Que vivimos en una sociedad con cierta permisividad a la violencia creo que es algo que todos tenemos bastante claro, una sociedad en la que todos oimos constantemente de casos de violencia en la pareja, o de violencia con los hijos, o de violencia en la calle......
Muchas veces hemos discutido sobre la respuesta que la sociedad debería dar a esa violencia, por ejemplo con el caso de los menores de Barcelona que quemaron viva a una mujer en un cajero, (y digo mujer, que no se porque siempre hay que poner la etiqueta de indigente, una persona es antes persona que cualquier otra cosa), o el caso del profesor Neira,...
Ante éstas cosas siempre la discusión llega al castigo, es decir, ¿cuál es el castigo que merecen quienes ejercen violencia sobre los demás?, ¿cuál es la finalidad de esa acción correctiva?, porque está claro que no es lo mismo privar a alguien de libertad durante un tiempo y no emplear ese tiempo en nada que emplearlo en labores de reinserción, de formación, o de cualquier otro tipo que puedan servir para que ese individuo pueda reinsertarse en la sociedad y no suponer un peligro para la misma.
Hay muchos argumentos, y la verdad es que yo no tengo muy claro que habría que hacer, por supuesto creo que las medidas tomadas en último término deberían llevar a la reinserción, pero además de eso creo que es de justicia que la gente pague por lo que hace, que los culpables no queden impunes, ahora, cuál es el precio que han de pagar es algo que yo no sabría decir.
Pero algunas cosas son imposibles de comprender, y traslucen una injusticia tremenda, como en este caso Identificado el agresor que dejó a un joven en coma, en el último párrafo leo:
"En agosto de 2006 se produjo un hecho similar en la zona de bares de María Lostal, donde dos grupos de jóvenes discutieron por un cigarrillo. Cuando todo parecía haber terminado, uno de ellos, de 19 años, cruzó la calle corriendo y dio un puñetazo a otro, de 22, al que cogió desprevenido y le propinó un fuerte puñetazo en la cara. A consecuencia del golpe, el joven cayó desplomado al suelo y se fracturó la base del cráneo. El agresor se marchó del lugar y la víctima murió una semana después en el hospital.
Nueve días después, el autor de su muerte se entregó a la Policía.
La Audiencia Provincial de Zaragoza lo juzgó por un delito de homicidio por imprudencia grave por el que el fiscal le pidió una pena de dos años y medio de prisión. El tribunal lo condenó a dos años de cárcel, que no llegó a cumplir al no tener antecedentes".
Conclusión: Una persona golpea a otra y provoca su muerte, me da igual que no quisiera matarlo y solo quisiera romperla la cara, la cosa es, una persona se te acerca, te golpea,... la luz se apaga,..... tus seres queridos lloran...... y tu te pierdes para siempre todas las bellezas de la vida..... y la persona que provocó eso pasaría como mucho 2 años de cárcel (a ti te ha quitado unos 50 según las medias europeas) que por no tener antecedentes se quedan en.... NADA.
Lo siento, no puedo entenderlo.
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lunes, 15 de diciembre de 2008
martes, 20 de mayo de 2008
El gran dictador - Otro discurso a tener en cuenta
Hace poco posteé el discurso de Steve Jobs en Stanford. Me encantó y me hizo replantearme la necesidad de creer en algo para creer en tí mismo.
