo de la mesa, hago una reverencia y me voy: “adios señores, me voy, no traten de alcanzarme, y si quieren hacerlo, no olviden seguir el camino de baldosas amarillas”.

martes, 27 de mayo de 2008

"Esperanza", un cuento desde Mexico

Hace unos cuantos posts os hablé de que mi amigo José de Jesús estaba escribiendo un cuento para un concurso literario. Según me ha dicho, las bases pedían que el escrito estuviera ambientado en la época de la revolución mexicana. Jesús se ha inspirado además en vivencias de su ascendencia para contar el relato de Esperanza y San Diego Tlatlauquitepec.
A ver si os gusta. La banda sonora, a cargo de los atípicos Café Tacvba, los cuales me presentó él.


"Érase una vez un remoto poblado en el sureste mexicano llamado San Diego Tlatlauquitepec. Eran los años en que la revolución azotaba al país y profundos cambios políticos y sociales se llevaban a cabo por todos lados. El lugar era muy pacífico a pesar del movimiento armado que consumía a la nación, y gracias al aislamiento geográfico en que se encontraba, la revolución no afectaba en casi nada la vida diaria de sus habitantes.

Se llamaba San Diego Tlatlauquitepec, por San Diego que era el santo patrono del pueblo llevado por los fundadores, y Tlatlauquitepec proviene del náhuatl, Tlatlahui que significa “colorear” y Tepetl, que significa cerro, es decir “cerro que colorea”.

Originalmente fue fundado en las faldas del cerro Mispía. Ahí vivieron los fundadores durante tres meses, hasta que una misteriosa peste mató a todos los animales domésticos. Corría el fuerte rumor de que el lugar en que se habían establecido estaba maldito por una fuerte presencia ancestral, ya que fue ahí donde cientos de indios Chiapa decidieron morir antes de sucumbir ante los conquistadores. La clase guerrera de aquel pueblo se encargó de pasar a cuchillo a sus mujeres y niños, suicidándose ellos al final, ofreciendo su sangre y sus vidas a los Dioses. Por ese sacrificio y por el gran poder de la magia antigua conjurada por sus brujos, ellos aun se movían por esas tierras impidiendo que nadie se estableciera y prosperara en esos lugares, que según contaban, nadie había ocupado desde el suicidio masivo.

Por eso fue que la gente abandonó todo lo que había logrado construir en ese tiempo, antes de que algo peor pasara, llevando consigo únicamente lo necesario para poder establecerse en otro lugar comenzando de cero.

Fue así como llegaron a las faldas del cerro que colorea, donde por el sabroso clima y los numerosos arroyuelos de aguas cristalinas que bajaban de la montaña decidieron establecerse. Ahí vivieron pacíficamente casi aislados del resto del mundo. Sabían que los terrenos que habían ocupado para construir sus humildes viviendas y establecer sus cultivos pertenecían a Don Francisco Villafuerte. Éste era un gran hacendado que al tener conocimiento de que ese pequeño grupo de personas invadió una pequeña extensión de su territorio los dejó quedarse ahí, con la condición de que sembraran matas de café para él en lo alto del cerro. Según le había dicho un ingeniero agrónomo, las condiciones en ese lugar eran excelentes para plantar café y dejarlo crecer sin preocuparse por las labores de cultivo, para ocuparse únicamente de la cosecha.

Fue así como el Señor Villafuerte mandó a construir un camino a San Diego para que transitaran las carretas para recoger la cosecha de café y otras cosas que la gente del pueblo producía. Así San Diego Tlatlauquitepec apareció en el mapa, y empezó a llegar gente de muchos lugares.

