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viernes, 23 de mayo de 2014

Estaba comiendose la cara por dentro, arrancándose las mejillas, torciendo la mueca mientras esperaba un rasgo legítimo de su felina actitud. Esperanzada, miraba en derredor, me interrogaba. Pero yo no podría estar más lejos, a un metro apenas, ni más indiferente. Continúa, me dije, no vas a sacar nada.
El aire estaba frondoso de verdor, la tarde cálida. Olía a desecho, un golpe de alcantarilla burbujeando. Ya estábamos acostumbrados, con eso, y con el mosaico quebrado. Con la maresia, con el clamor de los motores que se arrastra, noche y día, en la ciudad más bella, donde estábamos todos sentados en la calle. En una mesa, en sillas y bidones.
No pudo esperar más, y se acercó. Contoneaba las caderas, arrastraba la sandalia.
- ¿Es que no me vas a invitar a un café? Pregunto
- no. Sólo venden zumos, dije
- ¿y a un paseo por la playa?
- llueve, va a llover. Es inverno
- no para mi, respondió. Descarada, seductora. Olía a sardina.
- eres fea, quise decir, pero no dije, y sólo lo pensé.
-y tu, eres un cabron, ella dijo, quiso decir, y no lo pensó.

Estiró el dedo corazón en mi cara, me apunto con el índice, beso su meñique. Me echó una maldición, conjuró un mal de ojo, mandó un beso, y se marchó.


domingo, 17 de febrero de 2013

Terrazo

Subi a la azotea, un piso vigesimo, para poder ver la puesta de sol sobre la ciudad. Es un tanto inquietante, no hay nadie aqui, llueve y las gotas repiquetean sobre la cubierta de plastico. Ta ta ta tah. El restaurante esta cerrado, es domingo, y la piscina en obras. No hay puesta de sol con este tiempo, solo nubes, agua y una luz metalica o plateada con tonos amarillos en el horizonte. Edificios y mas edificios hasta donde alcanza la vista. Solo yo, sentado en una silla de madera blanca sobre el deck de laminas. Se oyen ruidos en la planta. Tengo un pensamiento sombrio. Seria el lugar perfecto para un crimen. Vacio, oscuro, el ruido de la lluvia cayendo contra el tejado, las ventanas de la azotea abiertas. Un empujon, y adios muy buenas. "Muerte en Jardins", al estilo Agata Christie, y ahora a ver quien fue el asesino. Mayordomo no hay, pero casi. Quizas debi ser mas amable con el recepcionista con el asunto de la llave, o cuando despues de tres dias todavia me paraba al entrar en el predio, snob y con ganas de escupirle a la cara que o es amnesico o esta disfrutanto con la escena, y mas sabiendo cómo el gringo habla portugues. Si, seria un buen sospechoso. Aqui arriba hay camaras, solo que no vi donde aun. Miro al techo con suspicacia. Entra frio por la ventana, deberia levantarme para cerrarla. Se oye el estruendo de un helicoptero sobre el golpeteo del agua. Ta ta ta. Bup bup gup. Frio en la nuca. Me levanto, voy a cerrar la maldita ventana. Esta trabada, forcejeo. Y es en ese momento cuando surge una sombra de la nada... Y zas..!

domingo, 10 de febrero de 2013

Valladolid, 2004, pero no recuerdo el que.

