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viernes, 30 de julio de 2010

Florida mojada

¿Y sabés cuando viene lo peor? Cuando llueve. Pero no cuando ya está lloviendo, sino justo el momento en el que empieza a llover. Se arma el caos. La gente se vuelve loca, corren para un lado, o para el otro, como si estuviera cayendo ácido del cielo, y los comerciantes de las mantas, -a quienes yo creía peruanos y tal vez sean del interior de la provincia- se apresuran a recoger y proteger sus mercancías. Los que antes partían Florida al medio en una ordenada recta, ahora crean un revuelo desordenado en el que se mezcla gente de paraguas con las mantas arrastradas, plásticos, carritos de mercancías de colores, la lucha por hacerse un hueco debajo de los minúsculos resguardos en los lados de la calle, argentinos corriendo, unas guitarras, algún despistado, y los indolentes, a los que el agua no molesta. Y todo eso dura apenas unos minutos, hasta que este caos agitado vuelve a encontrar un punto de equilibro dentro de una nueva configuración: los que estaban al centro ahora se reparten a los lados, y los demás, siguen su camino, seguramente, hacia casa.

jueves, 18 de febrero de 2010

Paraguas efímeros

El primer paraguas que compré en Woolworth fue un día lluvioso. Mucho. Tanto llovía que pensé que tal vez el Lago de Texcoco volvería a llenarse, y quedaríamos en la orilla poniente, un poco mojados, pero no tanto como en Chalco. De hecho, ese fue el día de las inundaciones del DF. Yo compré mi paraguas en el Woolworth de Polanco, pero apenas lo usé, solo desde Horacio hasta Mariano Escobedo, ahí tomé un pesero hasta Reforma, y de nuevo volví a usarlo en Chapultepec. A la entrada del MAM, lo sacudí para no empapar el suelo del museo, y me quedé con el mango en la mano. Literalmente en la mano.

El segundo paraguas lo he comprado hoy en Woolworth, no aprendo, pero es que llovía feo, igual no tanto como el día de Chalco, pero sí era esa lluvia continua y gris que tiende a mojarlo todo, sobre todo lo que tú llevas puesto, desde las zapatillas hasta la pernera, pasando por los calcetines, la chamarra y el pelo. Está vez me dió para pasear el paraguas efímero por todo Insurgentes, por el Centro Cultural Universitario de la UNAM (que es un buen, buen trecho), por el MUAC, y por el centro de Coyoacán, y de regreso a Polanco, también me acompañó. Pero justo cuando iba a la piscina, cruzando Lago Alberto, se ve que ahí el aire corre con más fuerza y el paraguas se aristó, sacando las agujas sacaojos, dejándome con un pararrayos en la mano.

Moraleja: la única razón por la que compro en Woolworth es porque me caen bien los ancianos que tienen de ayudabolsas en las cajas.

Y por cierto, hablando del diluvio: aquí una foto que tomé de la autopista camino a Texcoco, todavía diez días después del día de Las Inundaciones en el DF.

lunes, 11 de enero de 2010

Xocolatl

Está lloviendo. Cuando llueve y es de noche, la ciudad se vuelve un espejo negro de reflejos de luces, de farolas, de faros, que van y vienen y que centellean en el pavimento mojado. Hace frío y llueve, está oscuro.
El taxista me conoce, me reconoció por la voz, por el acento. Completó el mismo la dirección cuando le llamé. Tiene una risa diáfana, de las que parecen sinceras. Y se ríe bastante, creo que le hace gracia la forma en que le estamos dando direcciones, como un juego. Le leemos en voz alta el comentario de Gina con las pistas, y se ríe de lo del cri-cri, pero yo no lo entiendo. Es lo único que reconoce de todas las indicaciones, y no servirá de mucho. Pero es bueno que le haga gracia, nos reimos los tres.
Ya en la Condesa, nos bajamos. Es dificil buscar con un coche con unas direcciones dadas para ir a pie. Apeados, encontramos la calle, y el restaurante italiano. Al lado una verja, y adyacente, la chocolatería. Parece más bien una cafetería, pequeña, con una terracita ahora cubiera de lona, donde se cuela el aire frío. Solo hay una persona, sentada en una mesa en la entrada, casi en la campaña, y caben pocas más en el interior. Apenas hay sitio para la barra, ni para la chica que la sirve, que se sienta, hierática, en su cubículo. La carta se muestra como un cartelón sobre su cabeza. Tienen chocolate negro y chocolate blanco. "¿Tienes chocolate?" le preguntamos, como si no supieramos leer, aunque en el fondo, lo que buscábamos, lo que esperábamos era que dijera que claro, que habíamos dado con la chocolatería más famosa de la Condesa, y que no nos fiaramos de la carta, que en realidad escondía muchas más variedades, artesanas, calientes, ricas y por supuesto, la receta mexica. Pero no, ella no dice nada de eso, apenas dice un sí. X hace un ademán de irse, y yo le sigo. Le anuncio a la chica que luego volveremos.
¿Qué ha pasado? Todas las indicaciones cuadran, está en la calle del niño héroe, al lado del italiano, aunque, en realidad no conozco a Gina, pero diría que no puede ser ése un sitio que ella recomendaría, al que ella vendría. Nos arriesgamos, recorremos la calle, arriba, y abajo. Preguntamos a una pareja, "no, vaya, pues si es una chocolatería a estas horas deben estar cerrados. Pero bajad la calle hacia allá que se vuelve más comercial y allá seguro que hay más suerte". Pero no le hacemos caso, y rodeamos el edificio verde de la telenovela de terror, caminamos sorteando plantas gigantes en la acera, y vadeando los charcos, negros. Está oscuro, y la calle, el barrio, recuerda a una calle en París, que no sé si será Montmartre, el Quartier Latin, o solo mi imaginación jugando a los ya-vistos. Espera, la calle se acaba, volvemos al punto de inicio, ¿tomamos el chocolate entonces ahí, o nos vamos para casa? Pero no, es en la tienda de lámparas, ahí, el lugareño sí sabe. Es en la otra calle, otro niñó héroe, que no lo es tanto, es teniente. ¿Habrá otro restaurante italiano en la paralela? O simplemente las chocolaterías reputadas serán como los caracoles, que mueven su casa, pero despacio, así que no van muy lejos, solo al otro lado de la manzana. Y sí, ahí está, eso si es una chocolatería, con su gente, sus mesas, la madera, las piñatas, su rinconcito acogedor, y hasta la campana. "Sí, no es broma, si quieres ordenar, tienes que tocar la campana".
Cuando traen el chocolate, me alegro del empeño, de seguro hay un refrán castellano que habla de eso y reza, reza así "Quien persevera a dios desespera", O parecido. Salud y chocolate, qué reconfortante ¿quién no se acuerda de Juliette Binoche?