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domingo, 25 de mayo de 2008

La Trinidad (La Búsqueda II)

Continúa de "La Búsqueda"

Abrió un ojo, luego el otro. Seguía vivo, un día más. Se levantó de la cama, la angustia le laceraba el estómago como los últimos cuatro días, desde El encuentro. Cada noche se acostaba preguntándose si sería la última y el amanecer le sorprendería cadaver o tal vez se levantaría en una bonita morgue. Pero ahí estaba, palpándose el rostro para asegurarse de que todavía sentía. Frío, húmedo. Estaba vivo. Se vistió con la mirada en el infinito y con la lentitud del desahuciado. Al fin y al cabo, era lo que él era. Ella le había respondido, le había encontrado. Sus días tocaban a su fin, así era la profecía que encontró en Playa Chica. Y sobre todo así lo sentía, su alma reconocía y sabía aquella verdad ineludible.

Dirigió sus pasos blancos hacia la calle de la Trinidad. La ironía de la vida era cruel. Años sin saber qué buscar, a dónde dirigir su vida, y en su últimos días la fatalidad le conduce a buscar, a querer encontrar de nuevo a la Mujer de los Ojos Tristes, a Ella, las Tres Moiras. Durante esos días recorrió la judería, caminó horas, esperó, se sentó, miró, lloró, pero no la volvió a encontrar. ¿Cuánto le quedaba? ¿por qué seguía vivo? La espera le mataba y el estómago le ardía, atenazado por el terror del occasio y del quando. C'est la vie, que fugit. Vita brevis, vita fugit.

Con sus pensamientos
pesadumbrosos llegó a la cafetería de la Trinidad. Vacía, como siempre en aquel tiempo.
- Lucía,... dame tú magia, reconfórtame- le pidió a la camarera, casi implorando.- Sálvame.
- Sólo te puedo dar café- dijo ella mientras le cogía las dos manos,maternal y piadosa.- Y aguado. Che, ya sabés que no soy Maga, ni hechicera ni bruja.
- ¿qué puedo hacer Lucía? ¿Por qué me dijiste que tendrían que pasar otros 100 años?
- Solamente era metáfora. Vos buscabás una respuesta que no puedo dar, porque vos mismamente la tenés que encontrar. Por vos mismo.
Y comenzaron una larga conversación sobre el destino, la voluntad del ser humano, y los caminos que conforman la larga espiral de la vida. Hablaron largo del alma, del cosmos y del caos y los hilos del tiempo, y de la búsqueda.
- ¿Qué buscas tú, Lucía?
- Tan sólo un alma preciosa en un cuerpo bonito- se paró a pensar y siguió.- Para enamorarme locamente y ser correspondida.
- Otra búsqueda infinita. La vida es un despropósito de dimensiones audaces.
- Ya lo encontré una vez, incrédulo.- le sonrió ella, su mirada desvanecida en un recuerdo.- En un París hoy antiguo, vetusto de hecho. Encontré un ser iluminado, que me iluminaba a mi. Y yo a él, era su baliza.
- Y ¿qué pasó? ¿dónde está?
- A miles de kilómetros de aquí. Ves, otra ironía de la vida. Cuando encuentras lo que buscas, se halla tan lejos, que más valía no haberlo encontrado.
Él frunció el entrecejo.
- Al menos -siguió ella, inspirada- mi alma se siente en calma, pues la búsqueda ya no me empuja, ya estoy tranquila.
- Y sola- afirmó el, venenosamente.
- Ya la he domado, la búsqueda -continuo ella, ignorándole- y espera enjaulada, relamiéndose como una leona entre las rejas del circo. Esperando a salir de nuevo, para una nueva actuación quizás o tal vez para salir brincando y al galope hacia la estepa.
- Loca, te pierdes con la metáfora.
Y por primera vez en cuatro días se soltó una carcajada.