Al principio empezó como una leve iridiscencia que bullía en sus entrañas, hasta el punto que creció hirviendo su sangre y pronto, aquella comezón interior no pudo contenerse y literalmente estalló, liberando toda su rabia contenida. La ira se vertió como se vierte un jarro de agua tumbado sobre el suelo, derramándose por su boca, sus ojos, sus oidos, sus poros, pronto arrasando la alfombra granate, rebasando la mesilla de centro y volteando libros y otros objetos que estaban en ella posados. La ira inundó el salón, trepando por las paredes, resquebrajando aquel marco de fotos donde toda la familia posaba en el cumpleaños de la abuela; rompió también la ira vertida el premio de vidrio que ya estaba roto y que aun aguantaba de pié sobre la mesa del televisor. Alcanzó la inundación furiosa las máscaras prehispánicas que tenía colgadas, las plantas se secaron con tanta rabia, y llegó a alcanzar el cuadro de colores vivos, que se volvieron oscuros y parduscos solo al toque de aquella inundación de rabia que aun seguía emanando de su fuente furiosa. Pronto, los cristales del salón se rompieron de pura furia, y aquella sustancia viscosa, invisible, intangible pero insaciable se vertió a la calle desde el segundo piso con un goteo fluido al principio, y más tarde con todo el frenesí furioso que la rabia auguraba. Llegó al despacho de pan de calle, y tocaba ladina cos sus dedos viscosos las mesas de la terraza de la cafetería. Las plantas de la floristería que campaban sobre la acera en el escaparate se pudrieron, y cuando la ola furiosa entró en la panadería, la panadera ya no servía las barras gentilmente, si no que las apachurraba antes de cederlas al comprador, haciéndolas crujir y casi partirse. Ya no era amable, ni decía buenos días. Solo pedía el dinero y arrojaba prácticamente el pan machacado sobre el mostrador. La ola viscosa de rabia ya les llegaba a los tobillos a las clientas cuando están protestaban por lo poco cocido del pan o porque la ultima se había colado en el turno del despacho y nadie respetaba ya nada. El fluido rabioso siguió su avance, llegó a la plaza, y de ahí a la calzada de la gran avenida, donde los conductores pronto ya enfadados empezaron a colapsar de tráfico la calle. Tocaron los claxones, y los peatones resbalaban sobre los pasos de peatones, pues el fluido rabioso era de mal pisar, inestable, y engañoso. Algun caido, al levantarse, se volvía furioso contra los conductores, y alguno hubo que arremetío contra la fina chapa de los coches más nuevos, enzarzándose en una rifi-rafe con el conductor. La ola era imparable y ya pronto regaría todos los rincones de la pequeña ciudad, y no paraba de fluir, y de secar los jardines, los parterres y las macetas urbanas; de alterar a los ciudadanos, de oxidar los bancos y las farolas, apagando la luz vespertina; no paró hasta llegar al mismo corazón, al sitio donde los niños juegan en las tardes de abril; no paró hasta vaciar la calle, hasta no dejar nadie más que los enfadados habitantes que pronto, se ahogaron en la ola de furia que manaba despacio y sin pausa. Entonces, pedí al cielo que lloviera.