Acabo de ver la película El gran dictador y entiendo que una película pasa a ser una obra maestra por pequeños detalles o detalles primordiales, el cómo una película cómica puede transformarse en un mensaje tan claro y directo en 1940. Gracias al cine. Me quedo con estas dos frases, aunque es complicado elegir:
- "pensamos demasiado, y sentimos muy poco"
- "vosotros el pueblo tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa, de convertirla en una maravillosa aventura"
Acabo de ver la película El gran dictador y entiendo que una película pasa a ser una obra maestra por pequeños detalles o detalles primordiales, el cómo una película cómica puede transformarse en un mensaje tan claro y directo en 1940. Gracias al cine. Me quedo con estas dos frases, aunque es complicado elegir:
- "pensamos demasiado, y sentimos muy poco"
- "vosotros el pueblo tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa, de convertirla en una maravillosa aventura"
domingo, 7 de octubre de 2007
Sin ganas de estudiar
Domingo día 7 de octubre. Tengo que estudiar, mañana comienza la mini maratón de prácticas de la UOC, y como yo me he metido en esto pues a mí me toca estudiar. Pero eso no quita de que no me apetezca. He madrugado... pero no para estudiar, sino para ver cómo Alonso, este piloto tan engreído y bueno que no parece español (acostumbrados como estábamos a Carlos Sainz, trata de arrancarlo y esas cosas), restaba ocho puntitos a Hamilton en la lucha por el título, buff espero no perdérmelo dentro de dos semanas!!
Ahora ya he abierto los apuntes, pero busco otras distracciones. He entrado al blog de Marta, hacía mucho que no entraba, uno a veces necesita abandonar ciertos hábitos, pero espero recuperarlo pronto. Ha puesto un artículo Marta sobre la violencia, la nueva violencia estúpida que se está desatando con la quema de fotos del rey. Es curioso la agitación que se montó en España porque habían retenido en Eslovenia a dos compatriotas por quemar la bandera del país y aquí cuando arde una bandera española se monta la marimorena. Es complicado medir siempre todo por el mismo rasero, pero a mí también me parece mal, fatal, la quema no de símbolos sino de fotografías de una persona, si se quiere atacar a un estamento mejor seguir unos cauces civilizados. Aunque no estoy de acuerdo con Marta en lo que comenta de que el sistema de estado lo hemos elegido entre todos, hay unos cuantos millones de personas que no estuvimos presentes cuando se firmó la Constitución, y qué diantres, algún día se debería coger el toro por los cuernos y hacer ciertas preguntas a la gente:
- ¿estás de acuerdo con la monarquía?
- ¿estás de acuerdo con lo que la Constitución dice sobre la vivienda digna?
- ¿estás de acuerdo con que todos los españoles somos iguales ante la ley?
Pero el fondo del artículo de Marta era acerca de estos medios de violencia, en cuanto hay algo por lo que discutir primero se quema y luego se pregunta.
Después de mi lectura he seguido trasteando por casa, dando esquinazo a mis apuntes de derecho mercantil, y he encontrado uno de esos recortes de periódico que me gusta recuperar de vez en cuando. Además, cuando el papel comienza a estar amarillo lo encuentro más cálido. Hace poco comentaba con alguien unas palabras del gran Iñaki Gabilondo cuando se rompió la tregua el enero pasado, comentando que le parece una ofensa la chulería de su pueblo de tomar como un problema de vida o muerte el no estar de acuerdo con la forma de estado actual. Me encantaron sus palabras en su momento y lo bueno y malo de todo esto es lo que comentó un día malabarista, que la verdad es atemporal, y si comparamos la situación de la que se quejan los colectivos violentos en Euskadi con la situación en Birmania, el resultado es desolador.