- Te he hecho reír, quizás sí que sea Maga. - sonrío ella, y volvió a cogerle las manos.- Mirá, querido. Quizás es tu mensaje. La tranquilidad de quien ha encontrado otorga paz, y tiempo. Ahora que no busco, mi alma vuela en otros campos. Crea. Pinta, escribe y se expresa. Y pone cafés en un pueblo blanco.
Él volvió a echarse a reír. Ella pausó y tras meditar por un momento, siguió.
- La vida se teje en el telar de la vida. Cada cosa que pasa, cada hilo que se incorpora al tejido tiene una razón,ché, es parte del dibujo cósmico. Nada es en vano, querido. Pensá. Sentí. Meditá. Y actuá en consecuencia.
- ¿Quieres decir que quizás todo esto sea una broma, una lección de mi propia consciencia para decirme que deje que perder el tiempo buscando nadas y hadas?
- Eso creo, enamorado de la vida- y se puso seria. - Escuchá, tengo que atender

Y se alejó, hacia la mesa del rincón del piano, donde dos hombres se habían sentado.
La camarera de la Trinidad. Era única. Lo había conseguido. Se sentía mejor, un calorcito interior ya le llenada. Agarró su taza de café, aguado y negro, como siempre. Empezó a juguetear con la cucharilla y los reflejos plateados, mientras observaba cómo Lucía iba y venía, cómo hacía y deshacía, cómo sonreía y parloteaba con los extraños. Lucía en la cucharilla, Lucía en el espejo, Lucía plateada. Pero siempre luciendo. El tiempo podría pasar así siempre... sentado en su mesa, en el rincón del espejo de la cafetería de la calle Trinidad. Cien años han pasado y cien más podrían pasar así.

Entonces lo vió, debajo de la taza. Tantas veces se había sentado en esa mesa... ¿cuántas? ¿cien, igual? Nunca vió hasta entonces, en la vieja mesa de madera, aquel rayón. Había muchos rayones e inscripciones, muchos mensajes, en muchos idiomas, de los niños y turistas que juegan con la madera blanda y cualquier objeto punzante. Inglés, francés, español, árabe. Literatura del grafitti y punzón. Pero ésa era su mesa, y conocía palmo a palmo cada raya y cada inscripción. Y aquel mensaje no estaba antes. Otra vez.


No me busques. Soy yo quien te busca a ti. Soy yo con quien se encuentran. Y a ti, ya te he encontrado. you lived past your time.

¿Continuará?

