
Serpenteando por las calles de La Candelaria, entre cuadros de Botero y Alejandro Obregón, una visita a la mansión del úlltimo virrey, y un café en un JuanValdez, así termino en el primer restaurante que visité en el centro de Bogotá, una tabernilla anaranjada con vistas a los cerros. Y ahí termino también "
la Mala hora", y empiezo a pensar, con la memoria colectiva de mi familia, en ese Macondo que se sentía en todos los pueblos de Castilla - no tan diferentes en la esencia- y en todos los personajes que toman parte de una trama donde el protagonista es el propio pueblo y de fondo, las heridas de la guerra civil. El cura, el doctor, el alcalde, la policía, las damas católicas, la viuda, la otra viuda, el terrateniente, el ganadero, etc.
Tal vez este podría haber sido un relato ocurrido en un pueblo maragato, y mi madre podría haber sido la autora. La animaré a que escriba algo. Mientras, aquí dejo una de sus poesías de su cuaderno y sus papelotes, que rescaté hace unos meses en Google Docs.
Castilla
A horcajadas sobre el llano
castillos y catedrales
dibujan siluetas negras
contra el rosa de la tarde.
Silencio de las acequias,
oscuros ya los trigales.
Un rayo que mantenía
rotos de luz los cristales
se oculta en la lejanía.
Silencio llama a silencio,
¡silencio... que se hace tarde!