viernes, 26 de marzo de 2010

Esto fue lo último que soñé antes de volverme loco

Estoy en mi departamento de la calle Schiller, una tarde de invierno, de un invierno demasiado frío. Las palmeras se agitan en la calle, en el balcón de enfrente asoman luces tempranas, como un árbol de navidad postergado. Tomo el ascensor, piso cero. Inicia el traqueteo de descenso, esta vez solo un zumbido, que se prolonga hasta que se abren las puertas. Pero no es el piso cero, no es el portal del condominio. Es otra cosa, aun no puedo verlo, la negrura se cuela en la cabina como una niebla alcalina, me corta la respiración de cuajo, y se me para el corazón de miedo, un miedo irracional, un miedo imposible. El ascensor se abre sobre lo que parece ser un piso de piedra oscura, un monolito ligeramente curvado en un vacío negro insondable. Es una plataforma de piedra de dimensiones ciclópeas, inclinada en su horizontalidad, y que parece sostenerse en el centro de un universo apagado, sin estrellas, ni luces, ni polvo cósmico, solo el vacío, o quizás si titilan unos puntos lejanos, son dos estrellas desahuciadas. La propia piedra emana una refulgencia azulada, como una iridiscencia mortecina, sombría, que parece querer llorar por tan triste panorama. Es el olvido, ¿estoy en el fin del mundo, en el límite del universo? La misma luz azulada envuelve tres figuras humanas, o humanoides, envueltas en una tela aterciopelada, de abrazo lánguido pero viscosamente viva, como si fuera la tela la que animara los cuerpos amortajados de unas figuras muertas. Ellos no advierten mi presencia, parecen absortos en una suerte de ritual. Brazos alzados, susurran estertores; y un zumbido grave, monótono, les responde reverberante, como si fuera la propia plataforma la que soñara lamentos pétreos, y les acusara. Me recuerdan a unos sacerdotes de un rito pagano, ahora les distingo, son dos mujeres y un hombre, sin ojos, o con las cuencas vacías de negrura, vacías de luz. Y me aterrorizo, golpeando incesantemente el botón del seis, con el solo objetivo de despertar, o que al menos, se cierren las puertas, que se colapsen sobre tan lamentable y escalofriante paisaje. Estamos en medio de la nada, en un sueño, sí, en el vacío en que ya no moran las estrellas, y estos seres en su olimpo oscuro murmuran y rezan, ¿a quién? Entonces me descubren, la luz amarilla del ascensor rompe su mantra, y uno de los sacerdotes agarra mi muñeca y me arrastra fuera del ascensor. No me resisto, el miedo me paraliza, solo grito con la mirada, que bascula en la cabina del ascensor, que quiere aferrarse a su luz cálida, pero termina trepando sobre ella, donde hay un altar retorcido, que envuelve el hueco por el que mi ascensor ha descendido. Es una columna profusamente tallada con glifos, volutas, escamas, símbolos, protuberancias, picos y grandes cabezas de iguanas, serpientes o dragones, y sobre una de esas gárgolas deformes de tamaño colosal, hay un hombre, que se retuerce agónico. ¡Está clavado a la piedra! Está muriendo, aplastado, crucificado, con sus manos clavadas sobre su cabeza, su cuerpo deformado se arquea sobre la cabeza de serpiente, y una sangre oscura, lodosa, se escurre por la piedra, cae sobre mi cara, sobre mi hombro, sobre mi mano atrapada en la garra de terciopelo vibrante. Pero no es un hombre lo que está crucificado, tiene una corona de espinas, y una barba hebrea, no tiene pecho apenas, pero está desnudo, y su sexo es el de una mujer, famélica, de cadera estrecha, de carne huesuda, lanceada; sangra de un costado, pura costilla, sangra de la frente, y de sus manos y pies atravesados. La boca de la mujer, o del hermafrodita, está abierta en un rictus congelado, gritando sin sonido, o si lo hay, se pierde en el aire añil.
El sacerdote tira de mí, me arrastra sobre el piso inclinado, no, no es exactamente eso. Me desliza, liviano, sobre un aire enrarecido que sabe a sal, mis oídos estallan, no tengo equilibrio, no sé donde está arriba y abajo, estoy mareado, aterrorizado. Me está empujando hacia el vacío, me rebelo, peleo, es inútil, me aferro al suelo, pero es granito liso, es obsidiana, no hay donde agarrarse, llegamos al borde de la plataforma, no hay nada más allá. Negrura. El sacerdote me empuja, pero no caigo al vacío. Es el vacío el que cae sobre mi, se vierte sobre mi boca abierta, cae sobre mi estomago, entra en mis entrañas, sale por mis ojos desencajados. Y en eso me convierto, en vacío.

viernes, 26 de febrero de 2010

Desgracia

Observo. Es diferente observar desde lo alto, sin metáforas. Los caminantes sobre la rambla, los coches circulan deslizándose suaves como si el asfalto fuera lodo, con los faros amarillos como dos ojos de una máquina nocturna. Es de noche.
La chica del portátil, pensativa, recostada en su sillón esquinado, con la manzana iluminada, el pelo recogido, y su café, que ya no humea, sólo es cartón. Los arbolitos modelados como esferas en la acera, las palmas, y una india recostada en un portal, con la mano alzada murmura, pide, alza los ojos con su cantinela en cada paso, en los cruces de los transeúntes, que no son muchos en esta hora temprana de la noche, o agonizante de la tarde, el crepúsculo ya terminó hace rato.
No es la única desgraciada: en el fondo del café, un sillón, y dos chicas. Una se enjuaga las lágrimas con una servilleta, la nariz, y hace muecas, los ojos congestionados. No se oye lo que dice, es como ver un grito sin voz, es el cine mudo. Gesticula, y finalmente, sus labios se cierran en torno a unas palabras “¿Por qué a mí?”. Y sigue llorando.
No hay diferencia para la desgracia, para su esencia, que se nutre igual, dentro o fuera, en la calle o en el café, de la india o de la blanca.