martes, 4 de marzo de 2008

Rosas rojas


"La noche es fría, inhóspita, cargada de malos augurios, transporta ruidos casi inaudibles que en mis oidos retumban como chillidos escalofriantes, tengo miedo, pero no a los ruidos, no a la noche, no, lo que temo es el propio miedo, la sensación de vulnerabilidad que lo acompaña y me acompaña, esa sensación tan conocida de la que no consigo librarme, nimias victorias rodeadas de grandes derrotas, ya no aguanto más, se acabó, ahora mandaré yo, ahora decidiré yo, es mi momento, tomaré las riendas".
Sola, con las ropas rasgadas, temblando de frío, de frío y de rabia. Golpea la puerta del sucio portal, en una calle oscura,....... en una ciudad oscura,.... en un mundo oscuro. Otra vez el amargo sabor de la desesparación se mezcla con el regusto de la sangre en sus labios, ese hilillo de sangre delator que muestra que de nuevo tocó perder. Cuando lo vió en la pista de baile, tan elegante, tan apuesto, parecía moldeado con el material del que están hechos los sueños. Decidió jugar de nuevo, una última bola antes de abandonar el tablero, un último y desesperado intento por encontrar la dulzura. Algo la decía que aquél no era lugar para la dulzura, que algo no encajaba en el cuento de hadas,..... pero decidió no escuchar, tenía tantas ganas de amar...
Bailaron, rieron, bebieron, se dejó arrastrar por las aguas tormentosas de la ensoñación, tenía tantas ganas de amar.... Al final de la noche la invitó a su casa, "allí estaremos más comodos" - dijo. En el camino la compró dos rosas rojas, "tan lindas como tus ojos niña", las palabras pueden dar más calor que las llamas de un volcán.
Todo era perfecto, todo era como en sus sueños,.. pero olvidó que el material del que están hechos los sueños es el mismo del que están hechas las pesadillas, olvidó que ya no es tiempo de príncipes azules, que el amor no se vende en mercados ambulantes, ni se compra en discotecas, que el amor ni se bebe ni se esnifa, ni se fuma ni se inyecta, que el amor solo germina si se riega con el agua del respeto y se abona con la tierra de la confianza.
Y los sueños se hicieron pesadillas, y la dulzura se quitó su máscara y se vistió de crueldad, de violencia, de olor a sudor y de gritos, sobre todo de gritos, agudos, graves, largos, cortos, gritos de todos los tipos, de los que ya conocía y de los que quedaban por descubrir. Y lloró, y gritó, y suplicó,..... y dio igual, la bestia solo se calma cuando devora a su víctima, el hacha solo se entierra si está teñida de sangre.
No podría decir si pasaron minutos, horas o días, solo sé que al final pude salir, con el cuerpo mancillado y el corazón incinerado, ya no había sitio en él para más tristeza, y por no verlo sufrir lo asesiné. Este mundo no es sitio para él. Recompuse mi ropa como pude, me sequé las lágrimas, las últimas lágrimas que saldrían de estos ojos, lindos como rosas rojas, y busqué a trompicones el camino hacia mi apartamento.
El momento había llegado, el día de la liberación, ya no habría más dolor, ya no habría más gritos, estaba decidida a no permitir que nadie más me humillara, "este es mi momento, ya no podéis dañarme".
Se dió un baño de espuma, con hierbas aromáticas, su cuerpo tenía que reflejar la pureza de su interior, se vistió con aquel vestido blanco que compró cuando aún podía soñar, parecía un ángel, un ángel demasiado puro para este purgatorio.
Incluso se pintó, no solía hacerlo, pero quería verse guapa, hoy todo estaba permitido, hoy sería quien quisiera ser.
Se colgó aquel collar que le regaló un joven en Lisboa, con unos ojos azules como el mar de su tierra natal. Aquél joven, del que no recordaba el nombre, (quizás ni siquiera se lo dijo, quizás no era importante) la había hecho creer que merecía la felicidad, ese día conoció la ternura, bebió de sus labios el sabor de la belleza.
Ahora estoy preparada, es la hora, hoy por fin seré libre, hoy no podréis doblegarme, hoy alcanzaré la libertad. Abrió la puerta del balcón, el aire acariciaba su cara y mecía sus cabellos, estaba radiante.
Disfrutó por un segundo de la sensación de frescor en su piel, y libre al fín, saltó... y mientras caía no había lágrimas en sus ojos, ni pesar en su alma, por fin era libre, ya nadie podría gritarla.

miércoles, 16 de enero de 2008

Dos minutos....

Son las 8 de la mañana, acabo de subir al metro después de un par de minutos de espera en un andén repleto de gente.Tengo sueño, mucho sueño. Miro a mi alrededor, todos tienen sueño, el vagón está repleto de ojos cerrados, de ojeras, de caras con desgana, de personas encaminadas hacia un destino no deseado, que acaban de abandonar la placidez del descanso, el abrigo de la cama, quizá incluso el abrazo de la persona amada,... por ir en pos del pan de cada día.
A la desgana que provoca el madrugar se une la incomodidad provocada por los miles de personas concentradas en tan minúsculo espacio. Para poder subir al vagón he tenido que soportar empujones, colocarme en una postura acrobática y rezar porque las puertas no me dejen con medio cuerpo dentro y otro medio fuera.
Una vez superadas estas pruebas el vagón comienza a moverse, y todos los que allí nos encontramos tomamos aire y nos cargamos de paciencia para aguantar los minutos que nos esperan en tan precaria posición.
Tras diez paradas y un transbordo me acerco a mi destino, el vagón no está tan lleno como cuando me subí pero todavía queda bastante gente. A mi alrededor tengo a un joven estudiante camino de la facultad de minas supongo (está al lado de la parada), una joven con bolso quizá camino de su trabajo, un par de hombres de mediana edad con mono de trabajo, un par de rumanos (eso me parece al oirlos hablar) de mediana edad también, una anciana agarrada a la barandilla con fuerza, parece temer un gran peligro si suelta la barandilla, y un hombre que se encuentra detrás de mí con traje y corbata, poco pelo y una cara mezcla de estrés, responsabilidad y una honda amargura.
Cuando llegamos a la parada se produce el habitual trajín de personas que entran y personas que salimos. La anciana de la barandilla parece no saber que cuando no vas a bajarte es costumbre apartarte si es posible o bajar para dejar salir y después volver a entrar. La pobre mujer está como asustada por los pequeños empujones que le da la gente al salir o entrar debido al poco espacio que ella deja. Justo antes de que pase yo a su lado lo hace el hombre del traje, camina apresurado y al encontrarse con el impedimento que supone la mujer resopla malhumorado y pasa junto a ella con demasiado brío, el efecto inmediato es que la mujer se balancea y a punto está de caer, no contento con esto el hombre abronca a la anciana:

