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viernes, 26 de marzo de 2010

Esto fue lo último que soñé antes de volverme loco

Estoy en mi departamento de la calle Schiller, una tarde de invierno, de un invierno demasiado frío. Las palmeras se agitan en la calle, en el balcón de enfrente asoman luces tempranas, como un árbol de navidad postergado. Tomo el ascensor, piso cero. Inicia el traqueteo de descenso, esta vez solo un zumbido, que se prolonga hasta que se abren las puertas. Pero no es el piso cero, no es el portal del condominio. Es otra cosa, aun no puedo verlo, la negrura se cuela en la cabina como una niebla alcalina, me corta la respiración de cuajo, y se me para el corazón de miedo, un miedo irracional, un miedo imposible. El ascensor se abre sobre lo que parece ser un piso de piedra oscura, un monolito ligeramente curvado en un vacío negro insondable. Es una plataforma de piedra de dimensiones ciclópeas, inclinada en su horizontalidad, y que parece sostenerse en el centro de un universo apagado, sin estrellas, ni luces, ni polvo cósmico, solo el vacío, o quizás si titilan unos puntos lejanos, son dos estrellas desahuciadas. La propia piedra emana una refulgencia azulada, como una iridiscencia mortecina, sombría, que parece querer llorar por tan triste panorama. Es el olvido, ¿estoy en el fin del mundo, en el límite del universo? La misma luz azulada envuelve tres figuras humanas, o humanoides, envueltas en una tela aterciopelada, de abrazo lánguido pero viscosamente viva, como si fuera la tela la que animara los cuerpos amortajados de unas figuras muertas. Ellos no advierten mi presencia, parecen absortos en una suerte de ritual. Brazos alzados, susurran estertores; y un zumbido grave, monótono, les responde reverberante, como si fuera la propia plataforma la que soñara lamentos pétreos, y les acusara. Me recuerdan a unos sacerdotes de un rito pagano, ahora les distingo, son dos mujeres y un hombre, sin ojos, o con las cuencas vacías de negrura, vacías de luz. Y me aterrorizo, golpeando incesantemente el botón del seis, con el solo objetivo de despertar, o que al menos, se cierren las puertas, que se colapsen sobre tan lamentable y escalofriante paisaje. Estamos en medio de la nada, en un sueño, sí, en el vacío en que ya no moran las estrellas, y estos seres en su olimpo oscuro murmuran y rezan, ¿a quién? Entonces me descubren, la luz amarilla del ascensor rompe su mantra, y uno de los sacerdotes agarra mi muñeca y me arrastra fuera del ascensor. No me resisto, el miedo me paraliza, solo grito con la mirada, que bascula en la cabina del ascensor, que quiere aferrarse a su luz cálida, pero termina trepando sobre ella, donde hay un altar retorcido, que envuelve el hueco por el que mi ascensor ha descendido. Es una columna profusamente tallada con glifos, volutas, escamas, símbolos, protuberancias, picos y grandes cabezas de iguanas, serpientes o dragones, y sobre una de esas gárgolas deformes de tamaño colosal, hay un hombre, que se retuerce agónico. ¡Está clavado a la piedra! Está muriendo, aplastado, crucificado, con sus manos clavadas sobre su cabeza, su cuerpo deformado se arquea sobre la cabeza de serpiente, y una sangre oscura, lodosa, se escurre por la piedra, cae sobre mi cara, sobre mi hombro, sobre mi mano atrapada en la garra de terciopelo vibrante. Pero no es un hombre lo que está crucificado, tiene una corona de espinas, y una barba hebrea, no tiene pecho apenas, pero está desnudo, y su sexo es el de una mujer, famélica, de cadera estrecha, de carne huesuda, lanceada; sangra de un costado, pura costilla, sangra de la frente, y de sus manos y pies atravesados. La boca de la mujer, o del hermafrodita, está abierta en un rictus congelado, gritando sin sonido, o si lo hay, se pierde en el aire añil.
El sacerdote tira de mí, me arrastra sobre el piso inclinado, no, no es exactamente eso. Me desliza, liviano, sobre un aire enrarecido que sabe a sal, mis oídos estallan, no tengo equilibrio, no sé donde está arriba y abajo, estoy mareado, aterrorizado. Me está empujando hacia el vacío, me rebelo, peleo, es inútil, me aferro al suelo, pero es granito liso, es obsidiana, no hay donde agarrarse, llegamos al borde de la plataforma, no hay nada más allá. Negrura. El sacerdote me empuja, pero no caigo al vacío. Es el vacío el que cae sobre mi, se vierte sobre mi boca abierta, cae sobre mi estomago, entra en mis entrañas, sale por mis ojos desencajados. Y en eso me convierto, en vacío.