Os pongo a continuación un fragmento del artículo que está disponible en esta página:
Eso me irrita porque ofende los dramas que el mundo tiene de verdad. Yo este año he estado en Gaza, allí he visto lo que es que un pueblo se sienta oprimido; yo he visto en África a gente que no tiene para comer, que tiene que caminar 10 kilómetros a por agua... Y que un pueblo como el mío se esté permitiendo la fantasmada, la chulada de darse la importancia que se está dando, convirtiendo un problema que es sencillamente un problema político como en el mundo hay millones, en un drama de este calibre, jugando batallas de vida o muerte, me parece una ofensa para los asuntos reales de vida o muerte. No puede ser, no puede ser que dediquemos la energía que estamos dedicando a este asunto, que estemos obligando a toda España a tener la paciencia superlativa de dedicar millones de horas de un tiempo que lo necesita para millones de problemas que tiene de verdad. Sencillamente, me parece un insulto, me siento ofendido como vasco y me siento irritado. Me parece que debería haber un problema de categorías. ¡Que esos pobres chicos ecuatorianos estén muertos ahora en nombre de no sé qué anhelo...! Vamos, hombre, hay que ver el problema real de estos dos ecuatorianos que habían venido a sacarse la vida adelante al quinto pino de su país y que les hemos matado porque nosotros creemos que una organización del Estado así es peor que una organización del Estado asá... Es que esto no resiste la comparación. No banalicemos hasta este extremo las cosas y, sobre todo, si las estamos banalizando, pongámonos colorados, que nos dé vergüenza por lo menos.
Al menos, si vamos a usar la violencia, primero mirémonos en el espejo y seamos valientes.
Ahora ya he abierto los apuntes, pero busco otras distracciones. He entrado al blog de Marta, hacía mucho que no entraba, uno a veces necesita abandonar ciertos hábitos, pero espero recuperarlo pronto. Ha puesto un artículo Marta sobre la violencia, la nueva violencia estúpida que se está desatando con la quema de fotos del rey. Es curioso la agitación que se montó en España porque habían retenido en Eslovenia a dos compatriotas por quemar la bandera del país y aquí cuando arde una bandera española se monta la marimorena. Es complicado medir siempre todo por el mismo rasero, pero a mí también me parece mal, fatal, la quema no de símbolos sino de fotografías de una persona, si se quiere atacar a un estamento mejor seguir unos cauces civilizados. Aunque no estoy de acuerdo con Marta en lo que comenta de que el sistema de estado lo hemos elegido entre todos, hay unos cuantos millones de personas que no estuvimos presentes cuando se firmó la Constitución, y qué diantres, algún día se debería coger el toro por los cuernos y hacer ciertas preguntas a la gente:
- ¿estás de acuerdo con la monarquía?
- ¿estás de acuerdo con lo que la Constitución dice sobre la vivienda digna?
- ¿estás de acuerdo con que todos los españoles somos iguales ante la ley?
Pero el fondo del artículo de Marta era acerca de estos medios de violencia, en cuanto hay algo por lo que discutir primero se quema y luego se pregunta.
Después de mi lectura he seguido trasteando por casa, dando esquinazo a mis apuntes de derecho mercantil, y he encontrado uno de esos recortes de periódico que me gusta recuperar de vez en cuando. Además, cuando el papel comienza a estar amarillo lo encuentro más cálido. Hace poco comentaba con alguien unas palabras del gran Iñaki Gabilondo cuando se rompió la tregua el enero pasado, comentando que le parece una ofensa la chulería de su pueblo de tomar como un problema de vida o muerte el no estar de acuerdo con la forma de estado actual. Me encantaron sus palabras en su momento y lo bueno y malo de todo esto es lo que comentó un día malabarista, que la verdad es atemporal, y si comparamos la situación de la que se quejan los colectivos violentos en Euskadi con la situación en Birmania, el resultado es desolador.