-!pero quiere apartarse!

Todos los presentes miramos al "homo erectus" con miradas reprobadoras, y nos acercamos a la anciana que por el empellón ha salido fuera del vagón y muestra en su cara el susto y la humillación sufrida. Me acerco a ella:

- Tranquila señora, siempre tiene que haber idiotas.
- Pero si yo no había hecho nada....
- No le dé más importancia, el tipo era un imbécil.

Oímos un ruido, miramos hacia atrás y vemos como el metro arranca camino de la siguiente estación.
Decido acompañar a la mujer hasta que venga el próximo metro, y así ayudar en lo posible a que se le pase el susto. Me cuenta que no es de aquí, que viene a ver a una hermana que está ingresada. Revisamos el plano del metro y la parada en la que se tiene que bajar, y la explico las normas no escritas que rigen el comportamiento en el submundo de esta ciudad para que no tenga más percances.

- Gracias hijo, pero no esperes más que llegarás tarde al trabajo.
- Tranquila señora, nada cambiará en mi vida por un par de minutos.

Llega el siguiente metro y lo coge, y nos despedimos con dos besos en la mejilla. Me voy con una sonrisa en los labios, esta mujer me ha recordado a mi abuela.
Cuando subo a la calle veo un gran tumulto de gente y un coche junto a la acera con un bollo enorme en el capó y el parabrisas agrietado. Junto a él se encuentra el cuerpo de un hombre ensangrentado. Entre el gentío veo las piernas del hombre, y un escalofrío recorre mi espalda, esas piernas las he visto antes...... Parece que dos minutos si cambiaron una vida.

miércoles, 9 de enero de 2008

Si puedes imaginarlo....

Se llama Arkaitz Erikorena, doce años, pelo castaño corto por la parte superior y desgreñado por detrás, tapando su nuca y cayendo sin orden por el inicio de su espalda. Nacido en Hernani, provincia de Guipúzcoa, es hijo de un trabajador de la industria química y de un ama de casa, ambos hernaniarras al igual que sus padres y abuelos.
Arkaitz tiene un hermano de 23 años, Gorka, un alegre joven que desde muy pronto tuvo contacto con la izquierda abertzale independentista, tras varios episodios conflictivos con la ertzaintza fue detenido una fría mañana de abril. Durante dos días estuvo retenido en dependencias policiales, tras los cuales fue ingresado en un hospital con diversas lesiones de carácter grave.
Arkaitz tenía 8 años cuando su hermano fue ingresado. Demasiado pequeño para comprender todo lo que ocurría, el llanto y la rabia de sus padres, las discusiones entre ellos, el dolor de su hermano, la rabia incontenida de sus abuelos.....
El joven Arkaitz necesitaba un culpable para esa situación, para no ahogarse en la incomprensión, y sus familiares se lo dieron, los culpables eran los españoles, los "maketos". Desde ese día el joven Arkaitz desarrolló un odio intenso y destructor hacia todo lo que tuviera que ver con España, y con los españoles.

