
Desde hace unos días se comenta asiduamente un experimento llevado a cabo en el metro de Washington. Joshua Bell, que al parecer es uno de los mejores intérpretes de violín del mundo, tocó durante 43 minutos con un Stradivarius de 1713 (supongo que el valor del instrumento es difícilmente calculable) mientras la gente pasaba anónimamente por delante suyo, absorta en sus pensamientos, sin saber que a su lado había un talento. 100 dólares cada butaca en el Symphony Hall, 32 dólares en total y unas pocas miradas en la estación de L'Enfant de Washington.
Como a los terremotos, a un experimento siempre le siguen unas pocas réplicas. Así que en la estación de metro de Bilbao en Madrid se repitió la historia, pero esta vez con el cantante Nacho Campillo, alma mater de los Tam Tam Go!, como protagonista. El resultado, 71 céntimos de euro y unas pocas personas ladeando y girando la cabeza para disfrutar de un artista que ha vendido un millón de copias y está de gira actualmente por España.
Ya lo dijo peligrossa maría, se nos olvida disfrutar de los caminos.
Ayer salí a toda pastilla del avión para coger el tren que me llevara del aeropuerto de El Prat a la ciudad condal, y en mi rápido recorrido me percaté de la mezcla de tranquilidad y emoción que desprendían los cientos de personas que esperaban a los familiares, amigos o contactos de trabajo en la puerta de salida de la recogida de equipajes. Fue curioso ese momento; como iba escopetado a por el tren salía sólo por la puerta mientras el resto de pasajeros deambulaban buscando la salida, así que todas las miradas se dirigían a mí. 200 personas mirando en mi dirección, y yo con mi bañador lleno de aceite de atún y mi bolso impregnado de calimocho bañado en arena. Pero esto son sólo daños colaterales de un puente especial, como mis compis de blog.