domingo, 20 de abril de 2008

Soledad y locura

Domingo, luce el sol a intervalos en Madrid, después de varios días de continua y cansina lluvia. Estoy solo, después de dos agradables días en compañía de mucha gente, y entre todos ellos, de Henry y Daviz. Hacía bastante tiempo que no compartíamos tiempo los tres, lo echaba de menos, ha sido muy agradable. Y además he podido compartir esos buenos ratos, con mucha más gente que forma mi día a día aquí en Madrid. El pasado y el presente, juntos, revueltos, ... como comentaba con Daviz es agradable (y a veces también arduo) adaptar nuestras relaciones a los momentos vitales por los que pasamos, lo que antes era una pandilla que compartía la práctica totalidad de su tiempo libre ahora son unas personas con vidas independientes, en lugares diferentes, que disfrutan de sus reuniones cuando estas se producen, y que no se exigen nada más allá del cariño y el respeto, ambos fundamentales para que las cosas marchen.
Ahora estoy solo en casa, escuchando a Beethoven e iniciando la lectura de un nuevo libro. Y pensando, pensando en el pasado y en el presente. Hubo un tiempo en mi vida en el que tuve que aprender a estar solo, cosa a la que no estaba acostumbrado, los avatares de la vida no me dejaron otra opción. Y descubrí que es algo fundamental para conocerse a uno mismo el ser capaz de estar solo sin ver en ello un castigo, aceptando el momento que toca y tratando de sacar lo máximo de él. Tiempo después hube de aprender en la dirección contraria, me había acostumbrado tanto a estar solo que me faltaban herramientas a la hora de estar con los demás, era mucho más cómodo estar solo, porque no había exigencias de ese modo. Mi esfuerzo me costó, pero creo que aprendí, y no tengo claro cuál de los dos aprendizajes era más necesario, era más importante, probablemente los dos.
Últimamente apenas paso momentos solo, la vida va a gran velocidad y no hay demasiado tiempo para la soledad. Y cuando ésta se produce, como ahora, me doy cuenta de que efectivamente es muy importante saber estar solo para poder estar con los demás, para poder aportar a los demás, pero sin duda, sin ninguna duda es con los demás donde encontramos la felicidad, la felicidad es algo que ha de ser compartido, nunca llegará en la soledad, en ella estará vacía, hueca, muerta.
Y en este momento de tranquila soledad temporal empiezo un nuevo libro, que he cogido prestado de casa de Daviz, "los renglones torcidos de Dios" de Torcuato Luca de Tena, y su primera frase anuncia una interesante aventura escondida entre sus párrafos,
"La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca".

