Un resultado inesperado, o demasiado esperado. A mediados de noviembre me trasladaré a la ciudad de México por tres meses, a los que seguirán otros seis en Sao Paulo. Qué emoción, conocer el México del bicentenario y el Brasil preolímpico. Y ahora a planear cómo abandonar mi vida aquí, mi casa, tu ciudad, mi calle, nuestro trabajo,... en aproximadamente un mes, una mudanza transoceánica. A procurar no pensar qué es lo que quedará de lo que dejo ahora, cuando vuelva. Y dónde volveré.
Hoy estoy que me subo por las paredes. No puedo parar quieto, y confieso que no me concentro bien. Hacía que no estaba tan emocionado desde que por fin me senté en el aeropuerto de Barajas a finales de marzo, después de casi tres semanas sin parar, y darme cuenta de que iniciaba el viaje a Colombia y que además, en dos semanas me reencontraría con uno de mis grandes amores: México lindo. Ah...(sostenido)... América...(suspiro). No entiendo cómo Colón nunca quiso reconocer al continente, en vez de seguir engañándose con su Catay y su Cipango, su China y su Japón.
Por cierto, Japón estuvo muy bien, me deja un sabor a soja en la boca, un rojo bermellón en la retina, y varios pensamientos en el espíritu. Pero no es América - aunque un trocito de México lindo vino conmigo.
Y tras Japón, me inunda la perspectiva de pasar seis meses en América, ni en el norte ni en el sur, sino en ambos, a dos mil ochocientos cincuenta metros de altura... Si creyera en Dios, en Santo Tomás de Aquino, -o en cualquier otro Inexistente-, iría a ponerles velitas. Al primero para que recé por mi para que nadie se arrepienta. Al segundo, para que no me gafe con el "Aquíno puedes venir (no tenemos presupuesto)". Buddha, ...I love you!
Postrado y solo. Así me dijo que se sentía, después de tantos años esperando algo, algo que no llegaba, pero sabía que tenía que ser, o suceder. Algo que cambiara su vida. Aunque no pudiera saber con exactitud que era lo que estaba esperando, me decía que a veces podía casi tocarlo con la mano, o respirarlo en el aire, y seguía con la esperanza y con la mirada puesta en el horizonte. Esperando a que eso, fuera lo que fuera, llegara. Qué de gente conocemos que piensa así, que espera. Intentemos no olvidarlo, puede pasar toda una vida y llegar a viejo como el señor Manuel, y seguir esperando. Una espera infinita..., ¿es acaso mejor que actuar?
Cuando me alejé de allí, dejando al señor Manuel de nuevo sólo, de nuevo con sus esperanzas, pensé que tal vez lo que estaba esperando, lo único que podría cambiar su vida significativamente, era la Muerte.
Hace unos cuantos posts os hablé de que mi amigo José de Jesús estaba escribiendo un cuento para un concurso literario. Según me ha dicho, las bases pedían que el escrito estuviera ambientado en la época de la revolución mexicana. Jesús se ha inspirado además en vivencias de su ascendencia para contar el relato de Esperanza y San Diego Tlatlauquitepec. A ver si os gusta. La banda sonora, a cargo de los atípicos Café Tacvba, los cuales me presentó él.
"Érase una vez un remoto poblado en el sureste mexicano llamado San Diego Tlatlauquitepec. Eran los años en que la revolución azotaba al país y profundos cambios políticos y sociales se llevaban a cabo por todos lados. El lugar era muy pacífico a pesar del movimiento armado que consumía a la nación, y gracias al aislamiento geográfico en que se encontraba, la revolución no afectaba en casi nada la vida diaria de sus habitantes.
Se llamaba San Diego Tlatlauquitepec, por San Diego que era el santo patrono del pueblo llevado por los fundadores, y Tlatlauquitepec proviene del náhuatl, Tlatlahui que significa “colorear” y Tepetl, que significa cerro, es decir “cerro que colorea”.
Originalmente fue fundado en las faldas del cerro Mispía. Ahí vivieron los fundadores durante tres meses, hasta que una misteriosa peste mató a todos los animales domésticos. Corría el fuerte rumor de que el lugar en que se habían establecido estaba maldito por una fuerte presencia ancestral, ya que fue ahí donde cientos de indios Chiapa decidieron morir antes de sucumbir ante los conquistadores. La clase guerrera de aquel pueblo se encargó de pasar a cuchillo a sus mujeres y niños, suicidándose ellos al final, ofreciendo su sangre y sus vidas a los Dioses. Por ese sacrificio y por el gran poder de la magia antigua conjurada por sus brujos, ellos aun se movían por esas tierras impidiendo que nadie se estableciera y prosperara en esos lugares, que según contaban, nadie había ocupado desde el suicidio masivo.
Por eso fue que la gente abandonó todo lo que había logrado construir en ese tiempo, antes de que algo peor pasara, llevando consigo únicamente lo necesario para poder establecerse en otro lugar comenzando de cero.
Fue así como llegaron a las faldas del cerro que colorea, donde por el sabroso clima y los numerosos arroyuelos de aguas cristalinas que bajaban de la montaña decidieron establecerse. Ahí vivieron pacíficamente casi aislados del resto del mundo. Sabían que los terrenos que habían ocupado para construir sus humildes viviendas y establecer sus cultivos pertenecían a Don Francisco Villafuerte. Éste era un gran hacendado que al tener conocimiento de que ese pequeño grupo de personas invadió una pequeña extensión de su territorio los dejó quedarse ahí, con la condición de que sembraran matas de café para él en lo alto del cerro. Según le había dicho un ingeniero agrónomo, las condiciones en ese lugar eran excelentes para plantar café y dejarlo crecer sin preocuparse por las labores de cultivo, para ocuparse únicamente de la cosecha.
Fue así como el Señor Villafuerte mandó a construir un camino a San Diego para que transitaran las carretas para recoger la cosecha de café y otras cosas que la gente del pueblo producía. Así San Diego Tlatlauquitepec apareció en el mapa, y empezó a llegar gente de muchos lugares.