Mostrando entradas con la etiqueta gabriel garcia marquez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gabriel garcia marquez. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de mayo de 2014

Aspire

Cada vez que veía un cuadro de Matisse quería ser pintor. Cogía el cuaderno, el lápiz, la tela, los pinceles. Diseccionaba toda imagen 3D que veía en planos, trazos, mezclas de colores... con poco éxito en el papel, hay que decir.
Cada vez que leía Garcia Márquez pensaba en cuán sencillo y bello puede escribirse una historia entrañable, y quería ser escritor. Imitaba el estilo, escribía un pedazo, un relato, un lo que fuera... Era más fácil, más práctico que ser pintor, la verdad, aunque el resultado seguía siendo mediocre.
Cada vez que veo la jeta sobria de Steve Jobs, pienso en la perfección del iPhone, del iPad, del iTodo, y pienso en la belleza de las matemáticas, la sincronización perfecta del código software, líneas y líneas ... y no me entra ninguna gana de ser programador, de inventar nada y se que algún día voy a romper con esta profesión nuestra.

jueves, 24 de abril de 2014

Leo

Día de Sant Jordi, el día de los comuneros de Castilla e São Jorge en Río. Día de descanso, feriado, festivo.
El día esta acabando, llueve, llovía o va a llover.
De nuevo sin televisión, la señal de tv brasileña se ha perdido, así que sólo veo TVE inyectada por internet desde Torrespaña hasta mi tele. Tertulia. Siguen hablando de los libros de García Márquez, del premio de Elena, de todas las historias de Gabo, de Cortázar, de Vargas Llosa, y yo recordando todas las historias que yo vivía en los tiempos en que leía estos libros...y otras tantas que imaginaba.

domingo, 29 de marzo de 2009

Pueblo

Serpenteando por las calles de La Candelaria, entre cuadros de Botero y Alejandro Obregón, una visita a la mansión del úlltimo virrey,  y un café en un JuanValdez, así termino en el primer restaurante que visité en el centro de Bogotá, una tabernilla anaranjada con vistas a los cerros. Y ahí termino también "la Mala hora", y empiezo a pensar, con la memoria colectiva de mi familia, en ese Macondo que se sentía en todos los pueblos de Castilla - no tan diferentes en la esencia- y en todos los personajes que toman parte de una trama donde el protagonista es el propio pueblo y de fondo, las heridas de la guerra civil. El cura, el doctor, el alcalde, la policía, las damas católicas, la viuda, la otra viuda, el terrateniente, el ganadero, etc. 
Tal vez este podría haber sido un relato ocurrido en un pueblo maragato, y mi madre podría haber sido la autora.  La animaré a que escriba algo. Mientras, aquí dejo una de sus poesías de su cuaderno y sus papelotes, que rescaté hace unos meses en Google Docs.

Castilla
A horcajadas sobre el llano
castillos y catedrales
dibujan siluetas negras
contra el rosa de la tarde.
Silencio de las acequias,
oscuros ya los trigales.
Un rayo que mantenía
rotos de luz los cristales
se oculta en la lejanía.
Silencio llama a silencio,
¡silencio... que se hace tarde!

domingo, 8 de febrero de 2009

Amor

Mi madre me dejó un lote de libros, con una advertencia "pero de todos, éste me lo devuelves... Los demás te los puedes quedar". Se refería a El amor en los tiempos del cólera. Yo pensé, "pues claro, de seguro además que te lo devuelvo sin haberlo empezado, o incluso empezado y desechado", pues después de Cien años de aburrimiento, todavía no estaba yo muy convencido de poder leer una novela completa de García Márquez. Sí, sus cuentos y su prosa me atrapan, pero casí como algo científico, seductor, como quién saborea un trozo de tarta por el gusto del chocolate, pero sin ninguna pretensión de terminarse el pastel completo.
Cierto es que leer a Márquez es al menos para mi un misterio elocuente, ¿cómo alguien puede escribir tan sencillo a la vez que con esa riqueza, ese dominio del léxico, de las palabras, de la lengua? A veces, leyendo, inicio una diseccion, otras me dejo llevar no sin sentir cierta envidia. Lo descriptivo se vuelve inmersivo, tridimensional, aderezado con un toque de magia de lo latino, que reconstruye escenarios del Nuevo Mundo que ya ni existen. Márquez no escribe, teje.

Ahora leyendo la azarosa existencia de Florentino Ariza, me acuerdo de una florentina moderna, de nombre floral también, consagrada a la imagen inexistente del amor, de un amor que no llega, de un amor tan idealizado que no puede plasmarse en la tierra firme, mundana. "Pero el amor, esa palabra.."
Lo siento por mi florentina y su hechizo sempiterno, que ya le dura desde los trece o más, y que la perseguirá posiblemente hasta más allá del ocaso; y como le sucede al protagonista de Márquez, todo lo que encuentra en el camino es puro entretenimiento, bálsamos para amortiguar el dolor autoimpuesto, omnipresente, y ya amarrado al éter que ella respira. Si mi florentina encuentra su Daza o no, no lo sé, pero así la recuerdo y así me alegra pensar que no nos parecemos en nada.


"La viuda de Nazaret no faltó nunca a las citas ocasionales de Florentino Ariza, ni aun en sus tiempos más atareados, y siempre fue sin pretensiones de amar ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera como el amor, pero sin los problemas del amor."


"Con ella aprendió Florentino Ariza lo que ya había padecido muchas veces sin saberlo: que se puede estar enamorado de varias personas a la vez, y de todas con el mismo dolor, sin traicionar a ninguna. Solitario entre la muchedumbre del muelle, se había dicho con un golpe de rabia: «El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas»."

lunes, 10 de noviembre de 2008

Los doce cuentos peregrinos

Cincuenta y dos años y pico de soledad después, y ya estaba aburrido. Lo siento, el "culebrón" de los Buendía no era para mi y tuve que desistir de probar suerte con Gabriel García Marquez. Una pena, pensé, después de haber estado leyendo este año mucho autor hispano - quizás atraído por los viajes por estos rumbos americanos- que este grande me aburriera de sobremanera.
Pero ahora he terminado sus Doce Relatos Peregrinos. ¿conocéis esa sensación, cuando os encanta una lectura y os resistís a terminarla, arrastrando página a página, decelerando, saboreando pero recorriendo letra a letra hasta el final, ineluctable y en este caso, magnífico?

Quizás el valor que le atribuyo yo al libro este es subjetivo, por las circunstancias. Como todo, ¿por qué no?. Fue un regalo, un retorno a cambio de Rayuela -digamos-, comprado en el barrio latino de París. Comencé a leerlo ya abordo del vuelo transoceánico, ya llegando a Tejas. Casualidades, en uno de los primeros cuentos, Gabriel toma un vuelo desde Paris cruzando el Atlántico. Y en el último, la preciosa Nena Daconte guía a su marido Billy Sánchez de Ávila por la Avenue du General Leclerc y por Denfert-Rocherau en busca de un hospital en Montparnasse. Y recuerdo esos mismos sitios que pisé en los días atrás, visitando las catacumbas de París y el barrio aledaño al cementerio de Montparnasse.


Seguí leyendo el libro durante todo el viaje, aunque apenas duró, y la verdad que puedo decir que Márquez ha sido lo mejor de Dallas, Tejas.



A Billy Sánchez no le habría alcanzado la vida para descifrar los
enigmas de ese mundo fundado en el talento de la cicatería. Nunca entendió el
misterio de la luz de la escalera, que se apagaba antes de que él llegara a su
piso.