lunes, 15 de octubre de 2007

LA LOCURA

Esta semana la locura ha ganado su batalla. Y ha sido una victoria justa. He estado encerrada, envuelta en legañas de sueños, ensetada de fiebre, empapada en el sudor de mi soledad. La mirada fija en el techo. La mirada fija en la pared. En la otra pared. En el suelo. Esquizófrenicos pensamientos que me hacían despertar con el miedo agarrado al corazón. El miedo al miedo. Vivo o sueño, no sé muy bien. No sé si han pasado horas o días desde que noté está agonía pensándome en el cuerpo; sacos de desamor oprimiéndome el alma. Eludiendo su presencia en mis ratos de lucidez tratando de leer, de comprender. No sé si es sueño o es realidad. Esta desidia ha tejido su hilo tan fino, aprovechándose de mi debilidad, que esta mañana ya no puedo salir de esta madeja, de esta tela de araña que me tiene en su interior de burbuja. Alzo una mano para intentar traspasarla, los sedosos y pegajosos hilos me cogen del brazo en cuanto las yemas de mis dedos empiezan a asomar por fuera. Lo retiro con las pocas fuerzas que me quedan y lo repliego contra mi cuerpo. Cierro los ojos con fuerza y pienso en él. En sus ojos negros, en su piel morena, en su negro y canoso pelo. En las veces que trepa a mi balcón y me araña la piel con sus caricias, me muerde los pezones hasta el placer-dolor, me penetra acompasadamente mientras sus escasos besos llegan a mi boca. Luego baja sigiloso por donde ha subido y desaparece en los albores del amanecer. Por las mañanas, envuelta en mi manta de esperanzas, me asomo al balcón con mi mejor sonrisa, por si me está viendo desde algún tejado, por si vuelve para robarme un último beso. Pero nunca sé cuando volverá. Una bola de fuego se enciende en mi sexo al recuerdo de su cuerpo desnudo encima del mío. Abro los ojos y creo divisar una sombra. Su sombra.

-¿Estás ahí?

-Sí, estoy aquí.

-Dame la mano.

Alargo mi mano para sentir la suya pero no llego a tocarla. Maldita tela de araña. Estallo en un grito que inunda de un fuerte eco mi jaula-burbuja. Salto, alzo los brazos y rompo la tela. Miro a mi alrededor buscándole pero la habitación esta vacía. Otra mala pasada de mi esquizofrenia. Me asomo al balcón.

-¿Estás ahí?

Una sonora carcajada por encima de mi cabeza.

-No, tú no. Vete, déjame sola.

La veo venir flotando en el aire, con su bello cuerpo desnudo, la cabellera le nace roja como el fuego y se le atornilla en tirabuzones de oro que caen sobre sus senos; su pubis níveo y sin vello. Sus ojos verdes, centelleantes por el éxtasis, me atrapan una vez más. No quiero mirarla, se que no debo mirar esos ojos, pero me atraen mágica, diabólicamente, y una vez más sé que es inútil resistirse. Me tiende la mano y se la agarro sin vacilar. Me alza en el aire, me sube bien arriba y con sus dedos bajo mi barbilla pone mis ojos a la altura de los suyos para apoderarse completamente de mi alma. Yo dejo que se la lleve. Me muerde el cuello, los labios, las muñecas.

-Ahh! Duele.

-Es que tiene que doler.

Noto como los regueros de sangre brotan de mis venas y resbalan rojos por mi blanco cuerpo. No sé donde estoy, siento que floto, que estoy suspendida en el aire, los tejados se divisan al fondo. Vértigo, náuseas, ganas de morir, ganas de reír. Creo que voy a perder el conocimiento y entonces le veo a él, veo sus ojos negros otra vez, que me miran tiernamente al tiempo que me dicen adiós, sin dolor. Mi amor se da la vuelta y siento que se va para siempre. Le veo alejarse y miro su nuca. Empecé enamorándome de su nuca. Los ojos se me abren, no puedo soportar verle marchar, y me encuentro de nuevo con los ojos verdes, de la que no deja de reír y disfrutar con mi agonía. Noto convulsiones, punzadas en mi cuerpo. Coloca su huesuda mano bajo mi cabeza, mete su lengua, jugosa por mi sangre, en mi oído y me susurra.

-Ya eres mía... Para siempre.

-No...no...sí, sííí

Estoy ya fuera de mí, no sé lo que me está pasando aunque en realidad creo que soy perfectamente consciente de lo que me ocurre. Me da un largo beso en los labios, me los lame, me mira ardiente y deseosa, está disfrutando de lo que acaba de conseguir. Violentamente me arroja en la dirección de la fuerza de la gravedad que me engulle en su viaje al centro de la Tierra. Oigo el crujir de mis huesos contra el suelo. Por primera vez voy a morir y no voy a ver mi muerte.