Los detectives salvajes. Hacía tanto que no leía un libro con este
placer...creo que desde La ciudad y los perros, solo que ahora no
siento la nostalgia que sentí al leer a Vargas Llosa, nostalgia por mi
corta estancia en Lima, los largos días limeños, si es que se puede
sentir morriña por tan breve estancia, si es que eso tiene sentido.
Ahora no la hay con Bolaño y el DF, porque todavía estoy aquí, en
esta ciudad, la gran ciudad. Esta ciudad que me mata, la que me mandó
al hospital, la única que lo ha hecho, la ciudad en la que soñaba
haber vivido ya mucho antes de saberlo posible, como un dejavu
imposible. Y la ciudad que definitivamente se me va quedar aquí
atravesada en el corazón, como la maldita flecha de cupido el día de
los enamorados.
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domingo, 14 de febrero de 2010
domingo, 3 de mayo de 2009
La ciudad y los perros
Después de que me dijera Rincón que no lo tenía en casa de su madre, lo compré aquí, en Oletvm, pero decidí que no lo leería. No lo leería porque acababa de llegar de vacaciones, y creía que si comenzaba, la historia del colegio militar me iba a recordar demasiado a Jesús, y eso a México, y eso a que estaba de vuelta aquí, en esta ciudad, y que tal vez eso pudiera conducir a pensar en ella como un encierro, y no quería sentirme nostálgico, porque a veces también me siento así, y prefiero no hacerlo, sobre todo después de volver, así, tan pronto.
Así que empecé a leerlo montado en el avión, uno de esos de hélices que se agitan como mil demonios, rumbo a Barcelona. Y así conseguí olvidar un poco las turbulencias, y los vaivenes del vuelo que ahora llevo tan mal. Y seguí leyéndolo todos esos días, unos días soleados, de mucho viento y un poco fríos para ser el Mediterráneo. Lo leía antes de dormir, o después de desayunar, un rato, o mientras esperaba para ir a cenar con el amic, o en cualquier otro momento corto. Y sí, si que me recordó a Jesús, y a México, pero también a Lima. Los nombres de las calles, de Miraflores, el malecón, Larco, el barranco, el sonido de las olas, y de las piedras en la playa que se oía desde los miradores. Tengo grabado esos sonidos, vinculados a Lima, y pienso que pocos sitios me han dejado un recuerdo sonoro,
apenas ninguno. Habré estado mil veces en Astorga, en Madrid, en Santander, en Granada y no recuerdo ningún sonido, pero en Lima sí, y era el sonido de las olas agitando las piedras de las playas debajo de Larcomar y del paseo de parquecitos sobre el malecón de la Reserva en Miraflores.
Me acuerdo mucho de esos días por allá, y pienso que el amic Henry también estuvo, y puede que en el mismo sitio, y no le produzca los mismos recuerdos o la misma impresión que ami, o al menos poco habló de Lima, mucho más de Bolivia, Uyuni, la Paz, o ahora más de la Patagonia. Creo que es el significado, la vivencia, lo que viene de dentro más que lo de fuera, es lo que imprime nuestros recuerdos, las impresiones. Allí en Lima término un cambio, mi cambio, un cambio que llevaba lentamente produciéndose desde hacía meses. Empezó en Transilvania, de viaje con el Malabarista, y terminó allí, en Lima, y quizás por eso recuerdo los colores, los olores, la luz nublada, los sonidos, sobre todo los sonidos de Lima, Lima la horrible, como si fuera un paraíso, y quizás para mi si que lo fuera.
Así que empecé a leerlo montado en el avión, uno de esos de hélices que se agitan como mil demonios, rumbo a Barcelona. Y así conseguí olvidar un poco las turbulencias, y los vaivenes del vuelo que ahora llevo tan mal. Y seguí leyéndolo todos esos días, unos días soleados, de mucho viento y un poco fríos para ser el Mediterráneo. Lo leía antes de dormir, o después de desayunar, un rato, o mientras esperaba para ir a cenar con el amic, o en cualquier otro momento corto. Y sí, si que me recordó a Jesús, y a México, pero también a Lima. Los nombres de las calles, de Miraflores, el malecón, Larco, el barranco, el sonido de las olas, y de las piedras en la playa que se oía desde los miradores. Tengo grabado esos sonidos, vinculados a Lima, y pienso que pocos sitios me han dejado un recuerdo sonoro,
Me acuerdo mucho de esos días por allá, y pienso que el amic Henry también estuvo, y puede que en el mismo sitio, y no le produzca los mismos recuerdos o la misma impresión que ami, o al menos poco habló de Lima, mucho más de Bolivia, Uyuni, la Paz, o ahora más de la Patagonia. Creo que es el significado, la vivencia, lo que viene de dentro más que lo de fuera, es lo que imprime nuestros recuerdos, las impresiones. Allí en Lima término un cambio, mi cambio, un cambio que llevaba lentamente produciéndose desde hacía meses. Empezó en Transilvania, de viaje con el Malabarista, y terminó allí, en Lima, y quizás por eso recuerdo los colores, los olores, la luz nublada, los sonidos, sobre todo los sonidos de Lima, Lima la horrible, como si fuera un paraíso, y quizás para mi si que lo fuera.