Os pongo a continuación un fragmento del artículo que está disponible en esta página:
Eso me irrita porque ofende los dramas que el mundo tiene de verdad. Yo este año he estado en Gaza, allí he visto lo que es que un pueblo se sienta oprimido; yo he visto en África a gente que no tiene para comer, que tiene que caminar 10 kilómetros a por agua... Y que un pueblo como el mío se esté permitiendo la fantasmada, la chulada de darse la importancia que se está dando, convirtiendo un problema que es sencillamente un problema político como en el mundo hay millones, en un drama de este calibre, jugando batallas de vida o muerte, me parece una ofensa para los asuntos reales de vida o muerte. No puede ser, no puede ser que dediquemos la energía que estamos dedicando a este asunto, que estemos obligando a toda España a tener la paciencia superlativa de dedicar millones de horas de un tiempo que lo necesita para millones de problemas que tiene de verdad. Sencillamente, me parece un insulto, me siento ofendido como vasco y me siento irritado. Me parece que debería haber un problema de categorías. ¡Que esos pobres chicos ecuatorianos estén muertos ahora en nombre de no sé qué anhelo...! Vamos, hombre, hay que ver el problema real de estos dos ecuatorianos que habían venido a sacarse la vida adelante al quinto pino de su país y que les hemos matado porque nosotros creemos que una organización del Estado así es peor que una organización del Estado asá... Es que esto no resiste la comparación. No banalicemos hasta este extremo las cosas y, sobre todo, si las estamos banalizando, pongámonos colorados, que nos dé vergüenza por lo menos.
Al menos, si vamos a usar la violencia, primero mirémonos en el espejo y seamos valientes.
viernes, 31 de agosto de 2007
Héroes de la vida real
El paso del tiempo y la consiguiente maduración que se produce en el espíritu hacen ver con perspectiva los hechos de la infancia y la adolescencia, y este proceso conduce a descubrir y si es posible corregir algunas injusticias propias de esa época.
Yo me crié como alguna vez he dicho en la estepa castellana, mis padres, oriundos de un pequeño pueblo de Valladolid, emigraron de jóvenes a la capital para con mucho esfuerzo y tesón fundar una familia y un hogar. Ese hogar como todos, ha tenido sus problemillas, pero siempre ha estado presente en su interior el amor y la protección hacia los hijos, y digo ha estado porque aunque yo no vivo desde hace años en esa casa, sigue siendo mi hogar, mi refugio, el único sitio en el que no debo explicar quien soy porque de manera inconsciente y a veces difícil de entender para mi familia, saben qué soy incluso mejor que yo.
Un recuerdo ha irrumpido en mi cabeza de manera inconsciente, una imágen, una sensación. Una mañana gélida de invierno, camino al colegio, con mi padre, mi pequeña mano enterrada en la suya, y ambas cobijadas en el bolso de su abrigo, "el borrego", ese abrigo viejo de cuero marrón, forrado de piel por dentro, ese abrigo que servía de cueva para mi padre, para su mano y para la mía.
Mi familia ha respondido en sus roles al esquema familiar tradicional, mi padre trabaja y lleva el dinero ha casa y mi madre cuida del hogar y de los hijos y sostiene el hilo que mantiene unida a la familia. Esta diferencia de papeles no es comprensible cuando eres un niño, solo ves que hay una persona con la que pasas 24 horas y que vuelca cariño y comprensión permanentemente sobre tí, y otra persona que aparece muchas menos horas y que por razones que tu no puedes comprender cuando está en casa se muestra en ocasiones abatido y malhumorado. Con tu poca capacidad de entendimiento en esas tempranas edades juzgas solo lo que ves y no percibes la causa escondida de las cosas, la razón que hace que sean como son.
Cuando alcanzas la terrible adolescencia y empiezas a comportarte como un James Dean barato, pones a tu familia ante la problemática de tener que educar y cuidar de un pequeño macarra que en plena efervescencia de sus hormonas necesita guerrear con alguien, necesita un enemigo.
En mi caso, que no tiene porque ser el de todos, ante esta situación mi madre se convirtió en la amiga fiel, en el confidente a quien contar mis desvelos y mis frustraciones. Pero hacía falta además de cariño y comprensión algún elemento más, autoridad, alguien que ponga el límite, que te enseñe lo que cuesta conseguir las cosas, el valor del esfuerzo. Ese papel es muy desagradecido puesto que aunque se hace por el bien del hijo, éste, en medio de su estupidez adolescente lo percibe como un ataque, como una afrenta personal. En mi caso esto provocó tremenedas tensiones entre mi padre y yo, para mí el era el cabrón que se dedicaba a cortar mis sueños, a impedir mis aventuras.