Se llama José Manuel García, doce años, pelo negro cortado "a cepillo", como su padre. Nació en Madrid y se trasladó a Hernani hace 6 años, cuando a su padre, guardia civil, lo trasladaron a esta localidad Guizpuzcoana. Para el joven José Manuel los inicios en Hernani no fueron fáciles, llegaba a una sociedad que desconocía, en la que no tenía ningún amigo, y en la que notaba algo raro, informe, indefinido, que creaba un muro transparente que le separaba del resto. José Manuel vivía en una casa cuartel, con sus padres y con otras 50 familias de guardias civiles. Sus amigos eran todos hijos de guardias civiles, y todos tenían la misma sensación que José Manuel, acentuada por las extrañas conductas de sus padres, que nunca podían repetir rutinas en su día a día, modificaban los caminos cada día a pesar de dirigirse siempre a los mismos destinos, revisaban los bajos de sus coches diariamente en busca de no sabían que,....
En la vida de José Manuel había un día fatídico que siempre recordaría y que le marcó a fuego para el resto de sus días, 13 de Abril de 2003, ese día su padre salía como todos los días camino del trabajo después de haber revisado concienzudamente los bajos de su coche. Hacia las 12 del mediodía realizando un control rutinario se topó con dos presuntos etarras que le dispararon a bocajarro y salieron huyendo. Cuando llamaron a casa para avisar de lo ocurrido la madre de José Manuel no pudo ni gritar, en sus ojos se reflejaba la tragedia tantas veces presentida y temida. Tras dos operaciones y 10 horas de quirófano consiguieron extraerle las dos balas, pero lamentablemente una de ellas había dañado la columna y dejaría postrado para siempre en una silla de ruedas al padre de José Manuel. Desde ese día empezó a germinar en él un odio visceral hacia el mundo abertzale independentista, y hacia todas las personas que tuvieran que ver, aunque fuera tangencialmente, con él.

Era una mañana fría de Abril, en medio de las vacaciones de semana santa. Eran días buenos para los niños porque no había colegio, y podían dedicar todas las horas del día a jugar y divertirse. Arkaitz no tenía ganas de divertirse, acababa de enterarse de que le habían denegado la libertad provisional a su hermano, llevaba días soñando con volver a verle libre, y poder correr por los montes junto a él como hacían cuando eran más pequeños. Sus sueños tendrían que esperar, otra vez. La rabia le hacía insociable, no quería ver ni oír a nadie, solo al viento a través de las colinas de su infancia. Dio un beso a su madre y salió camino del monte, para pasear y pensar, y aunque no se lo dijese a sus padres, para llorar.
Arkaitz no lo sabía pero no estaba solo en el monte, había otra persona en los alrededores, José Manuel. Hoy se cumplían 4 años del fatídico día, antes de que sus padres se levantaran él ya estaba despierto, en realidad no había dormido nada, nunca dormía este día, el dolor y el recuerdo eran una losa demasiado pesada que no dejaba espacio para el descanso. Él sabía lo que significaba ese día en su casa, la tristeza y el dolor camparían a sus anchas, aún más que el resto de los días. Para él era insoportable, inventó una excusa poco creíble y salió disparado hacia el monte para rodearse del viento, esperaba que así pudiera alejar sus fantasmas. En esas estaba, cuando en medio del paseo por un camino que tenía a su derecha una caída de varias decenas de metros resbaló, y antes de que se diese cuenta su cuerpo colgaba del lateral del camino sujeto solo por sus manos, que poco a poco se iban resbalando, anunciando un terrible final. Miró hacia abajo, había al menos 30 metros de caída, sus posibilidades eran escasas. Gritó y gritó hasta desgañitarse, a sabiendas de que era muy poco probable que alguien anduviera por esos caminos. Cuando ya empezaba a perder la esperanza y a resignarse a su final escuchó unos pasos acelerados que se dirigían hacia donde él estaba. Una voz gritó:
- ¿dónde estás? ¿qué ocurre?
- Aquí -dijo él-. Rápido por favor, ya no puedo aguantar más.
Un joven se asomó y rápidamente le cogió por los brazos y lo izó hasta el camino. Fue duro porque el que le levantaba era otro niño como él, pero tras muchos esfuerzos conjuntos consiguieron salvar la situación. Ahora estaban los dos tendidos en el suelo, jadeando. José Manuel le dio las gracias mil veces, para él este niño era su ángel de la guarda, le había salvado, este niño era Arkaitz.