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domingo, 12 de octubre de 2008
Despertando
Hace una semana, Malabarista y Valkiria estaban pasando el fin de semana con mis padres, aquí. Se puede decir que yo era prácticamente un observador, un observador gratamente sorprendido. Se oye silencio. Supongo que las circunstancias invitaban a ello. El pegamento tiene un papel menos participativo por cachavas. El resfriado de otoño no acompaña. Huele a tierra. Singular situación. Pero perfecta. Redescubres a la gente que quieres con los ojos que no son tuyos. Y eso, naturalmente, proporciona perspectivas más ricas.
Hoy. Amaneció después de llover, y todo esta verde y mojado desde la ventana de la cocina. Un café al lado del ordenador. Por la mañana, soy capaz de escribir antes de hablar. Mis padres acaban de largarse camino a Gijón a la entrevista con el guitarrista del Sueño de Morfeo –una
viernes, 23 de mayo de 2008
La ciudad en el centro del lago de la Luna
El otro mundo. Sudámerica, Perú, Lima, el Cuzco de los Inca, los Andes, la ciudad perdida de Machu Picchu, Hiram Birgham. Todo eso es lo que dejaba atrás, y me pesaba. Ya nunca más pasarearía por el Malecom de la Reserva al atardecer, adiós a Barranco, nunca más habría puestas de sol sobre el Pacífico, ni aquel cielo violeta y fuego. Ya no volvería a apoyarme en una barandilla del LarcoMar oyendo sin más como las olas iban y venían. Dejar los pensamientos flotar mientras escuchaba
cómo se agitaban las piedras de la orilla setenta metros abajo, en picado. Nunca más los viajes del infierno al cielo, del centro, del Tablero a Miraflores. Nunca más travesías en taxis destartalados, diminutos, cajas de cerillas, por los que un indio al que apenas entendía su castellano me cobraría ni dos euros por 20 minutos de carrera "Son seis soles, señor". Nunca más tomaría el helado de lúcuma al salir de trabajar "son cinco soles, señor", ni el pisco souer antes de cenar, se acabó el manjarblanco "señor, aquí tiene sus tortitas", el suspiro de Limeña, el ceviche ni tantas otras cosas. Fin de la dicotomía entre la repulsa que sentía por el acentuado clasismo peruano "Por aquí, señor, yo le ayudo, señor", y la privilegiada posición del europeo caucásico. Recién salido de Perú, ya añoraba la Lima gris, los días allí, el claroscuro y a su gente.
No quería estar en Mexico, no quería que el avión aterrizara en el Juarez internacional. Date media vuelta, vámonos otra vez al sur. O simplemente gira hacia España y ¡volvamos ya! Me daba ánimos a mí mismo pensando en que tan sólo serían cuatro días en aquella ciudad bestialmente grande, de la que tan mal había oido hablar, y que tan peligrosa me parecía. Desde que me comunicaron que tendría que ir a América, México siempre habría representado la parte fea del viaje, el escollo a salvar. Está bien, sólo trabajaré y me quedaré en el hotel sin hacer nada. No tengo porqué salir a nada.
Recuerdo el taxi que me llevó desde el aeropuerto al hotel. Una hora de espera para cruzar la aduana, y una hora más en el coche que me habían reservado, sumergidos en tráfico, y atravesando barrios desvencijados. Tampoco diferente a Lima, pero allí no encontraría mar, ni Pacífico, ni paisajes. ¡Qué ciudad tan fea!
Recuerdo el taxi que me llevó desde el aeropuerto al hotel. Una hora de espera para cruzar la aduana, y una hora más en el coche que me habían reservado, sumergidos en tráfico, y atravesando barrios desvencijados. Tampoco diferente a Lima, pero allí no encontraría mar, ni Pacífico, ni paisajes. ¡Qué ciudad tan fea!
Esos fueron mis pensamientos al llegar a Mexico, la segunda ciudad más grande del mundo. En el avión de regreso a España, mismos sentimientos de pena y añoranza. De tristeza. Pero esta vez no eran por Perú, si no por dejar atrás una ciudad apasionante, llena de historia e historias, moderna- con demasiado tráfico sí, pero bulliciosa, viva, inabarcable. Reforma, el Zócalo y la catedral, Coyoacan ,el parque de Chapultepec, las civilizaciones Mayas, Olmecas, Chichimecas, Aztecas, Teotihuacanos,... la noche del Parque Hundido.
Amigos, en apenas dos meses vuelvo de vacaciones a Mexico, esta vez voluntariamente y con mucho gusto.
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