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jueves, 24 de julio de 2008

Cien días de literatura

A la izquierda de este blog ha permanecido varios meses la recomendación de Cien años de Soledad, señal de que alguno de los compañeros del blog estaba inmerso en la lectura de este fabuloso libro.
Leer un libro como éste en los breves espacios que te deja el día se hace complicado, porque requiere una gran atención y un recuerdo constante de frases, escenas y relaciones personales. O no, porque como bien explica la introducción de la edición que he leído, una de las claves de la novela es que el tiempo no pasa por Macondo, el lugar donde tienen lugar las aventuras y desventuras de la familia Buendía.
Es el primer libro que leo que está plagado a pie de página de connotaciones y explicaciones sobre el texto, y lo que en un principio me provocaba rechazo (ya sabéis, el arte cuando se explica pasa a incluir la perspectiva subjetiva del comentarista) se convirtió en una ayuda casi imprescindible para disfrutar por completo de la obra maestra de Gabriel García Márquez. Guiños a su entorno personal, a su entorno político, a muchos de sus libros (La hojarasca, El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba...) hace de esta una obra singular e increíblemente rica.
Hay varios conceptos claves en la novela: repetición, incesto, tiempo, guerra, soledad, amor, hielo. El otro día según volvía sonriente a casa me encontré con este cartel que me recordó a este último concepto, el hielo, que aparece en la primera frase de la obra:

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".

jueves, 19 de junio de 2008

Viajando en el tiempo....

Hay momentos en que la lectura se convierte en un viaje, al pasado, al presente, o a un lugar indeterminado en el tiempo, que no sabemos si es real o inventado, pero que desde luego es sentido.
Por suerte estoy en uno de esos momentos, estoy enfrascado en la lectura de un libro de Eduardo Haro Tecglen, "El niño republicano". Seguro que peligrossa se echara unas sonoras carcajadas si lee esto, puesto que fue ella quien me dio a conocer a Tecglen, mostrándome esas columnas que escribía en El Pais, y que eran la debilidad de su madre.
Vivo en esa angustia del deseo de terminar cualquier actividad para poder perderme en las palabras y los recuerdos del autor sobre ese tiempo, mezcla de realidad y ensoñacion, que es para los jóvenes de mi generación la II República.
Quiero compartir con vosotros un fragmento del libro, y dentro de un par de días, cuando termine su lectura quedará disponible en la estantería de mi habitación para quien quiera viajar en el tiempo.

Feria del libro

No basta el canturreo de mi madre, y sus escenas del Nuevo Testamento, y las tontunas de las monjitas de la calle de la Santísima Trinidad (se llevaba allí a los párvulos: o parvos, pequeños): había que buscar más datos. La primera Feria del Libro, en el paseo de Recoletos, ofrecía obras impensables hasta entonces: algunos curas republicanos escribían sus nuevos textos, y a mí me iluminó uno de ellos: "Farsantes, hipócritas, fariseos", tres excelentes palabras para referirse al clero de la época. Unos años más tarde les hubiera podido llamar asesinos, por cómo hicieron y alentaron y absolvieron la guerra de Franco, pero probablemente no le dio tiempo. Compré también unos Evangelios metidos en una caja negra: eran de la Sociedad Bíblica Española, protestantes, y eso debía de añadir algo a su claridad. No he sido nunca niño, ni hombre, de Antiguo Testamento: más bien lo he detestado, con sus venganzas y sus castigos, con su Dios de alma negra. Le veo ahora aparecer en los grandes países de la guerra, en Estados Unidos o en Israel, y detesto su cara. Un tipo capaz de gastar la broma siniestra y groserota que le soltó a Abraham mandándole al sacrificio de su hijo, para luego cambiarlo por un cordero (lo cual no deja de ser otra burla) no podía merecer mi estima.

martes, 9 de octubre de 2007

Jose Saramago

Hoy, como muchos días, he comido solo, trabajo en el centro de Madrid y tengo una hora y media para comer, es tiempo más que suficiente y en verano puedo darme un paseíto por un parque después de comer y reposar tranquilamente leyendo el libro que esté entre mis manos en ese momento. Ahora ha llegado el otoño y la cosa empieza a ser más dura, así que el ratito de paseo se convierte en sobremesa de restaurante con una vasito de agua como acompañante de la lectura. Ahora estoy con La Caverna, de Jose Saramago, siempre he admirado a este hombre, le he visto en entrevistas, tertulias,... y me fascina su llaneza, su sencillez, esa sensación que transmite de sabiduría adquirida no en las universidades ni en colegios de alta alcurnia, sino en la calle, a través de la experiencia. Me recuerda a mi abuelo, o quizá a la imágen ideal que yo guardo de él.
A pesar de esto nunca había leído un libro suyo, era una tarea pendiente que siempre postergaba no se muy bien porqué. Hasta hace una semana, que empecé este libro, y como esperaba no me está defraudando, al contrario, ya ha conseguido deshidratarme un poco, sin ir más lejos hoy mismo, en el restaurante. Aquí os dejo pequeñas perlas de sabiduría, de un hombre sabio.

"Autoritarias, paralizantes, circulares, a veces elípticas, las frases de efecto, también jocosamente llamadas pepitas de oro, son una plaga maligna de las peores que pueden asolar el mundo. Decimos a los confusos, Conócete a ti mismo, como si conocerse a uno mismo no fuese la quinta y más dificultosa operación de las aritméticas humanas, decimos a los abúlicos, Querer es poder, como si las realidades atroces del mundo no se divirtiesen inviertiendo todos los días la posición relativa de los verbos, decimos a los indecisos, Empezar por el principio, como si ese principio fuese la punta siempre visible de un hilo mal enrollado del que basta tirar y seguir tirando para llegar a la otra punta, la del final, y como si, entre la primera y la segunda, hubiésemos tenido en las manos un hilo liso y continuo del que no ha sido preciso deshacer nudos ni desenredar marañas, cosa imposible en la vida de los ovillos y, si otra frase de efecto es permitida, en los ovillos de la vida".

"Leyendo se acaba sabiendo casi todo, Yo también leo, Por tanto algo sabrás, Ahora ya no estoy tan segura, Entonces tendrás que leer de otra manera, Cómo, No sirve la misma forma para todos, cada uno inventa la suya, la suya propia, hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra márgen, la otra márgen es lo que importa, A no ser, A no ser, qué, A no ser que esos tales ríos no tengan dos orillas sino muchas, que cada persona que lee sea, ella, su propia orilla, y que sea suya y sólo suya la orilla a la que tendrá que llegar, Bien observado, dijo Cipriando Algor, una vez más queda demostrado que no les conviene a los viejos discutir con las generaciones nuevas, siempre acaban perdiendo,"