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lunes, 16 de agosto de 2010

Era una noche fría

Un día extraño. La primavera se fue. Volvía por la Paulista a casa, los brasileros estaban muertos de frío. Las parejas se abrazaban en la parada del autobús, el remedio más viejo para darse calor. Proliferaban los gorros peruanos, ponchos, cualquier ropa de lana, y aún así, frío en la cara. Frío en la mirada, también. Hoy la simpatía típica brasilera estaba un poco más mustia, creo que así se entiende porque los castellanos somos como somos. Despedidas rápidas, pasos apresurados, brazos enlazados sobre el pecho. Me crucé con un vagabundo, en realidad, un limpiabotas con mala suerte. Me pidió para un salgado, faz frio, cara. Nao tenho amigo. Pero es un día muy frío, así que le llamé y le di todas las monedas que tenía y le deseé boa noite. Y que pase pronto, no va a ser una noche fácil. Pasando Caixa, debajo de los soportales, los habituales ya estaban durmiendo bajo sus mantas, en ese recoveco creo que no sopla tanto este aire. La Paulista es la zona más alta de la ciudad, es la cima de un morro, aquí sopla, y hoy es helado. Llegué a mi esquina, en Bradesco, el típico segurata fumando su cigarro, y en el reborde del edificio, había un bulto encogido, debajo de un cacho de tela finísimo. Nunca vi nadie durmiendo ahí. Miré con atención para ver si se movía. ¿Estará bien? Putz, ¿sobrevivirá esta noche envuelto en esa cosa? No se mueve. Me acordé de ese pajarillo -hace tanto tiempo- que encontramos cerca del cole, estaba hinchando, congelado, y no tardaría en morir. Que pena, dijimos todos. "¿No podemos hacer algo por él, mamá? El pobrecito no puede morir de frío, con lo calentito que estoy yo en casa". Pero para los adultos, era obvio que no podíamos llevar al pajarito a casa, que no se puede recoger a cada pajarito muerto de frío. "¿No se puede? ¿Por qué, mamá?"

Parece que nadie siente ya mucha pena por esta gente. ¿...Y yo? ¿La siento yo?
Vaya mierda, en Valladolid no tenía estos choques de conciencia.

jueves, 10 de junio de 2010

Austral

Frío castellano en su versión porteña. Camino por calles que no se
como se llaman, no lo sabré, pero que parecen Madrid. No pasa nada,
también me cruzo con gente que no sé cómo se llama, tampoco lo
sabré, y también parecen Madrid. Si no hablan.
Si me preguntás, creo que prefiero la primavera paulista.

lunes, 11 de enero de 2010

Xocolatl

Está lloviendo. Cuando llueve y es de noche, la ciudad se vuelve un espejo negro de reflejos de luces, de farolas, de faros, que van y vienen y que centellean en el pavimento mojado. Hace frío y llueve, está oscuro.
El taxista me conoce, me reconoció por la voz, por el acento. Completó el mismo la dirección cuando le llamé. Tiene una risa diáfana, de las que parecen sinceras. Y se ríe bastante, creo que le hace gracia la forma en que le estamos dando direcciones, como un juego. Le leemos en voz alta el comentario de Gina con las pistas, y se ríe de lo del cri-cri, pero yo no lo entiendo. Es lo único que reconoce de todas las indicaciones, y no servirá de mucho. Pero es bueno que le haga gracia, nos reimos los tres.
Ya en la Condesa, nos bajamos. Es dificil buscar con un coche con unas direcciones dadas para ir a pie. Apeados, encontramos la calle, y el restaurante italiano. Al lado una verja, y adyacente, la chocolatería. Parece más bien una cafetería, pequeña, con una terracita ahora cubiera de lona, donde se cuela el aire frío. Solo hay una persona, sentada en una mesa en la entrada, casi en la campaña, y caben pocas más en el interior. Apenas hay sitio para la barra, ni para la chica que la sirve, que se sienta, hierática, en su cubículo. La carta se muestra como un cartelón sobre su cabeza. Tienen chocolate negro y chocolate blanco. "¿Tienes chocolate?" le preguntamos, como si no supieramos leer, aunque en el fondo, lo que buscábamos, lo que esperábamos era que dijera que claro, que habíamos dado con la chocolatería más famosa de la Condesa, y que no nos fiaramos de la carta, que en realidad escondía muchas más variedades, artesanas, calientes, ricas y por supuesto, la receta mexica. Pero no, ella no dice nada de eso, apenas dice un sí. X hace un ademán de irse, y yo le sigo. Le anuncio a la chica que luego volveremos.
¿Qué ha pasado? Todas las indicaciones cuadran, está en la calle del niño héroe, al lado del italiano, aunque, en realidad no conozco a Gina, pero diría que no puede ser ése un sitio que ella recomendaría, al que ella vendría. Nos arriesgamos, recorremos la calle, arriba, y abajo. Preguntamos a una pareja, "no, vaya, pues si es una chocolatería a estas horas deben estar cerrados. Pero bajad la calle hacia allá que se vuelve más comercial y allá seguro que hay más suerte". Pero no le hacemos caso, y rodeamos el edificio verde de la telenovela de terror, caminamos sorteando plantas gigantes en la acera, y vadeando los charcos, negros. Está oscuro, y la calle, el barrio, recuerda a una calle en París, que no sé si será Montmartre, el Quartier Latin, o solo mi imaginación jugando a los ya-vistos. Espera, la calle se acaba, volvemos al punto de inicio, ¿tomamos el chocolate entonces ahí, o nos vamos para casa? Pero no, es en la tienda de lámparas, ahí, el lugareño sí sabe. Es en la otra calle, otro niñó héroe, que no lo es tanto, es teniente. ¿Habrá otro restaurante italiano en la paralela? O simplemente las chocolaterías reputadas serán como los caracoles, que mueven su casa, pero despacio, así que no van muy lejos, solo al otro lado de la manzana. Y sí, ahí está, eso si es una chocolatería, con su gente, sus mesas, la madera, las piñatas, su rinconcito acogedor, y hasta la campana. "Sí, no es broma, si quieres ordenar, tienes que tocar la campana".
Cuando traen el chocolate, me alegro del empeño, de seguro hay un refrán castellano que habla de eso y reza, reza así "Quien persevera a dios desespera", O parecido. Salud y chocolate, qué reconfortante ¿quién no se acuerda de Juliette Binoche?

jueves, 17 de septiembre de 2009

El post que no tuvo título

He vuelto a casa. Llevo un rato aquí, preguntándome que es lo que noto diferente, raro. Qué ha cambiado en apenas dos días.
El tiempo ha cambiado de golpe. Hace frío, ha sido un día lluvioso y es demasiado de noche para la hora que es. Pero no es eso. No sólo eso. Es el silencio. No se oye nada. Nada de nada. Se acabaron las terrazas, ya no hay fiestas, y del guateque de todos los días, del ambientazo festivalero, de oir a la gente a cada paso, pasodoble, trompeta... no queda ni el recuerdo.
Como un circo -uno mediocre- que levanta la carpa, y se va, dejando el solar atrás. Como si no hubiera pasado nunca por allí.

El invierno está aquí, no se si de visita todavía o para quedarse definitivamente. Me contento en en pesar que este año con toda probabilidad pasaré buena parte del invierno en algún lugar tropical...

!!