miércoles, 6 de enero de 2010

Homenaje II

Tenía tantas arrugas. El espejo maldito, y la vida, que pasa. Arrugas que ajaban mi rostro, surcaban el círculo de mis ojos. Arrugas que recorren mi frente, sitiaban mi cara. Arrugas del tiempo, arrugas de la nada.
¿Cuánto tiempo ha pasado? Ya casi cincuenta años. Una vez fui una niña, una niña feliz, que no tenía arrugas, pero tenía tiempo, todo, hasta donde el horizonte terminaba. Esa niña miraba al espejo, y miraba al tiempo, y soñaba.
Su padre le decía: "la vida pasa rápido, mi niña". Y la niña miraba con sus ojos verdes, de color esmeralda, ojos tímidos, y soñaba. Soñaba despierta, soñaba con soñar, volaba. "Un príncipe, no. Una familia, y el mañana". Mañana quiero ser yo, no quiero estar asustada.
"Mi niña, no te asustes, pues después de mañana, siempre queda eso, siempre, esperanza".
Sus manos eran fuertes, calientes; su pelo gris olía a azúcar, me reconfortaba. Pero mi padre murió, estoy sola, y tengo a mi hermana.
Hoy volví a caminar por la calle Padre Blanco, buscaba mis pasos, olvidados, los pasos que me retornaran a un recuerdo feliz, a otro tiempo. Ahora, la casa de mi infancia está derribada. Ya no hay esquina, ni callejón, ya no hay huerta, ni casa maragata. Queda un solar: triste, frío, de arena blanca, ocre y dorada. Van a levantar unos pisos, otra caja de zapatos, otra tumba, esta vez sí, una tumba blanca.
Quiero llorar, pero ya no queda nada. Solo mis pasos, y el paso del tiempo, que ya ha pasado. Una casa deshecha, frío en la calle, frío en la carne, frío en el alma.
¿Cómo se comienza una vida ya pasados los cincuenta? Quiero ver en ese espejo otra niña, o un hada. Porque el tiempo no la ha deshecho, como a la casa. Está ahí, en el espejo. Está mirando, la niña, arrugada. Está esperando, ¿qué espera? ¿qué dicen tus ojos tristes, niña? ¿qué dicen, si ya has llorado? Vuelve a mí, niña, para que podamos volar juntas, para que podamos soñar, soñar que hay un pasado mañana.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Bleeding clown

Me gusta la metáfora del circo como reflejo de la infancia. Un redondel de luz y color, ilusión, un redondel pequeñito, limitado, en el que una vez que te sales, es díficil volver, ya dejas atrás la magia, pues ya entiendes el mecanismo. Vuelves, pero como observador.
Y en general, sobre dejar el mundo conocido atrás perseguiendo sueños.-
Leí este post en el blog de G. sobre los payasos tristes y me recordó a la canción, y a esto, que escribí hace mucho tiempo.


La sonrisa del payaso le había devuelto la paz en el pasado. Pero ahora ya no funcionaba. Además, el payaso estaba marchito, y los antes vivos colores de su traje ahora apenas lucían mortecinos, apagados. Ella se giró y salió de la carpa, franqueó la cancela y abandonó para siempre el recinto donde sus sueños circenses de un día anaranjado se habían vuelto zafios y mundanos. “Un sueño tiene que guiar, tiene que impulsar”, se dijo a sí misma. “Mi sueño, se ha roto”.

Había caminado durante dos horas desde la ciudad del Sol, a tres leguas de la explanada, hasta la mismísima puerta del Arco de Oro con el anhelo de días perdidos en su corazón. Cuando dejó el circo años atrás, el sueño la perseguía. Recorrer el mundo, salir de aquel redondel que era su universo, y ver otros cosmos, otros rumbos. Pronto se dió cuenta de que en el mundo exterior no había malabaristas, ni mujeres barbudas; los saltimbanquis no brincaban ni había acróbatas tejiendo lazos en el aire; no había domadores ni leones, pues todas las fieras eran aniquiladas antes de saberse fieras, y los domadores no llevaban látigo. Llevaban países y vestían de poder y de sombras en el alma. Pronto descubrió que todo eran trucos, pero no había ninguna magia. Sólo televisión, prensa, radio y red. Y entonces lo entendió todo. Se arrepintió de su viaje exterior. Quiso volver a su pequeño redondel de felicidad, quiso volver a su pequeño circo de magia y luz, donde cada día todo era nuevo. Pero no pudo, se encontró la carpa ajada y el payaso triste y descolorido. Con un susurro roto, él se lo explicó: “Amalia, la infancia sucede una vez. No puedes regresar a la inocencia, pues se pierde al vivir y no se recupera jamás”.