Tras este terrible esfuerzo los dos niños se encaminaron hacia una cueva que vieron en lo alto para descansar. Una vez dentro se sentaron y compartieron el almuerzo que la madre de José Manuel le había preparado. En esas estaban cuando oyeron un extraño ruido a su espalda, como de una respiración, pero muy intenso y denso. Se giraron y por poco caen de espaldas, lo que había ante ellos era un animal enorme, con alas como de murciélago y una piel con escamas, unas garras enormes y un aspecto como de reptil, no había duda, parecía un.... dragón. Los dos se miraron incrédulos buscando en el otro la confirmación de lo que sus sentidos les decían. De repente una voz se materializó en sus mentes, una voz que no provenía de la boca del dragón, pues esta estaba cerrada, pero que parecía provenir de su interior, quizá de su mente.
- ¿que hacéis en mi morada?
- Tú,.... tu,...... tu...... -dijo Arkaitz .
- Si, soy un dragón, tu mente no te miente.
- Pero, los dragones no existen, esto no puede ser real, debe de ser un sueño.
- ¿puedes verme?, ¿puedes sentirme?, entonces es que soy real.
Y para demostrarles que así era, en un rápido movimiento los cogió con sus garras y antes de que se dieran cuenta salió de la cueva, desplegó sus majestuosas alas y los elevó hasta las nubes. Cuando se hubieron repuesto del susto, miraron hacia abajo y pudieron contemplar su ciudad, los bosques a su alrededor, las verdes colinas, las rocas que defendían sus dominios de la impetuosidad del mar. Una cosa les llamó la atención a los dos niños, desde arriba los habitantes de su ciudad eran pequeños puntos negros que se movían muy despacio, pequeños puntos negros iguales, sin distinción, desde arriba aparecía absolutamente claro que no había diferencias entre ellos, todos eran puntos insignificantes entre una inmensidad de tierra y agua.
Volvieron de su paseo por las nubes hasta la cueva del dragón, una vez allí éste les depositó dulcemente en el suelo y emprendió su camino hacia el interior de la cueva. Antes de que desapareciese de su vista José Manuel dijo:
- Espera, por favor, dinos quién eres.
- Soy un dragón, como ya sabes.
- ¿porqué puedes hablarnos sin mover los labios?
- Los dragones somos seres de otra época, hay muchas cosas de nosotros que no entenderías. En verdad, yo soy el último de los míos, y mi tiempo ha llegado a su fin. Ya pronto dejaré esta tierra.
- Si eres muy antiguo habrás visto hasta a nuestros abuelos ¿no?
- He vivido eones en esta tierra, incluso antes de que los hombres la poblaran.
- Y en todo ese tiempo que has vivido ¿alguna vez los hombres vivieron en paz? ¿es posible la paz entre los hombres?
- Si puedes imaginarlo, es que es real.
Dicho esto el dragón desapareció ante sus ojos. Ellos nunca podrán decir si lo vieron o lo soñaron, se prometieron no contarlo nunca a nadie, por miedo a que se rieran de ellos.
Emprendieron el camino a casa en silencio, rememorando en sus cabezas todo lo que había sucedido. Cuando llegaron a su ciudad se dirigieron hacia sus casas, compartieron la mitad del camino hasta llegar a un cruce en el que sus caminos se separaban. Se pararon, se miraron a los ojos, y dos lágrimas descendieron lentamente de ellos, dos lágrimas puras que recorrieron sus mejillas y saltaron al suelo, dos lágrimas que una vez en el suelo se fundieron en una sola, al igual que sus cuerpos se fundieron en un abrazo profundo y sincero.
Ellos no lo sabían todavía pero ese abrazo era el inicio de una amistad que duraría toda la vida, por encima de los vaivenes de la historia. Por encima de sus respectivas historias.



Imágen tomada de: www.linkmesh.com/.../dibujosdragones10.php