Tiempo después la vida me dió una lección que me hizo abrir los ojos. Coincidí en mi primer trabajo con un compañero con el que compartí muchísimas horas y sinsabores y que se convirtió para mí en un segundo padre, nunca para suplantar al primero, pero si para ayudarme en nuevas facetas en las que estaba verde todavía. Este compañero tenía un hijo adolescente de unos 18 años, que mientras su padre trabajaba 12 horas diarias para mantener el alto nivel de vida de la familia se dedicaba a holgazanear y exigir un trato señorial por parte de sus padres. Muchas veces vi a mi compañero llegar completamente abatido de su casa y decirme con ojos humedecidos que su hijo se pensaba que él disfrutaba jodiéndole. Y yo que compartía tiempo y sinsabores con su padre, y sabía cuanto se sacrificaba por darle al niño consentido las zapatillas de última moda y los caprichitos que el niño exigía para seguir el ritmo de vida de sus amiguitos adinerados me reconcomía por dentro ante tamaña injusticia. Esta situación me hizo rebobinar en la película de mi vida, ¿cuántas veces mi padre se habría sentido igual? ¿cuánto le habría dolido ver el estúpido de su hijo recliminarle airadamente mil y una tonterías sin valorar ni por un segundo todo lo que hacían por él?.
Por suerte el tiempo hizo que compartiera espacio de trabajo con mi padre, y en este nuevo decorado pudimos saltarnos las barreras que en casa nos habían mantenido separados y mirarnos al corazón directamente. Creo que ya lo sabes, pero no está de más recordártelo, te admiro padre, espero que si tengo la suerte de traer cachorros a este mundo lo haga al menos la mitad de bien que tu lo has hecho conmigo, espero tener el valor de hacer lo correcto y no lo fácil, y la fortaleza para aguantar las injustas críticas.
Te admiro padre, te quiero papá.
Un homenaje para los hombres de mi familia, las canciones de la mina de Victor Manuel que escuchábamos en el coche cuando íbamos todos al pueblo y volvíamos dormidos Luis y yo y nos subías en brazos a la cama.
Yo me crié como alguna vez he dicho en la estepa castellana, mis padres, oriundos de un pequeño pueblo de Valladolid, emigraron de jóvenes a la capital para con mucho esfuerzo y tesón fundar una familia y un hogar. Ese hogar como todos, ha tenido sus problemillas, pero siempre ha estado presente en su interior el amor y la protección hacia los hijos, y digo ha estado porque aunque yo no vivo desde hace años en esa casa, sigue siendo mi hogar, mi refugio, el único sitio en el que no debo explicar quien soy porque de manera inconsciente y a veces difícil de entender para mi familia, saben qué soy incluso mejor que yo.
Un recuerdo ha irrumpido en mi cabeza de manera inconsciente, una imágen, una sensación. Una mañana gélida de invierno, camino al colegio, con mi padre, mi pequeña mano enterrada en la suya, y ambas cobijadas en el bolso de su abrigo, "el borrego", ese abrigo viejo de cuero marrón, forrado de piel por dentro, ese abrigo que servía de cueva para mi padre, para su mano y para la mía.
Mi familia ha respondido en sus roles al esquema familiar tradicional, mi padre trabaja y lleva el dinero ha casa y mi madre cuida del hogar y de los hijos y sostiene el hilo que mantiene unida a la familia. Esta diferencia de papeles no es comprensible cuando eres un niño, solo ves que hay una persona con la que pasas 24 horas y que vuelca cariño y comprensión permanentemente sobre tí, y otra persona que aparece muchas menos horas y que por razones que tu no puedes comprender cuando está en casa se muestra en ocasiones abatido y malhumorado. Con tu poca capacidad de entendimiento en esas tempranas edades juzgas solo lo que ves y no percibes la causa escondida de las cosas, la razón que hace que sean como son.