sábado, 18 de julio de 2009

Actio

Postrado y solo. Así me dijo que se sentía, después de tantos años esperando algo, algo que no llegaba, pero sabía que tenía que ser, o suceder. Algo que cambiara su vida. Aunque no pudiera saber con exactitud que era lo que estaba esperando, me decía que a veces podía casi tocarlo con la mano, o respirarlo en el aire, y seguía con la esperanza y con la mirada puesta en el horizonte. Esperando a que eso, fuera lo que fuera, llegara. Qué de gente conocemos que piensa así, que espera. Intentemos no olvidarlo, puede pasar toda una vida y llegar a viejo como el señor Manuel, y seguir esperando. Una espera infinita..., ¿es acaso mejor que actuar?

Cuando me alejé de allí, dejando al señor Manuel de nuevo sólo, de nuevo con sus esperanzas, pensé que tal vez lo que estaba esperando, lo único que podría cambiar su vida significativamente, era la Muerte.

martes, 13 de mayo de 2008

La búsqueda

Regresó a la luz, pero no sabía lo que allí encontraría. Tras unos días vagando por las calles enredadas del barrio judío, al final encontró la respuesta. No se hallaba escrita en ningún libro, ni grabada en una piedra, ni siquiera plasmada en un lienzo. Fue lo que aquella chica le dijo. Se lo dijo con la mirada, no más que un leve intercambio de luz en sus ojos, flotando y retorciéndose por el aire hasta los suyos propios. Aquellos ojos negros, tristes, vacíos chisporrotearon. El éter congeló la conexión, justo en el aquel entrelazado retorcido del entramado de calles. Los dos, extraños en un fortuito encuentro, se miraron a los ojos.

Nada. Dijo ella. Ilusoria y delusiva, es la meta, pues en realidad no hay tal meta.
Es un inexistente, es el aire liviano y transparente.

No somos más que unos deslavazados títeres en el lamentable escenario de la vida.


Y salió corriendo, negros pasos sobre el piso. Desconcertado, él sintió el peso de la atmósfera cayendo sobre su espalda. La pequeñez de su dimensión le aturdía. Cuando giró la vista todo rastro de la desconocida de ojos tristes había desaparecido. Siguió caminando por el laberinto blanco, cabizbajo. Ilusión, te fuiste. ¿Le habría hechizado con sus palabras? ¿Serían sus ojos? ¿Qué vio en ellos? Se había quedado en blanco. Ya olvidó de donde venía, y a donde se dirigía. ¡Había olvidado incluso a la pregunta! Sí, tenía la respuesta… pero ¡cuán fútil sin la pregunta!
Búscala en el mar, búscala en la inmensidad. Le dijo el librero de San Isidro.
100 años han pasado ya, 100 años más han de pasar. Le dijo la camarera de la Trinidad, que le servía sonrisas afables y café aguado. ¡Pero yo no tengo ese tiempo!

Había perdido toda esperanza y se abandonó al susurro del viento, y al escrutinio del horizonte insondable, al arte de separar cielo y mar. Pies en la arena, cabeza en el cielo. ¿Quién era ella? ¿Por qué le había borrado la pregunta, por qué de sus pensamientos, a cambio de una respuesta?
Pero la pregunta ya la había escrito. En el dique, con punzón y sal. Rezaba la inscripción cincelada, años atrás, de su mano y de su puño:

¿Por qué siento que estoy buscando en una búsqueda infinita que busca encontrar un objetivo a buscar y nunca encontrar? ¿Qué encontraré?

Y más abajo, otra mano que escribía:
Al final de nuestros días, la Muerte responde a todas nuestras preguntas.