viernes, 26 de marzo de 2010
Esto fue lo último que soñé antes de volverme loco
El sacerdote tira de mí, me arrastra sobre el piso inclinado, no, no es exactamente eso. Me desliza, liviano, sobre un aire enrarecido que sabe a sal, mis oídos estallan, no tengo equilibrio, no sé donde está arriba y abajo, estoy mareado, aterrorizado. Me está empujando hacia el vacío, me rebelo, peleo, es inútil, me aferro al suelo, pero es granito liso, es obsidiana, no hay donde agarrarse, llegamos al borde de la plataforma, no hay nada más allá. Negrura. El sacerdote me empuja, pero no caigo al vacío. Es el vacío el que cae sobre mi, se vierte sobre mi boca abierta, cae sobre mi estomago, entra en mis entrañas, sale por mis ojos desencajados. Y en eso me convierto, en vacío.
domingo, 20 de abril de 2008
Soledad y locura
Ahora estoy solo en casa, escuchando a Beethoven e iniciando la lectura de un nuevo libro. Y pensando, pensando en el pasado y en el presente. Hubo un tiempo en mi vida en el que tuve que aprender a estar solo, cosa a la que no estaba acostumbrado, los avatares de la vida no me dejaron otra opción. Y descubrí que es algo fundamental para conocerse a uno mismo el ser capaz de estar solo sin ver en ello un castigo, aceptando el momento que toca y tratando de sacar lo máximo de él. Tiempo después hube de aprender en la dirección contraria, me había acostumbrado tanto a estar solo que me faltaban herramientas a la hora de estar con los demás, era mucho más cómodo estar solo, porque no había exigencias de ese modo. Mi esfuerzo me costó, pero creo que aprendí, y no tengo claro cuál de los dos aprendizajes era más necesario, era más importante, probablemente los dos.
Últimamente apenas paso momentos solo, la vida va a gran velocidad y no hay demasiado tiempo para la soledad. Y cuando ésta se produce, como ahora, me doy cuenta de que efectivamente es muy importante saber estar solo para poder estar con los demás, para poder aportar a los demás, pero sin duda, sin ninguna duda es con los demás donde encontramos la felicidad, la felicidad es algo que ha de ser compartido, nunca llegará en la soledad, en ella estará vacía, hueca, muerta.
Y en este momento de tranquila soledad temporal empiezo un nuevo libro, que he cogido prestado de casa de Daviz, "los renglones torcidos de Dios" de Torcuato Luca de Tena, y su primera frase anuncia una interesante aventura escondida entre sus párrafos,
"La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca".
lunes, 15 de octubre de 2007
LA LOCURA
Esta semana la locura ha ganado su batalla. Y ha sido una victoria justa. He estado encerrada, envuelta en legañas de sueños, ensetada de fiebre, empapada en el sudor de mi soledad. La mirada fija en el techo. La mirada fija en la pared. En la otra pared. En el suelo. Esquizófrenicos pensamientos que me hacían despertar con el miedo agarrado al corazón. El miedo al miedo. Vivo o sueño, no sé muy bien. No sé si han pasado horas o días desde que noté está agonía pensándome en el cuerpo; sacos de desamor oprimiéndome el alma. Eludiendo su presencia en mis ratos de lucidez tratando de leer, de comprender. No sé si es sueño o es realidad. Esta desidia ha tejido su hilo tan fino, aprovechándose de mi debilidad, que esta mañana ya no puedo salir de esta madeja, de esta tela de araña que me tiene en su interior de burbuja. Alzo una mano para intentar traspasarla, los sedosos y pegajosos hilos me cogen del brazo en cuanto las yemas de mis dedos empiezan a asomar por fuera. Lo retiro con las pocas fuerzas que me quedan y lo repliego contra mi cuerpo. Cierro los ojos con fuerza y pienso en él. En sus ojos negros, en su piel morena, en su negro y canoso pelo. En las veces que trepa a mi balcón y me araña la piel con sus caricias, me muerde los pezones hasta el placer-dolor, me penetra acompasadamente mientras sus escasos besos llegan a mi boca. Luego baja sigiloso por donde ha subido y desaparece en los albores del amanecer. Por las mañanas, envuelta en mi manta de esperanzas, me asomo al balcón con mi mejor sonrisa, por si me está viendo desde algún tejado, por si vuelve para robarme un último beso. Pero nunca sé cuando volverá. Una bola de fuego se enciende en mi sexo al recuerdo de su cuerpo desnudo encima del mío. Abro los ojos y creo divisar una sombra. Su sombra.
-¿Estás ahí?
-Sí, estoy aquí.
-Dame la mano.
Alargo mi mano para sentir la suya pero no llego a tocarla. Maldita tela de araña. Estallo en un grito que inunda de un fuerte eco mi jaula-burbuja. Salto, alzo los brazos y rompo la tela. Miro a mi alrededor buscándole pero la habitación esta vacía. Otra mala pasada de mi esquizofrenia. Me asomo al balcón.
-¿Estás ahí?
Una sonora carcajada por encima de mi cabeza.
-No, tú no. Vete, déjame sola.
La veo venir flotando en el aire, con su bello cuerpo desnudo, la cabellera le nace roja como el fuego y se le atornilla en tirabuzones de oro que caen sobre sus senos; su pubis níveo y sin vello. Sus ojos verdes, centelleantes por el éxtasis, me atrapan una vez más. No quiero mirarla, se que no debo mirar esos ojos, pero me atraen mágica, diabólicamente, y una vez más sé que es inútil resistirse. Me tiende la mano y se la agarro sin vacilar. Me alza en el aire, me sube bien arriba y con sus dedos bajo mi barbilla pone mis ojos a la altura de los suyos para apoderarse completamente de mi alma. Yo dejo que se la lleve. Me muerde el cuello, los labios, las muñecas.
-Ahh! Duele.
-Es que tiene que doler.
Noto como los regueros de sangre brotan de mis venas y resbalan rojos por mi blanco cuerpo. No sé donde estoy, siento que floto, que estoy suspendida en el aire, los tejados se divisan al fondo. Vértigo, náuseas, ganas de morir, ganas de reír. Creo que voy a perder el conocimiento y entonces le veo a él, veo sus ojos negros otra vez, que me miran tiernamente al tiempo que me dicen adiós, sin dolor. Mi amor se da la vuelta y siento que se va para siempre. Le veo alejarse y miro su nuca. Empecé enamorándome de su nuca. Los ojos se me abren, no puedo soportar verle marchar, y me encuentro de nuevo con los ojos verdes, de la que no deja de reír y disfrutar con mi agonía. Noto convulsiones, punzadas en mi cuerpo. Coloca su huesuda mano bajo mi cabeza, mete su lengua, jugosa por mi sangre, en mi oído y me susurra.
-Ya eres mía... Para siempre.
-No...no...sí, sííí
Estoy ya fuera de mí, no sé lo que me está pasando aunque en realidad creo que soy perfectamente consciente de lo que me ocurre. Me da un largo beso en los labios, me los lame, me mira ardiente y deseosa, está disfrutando de lo que acaba de conseguir. Violentamente me arroja en la dirección de la fuerza de la gravedad que me engulle en su viaje al centro de la Tierra. Oigo el crujir de mis huesos contra el suelo. Por primera vez voy a morir y no voy a ver mi muerte.