Cuando alcanzas la terrible adolescencia y empiezas a comportarte como un James Dean barato, pones a tu familia ante la problemática de tener que educar y cuidar de un pequeño macarra que en plena efervescencia de sus hormonas necesita guerrear con alguien, necesita un enemigo.
En mi caso, que no tiene porque ser el de todos, ante esta situación mi madre se convirtió en la amiga fiel, en el confidente a quien contar mis desvelos y mis frustraciones. Pero hacía falta además de cariño y comprensión algún elemento más, autoridad, alguien que ponga el límite, que te enseñe lo que cuesta conseguir las cosas, el valor del esfuerzo. Ese papel es muy desagradecido puesto que aunque se hace por el bien del hijo, éste, en medio de su estupidez adolescente lo percibe como un ataque, como una afrenta personal. En mi caso esto provocó tremenedas tensiones entre mi padre y yo, para mí el era el cabrón que se dedicaba a cortar mis sueños, a impedir mis aventuras.
Tiempo después la vida me dió una lección que me hizo abrir los ojos. Coincidí en mi primer trabajo con un compañero con el que compartí muchísimas horas y sinsabores y que se convirtió para mí en un segundo padre, nunca para suplantar al primero, pero si para ayudarme en nuevas facetas en las que estaba verde todavía. Este compañero tenía un hijo adolescente de unos 18 años, que mientras su padre trabajaba 12 horas diarias para mantener el alto nivel de vida de la familia se dedicaba a holgazanear y exigir un trato señorial por parte de sus padres. Muchas veces vi a mi compañero llegar completamente abatido de su casa y decirme con ojos humedecidos que su hijo se pensaba que él disfrutaba jodiéndole. Y yo que compartía tiempo y sinsabores con su padre, y sabía cuanto se sacrificaba por darle al niño consentido las zapatillas de última moda y los caprichitos que el niño exigía para seguir el ritmo de vida de sus amiguitos adinerados me reconcomía por dentro ante tamaña injusticia. Esta situación me hizo rebobinar en la película de mi vida, ¿cuántas veces mi padre se habría sentido igual? ¿cuánto le habría dolido ver el estúpido de su hijo recliminarle airadamente mil y una tonterías sin valorar ni por un segundo todo lo que hacían por él?.
Por suerte el tiempo hizo que compartiera espacio de trabajo con mi padre, y en este nuevo decorado pudimos saltarnos las barreras que en casa nos habían mantenido separados y mirarnos al corazón directamente. Creo que ya lo sabes, pero no está de más recordártelo, te admiro padre, espero que si tengo la suerte de traer cachorros a este mundo lo haga al menos la mitad de bien que tu lo has hecho conmigo, espero tener el valor de hacer lo correcto y no lo fácil, y la fortaleza para aguantar las injustas críticas.
Te admiro padre, te quiero papá.
Un homenaje para los hombres de mi familia, las canciones de la mina de Victor Manuel que escuchábamos en el coche cuando íbamos todos al pueblo y volvíamos dormidos Luis y yo y nos subías en brazos a la cama.
miércoles, 25 de abril de 2007
No es caridad, es justicia
"Hay un incidente que se conserva especialmente vívido para mí. Está relacionado con una fiesta de cumpleaños a la que Fanshawe y yo fuimos invitados cuando estábamos en primero o segundo grado, lo cual significa que ocurrió al comienzo del periodo del que puedo hablar con cierta precisión. Era un sábado por la tarde, en primavera, y fuimos a la fiesta con otro chico, un amigo nuestro que se llamaba Dennis Walden. Dennis tenía una vida mucho más dura que la nuestra: una madre alcohólica, un padre que se mataba a trabajar, un montón de hermanos o hermanas. Su madre se pasaba el día detrás de la puerta cerrada de su cuarto, siempre en bata, la cara pálida una pesadilla de arrugas, asomando la cabeza de vez en cuando para gritarle algo a los niños. El día de la fiesta, Fanshawe y yo habíamos sido debidamente provistos de regalos para el niño que cumplía años, bien envueltos en papeles de colores y atados con cintas. Dennis, sin embargo, no llevaba nada, y se sentía mal por ello. Recuerdo que traté de consolarle con alguna frase vacía: daba igual, en realidad a nadie le importaba, con toda la confusión no se darían cuenta. Pero a Dennis sí le importaba, y eso fue lo que Fanshawe comprendió inmediatamente. Sin ninguna explicación, se volvió a Dennis y le dio su regalo. Toma, dijo, quédate con éste, yo les diré que me he dejado el mío en casa. Mi primera reacción fue pensar que a Dennis le molestaría el gesto, que se sentiría insultado por la compasión de Fanshawe, pero estaba equivocado. Vaciló un momento, tratando de asimilar aquel repentino cambio de fortuna, y luego asintió con la cabeza, como reconociendo la sensatez de lo que Fanshawe había hecho. No era tanto un acto de caridad como de justicia, y por esa razón Dennis puedo aceptarlo sin humillarse."
Espero que la SGAE no me pida limosna por reproducir un trozo del libro que me estoy leyendo...
Comienzo por el final. "No es caridad, es justicia". Vivimos en un mundo globalizado donde se ha impuesto el capitalismo como modelo económico. Por las propias bases del capitalismo, que tiende a la maximización del beneficio, el mundo se divide en dos partes, el centro y la periferia. En el centro se tiende a que toda la sociedad tenga dinero para gastar y permitir aumentar el beneficio de las empresas. En la periferia se encuentran los países que ya no interesa que se suban a la rueda, tienen recursos naturales que después de ser recogidos son exportados en su mayor parte para usarlos en el centro. El que la población tenga un buen nivel de vida no importa para maximizar el beneficio, lo importante es extraer los recursos y exportarlos lo más económicamente posible. La vieja Europa tiene mucho que agradecer a estos principios y al plan Marshall para no haberse visto abocada a una mayor depresión después de la II Guerra Mundial. EEUU necesitaba que alguien le comprara todos los bienes y servicios que producía.

Cada acción que se realice para ayudar a los países del Tercer Mundo no es una obra de caridad, es una obra de justicia. Justicia para intentar dar a muchos niños una oportunidad de escolarización que a nosotros nos ha sido dada por defecto, por pertenecer a la vieja Europa.
Espero que la SGAE no me pida limosna por reproducir un trozo del libro que me estoy leyendo...
Comienzo por el final. "No es caridad, es justicia". Vivimos en un mundo globalizado donde se ha impuesto el capitalismo como modelo económico. Por las propias bases del capitalismo, que tiende a la maximización del beneficio, el mundo se divide en dos partes, el centro y la periferia. En el centro se tiende a que toda la sociedad tenga dinero para gastar y permitir aumentar el beneficio de las empresas. En la periferia se encuentran los países que ya no interesa que se suban a la rueda, tienen recursos naturales que después de ser recogidos son exportados en su mayor parte para usarlos en el centro. El que la población tenga un buen nivel de vida no importa para maximizar el beneficio, lo importante es extraer los recursos y exportarlos lo más económicamente posible. La vieja Europa tiene mucho que agradecer a estos principios y al plan Marshall para no haberse visto abocada a una mayor depresión después de la II Guerra Mundial. EEUU necesitaba que alguien le comprara todos los bienes y servicios que producía.

Cada acción que se realice para ayudar a los países del Tercer Mundo no es una obra de caridad, es una obra de justicia. Justicia para intentar dar a muchos niños una oportunidad de escolarización que a nosotros nos ha sido dada por defecto, por pertenecer a la vieja Europa.
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