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domingo, 5 de julio de 2009

domingo, 19 de abril de 2009

lunes, 30 de marzo de 2009

Seguridad Avianca

En el vuelo de Bogotá a Cartagena, antes de despegar la azafata se dirige a los siete que estamos sentados en ventanilla de emergencia:

- Buenas tardes a todos, minombreesElianaPerez y con gusto les doylabienvenida a este vuelo [..] - dice de carrerilla, a una velocidad creciente sólo superada por Scatman John. - Ustedes están sentados en una ventanilla de emergencia y debendeseguir lasinstruccionesdeseguridaddelfolletínenelbolsillo del respaldoenfrentedeustedes. Ademáshayunaseriederestriccionesparaqueustedessepuedansentaraquíyseguirnuestrasinstruccionesen casonecesario...

Se frena en seco y ya sólo se dirige a mi:
- ... como hablar español. ¿Usted habla español?
- Sí- respondo
-... español perfecto...-y me sigue mirando, acusatoriamente.
- Sí, sí, claro.- respondo con determinación
- ¿Está seguro? .
- ...¡¡soy español!!
- ah, perdone


domingo, 29 de marzo de 2009

Pueblo

Serpenteando por las calles de La Candelaria, entre cuadros de Botero y Alejandro Obregón, una visita a la mansión del úlltimo virrey,  y un café en un JuanValdez, así termino en el primer restaurante que visité en el centro de Bogotá, una tabernilla anaranjada con vistas a los cerros. Y ahí termino también "la Mala hora", y empiezo a pensar, con la memoria colectiva de mi familia, en ese Macondo que se sentía en todos los pueblos de Castilla - no tan diferentes en la esencia- y en todos los personajes que toman parte de una trama donde el protagonista es el propio pueblo y de fondo, las heridas de la guerra civil. El cura, el doctor, el alcalde, la policía, las damas católicas, la viuda, la otra viuda, el terrateniente, el ganadero, etc. 
Tal vez este podría haber sido un relato ocurrido en un pueblo maragato, y mi madre podría haber sido la autora.  La animaré a que escriba algo. Mientras, aquí dejo una de sus poesías de su cuaderno y sus papelotes, que rescaté hace unos meses en Google Docs.

Castilla
A horcajadas sobre el llano
castillos y catedrales
dibujan siluetas negras
contra el rosa de la tarde.
Silencio de las acequias,
oscuros ya los trigales.
Un rayo que mantenía
rotos de luz los cristales
se oculta en la lejanía.
Silencio llama a silencio,
¡silencio... que se hace tarde!

sábado, 28 de marzo de 2009

plaza Kolonvia

Un perro muerto en un escalón. Gentes sentadas mirando. Algarabía desde la Séptima. Excrementos de paloma que riegan toda la escalinata, y sobre la plaza, todas las palomas del mundo juguetean con los turistas y los pícaros que les hacen fotos en estampida. 
Más allá, cerca del capitolio guardado por militares con el escudo de gala, se asienta la enésima sentada. Desplazados por la violencia, acampan bajo sombrillas y plásticos para guarecerse del sol escondido. Reclaman derechos humanos al gobierno nacional, y éste, puedo suponer, mira a otra parte. Un turista les hace fotos; mientras, las palomas, de aspecto insalubre y desplumado, cacarean a sus anchas por la Plaza de Bolívar.



El golpe

El policía me está diciendo que tome el otro extremo de la cinta métrica. Yo ya tengo bastante problema con el acento, como para que encima me metan prisa, y más un policía bogotano con pinta de extraviado, que sabe de sobra que ha metido la pata. Le respondo que "ya va" con el español mas cortante que me sale, y me pongo a pegar uno de los extremos de la cinta contra la llanta del coche de Carlos, mientras éste sigue discutiendo con el taxista, y Jose Luis mira la escena unos pasos más a trás en la acera, divertido. El policía hace como que toma las medidas que separan las ruedas de los dos coches de la  acera, como mi presta -ironía, es mas bien reluctante- ayuda. Para complicar más las cosas, un autobús llega por el único carril que el estropicio ha dejado franco. Pero no cabe, por unos centímetros, el taxi empotrado contra el coche de Carlos no le deja paso. Se empieza a formar un atasco increible, y ya solo falta que se ponga a llover.


Diez minutos antes habíamos dejado atrás las calles empinadas de la Candelaria para escalar por la ladera del Monserrate. Bajo la ventanilla, hace calor dentro del coche, y además, quiero ver las vistas. Las luces de Bogotá titilan en el crepúsculo que según dicen, en estas latitudes es muy breve, y en seguida da paso a la noche. Los "dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas" del Distrito Capital confunden,  a uno se le olvida pronto que está en el trópico. Bogotá es fresca, el aire huele a humedad, a lluvia recien caída, y hay más nubes que sol. 
Los edificios del Centro Internacional surgen picudos sobre el mar de luces según vamos bordeando , a media altura el cerro, rodeando el valle para bordear la ciudad y tomar otra entrada. Jose Luis me va contando cosas de la ciudad y sus edificios, y Carlos conduce, y a veces añade comentarios. 
Entramos a la maraña de tráfico. Sorteamos lo que parece un cauce del Transmilenio, giramos, y zas, un policía nos detiene. Pensé que era una parada rutinaria, pero no, por lo visto Carlos se ha saltado el semáforo. A juzgar por la cola de coches parados a la derecha contra a la acera, no es el único. Un taxista está protestando porque el semáforo no se veía, y entre todos los parados, parece que hacen suficiente presión para que nos dejen continuar. El policía nos dice a los dos a la vez, al taxista y a nosotros, que marchemos, y nos da indicaciones para despejar el carril derecho. Consecuencia: en una maniobra inverosimil, el taxi termina encajonado contra el lateral izquierdo de nuestro coche. 
Presionado por el atasco que está formando el autobús y la desgana del policía que se sabe responsable, Carlos al final cede y decide mover los coches a una calle lateral y con esas, el policia ya no se hace responsable del acuerdo que alcancemos con el taxista. Al parecer al taxista acaba de vencerle el seguro justo hoy -qué casualidad-, y aquí en Colombia además no hay cobertura de daños a terceros obligatoria, y corre por cuenta de cada uno. El taxista dice que no tiene plata, no tiene un duro, y termina dando a Carlos unos 30 000 pesos (unos 12 euros) para los arreglos, de los cuales le pide de vuelta 10 000 para gasolina, si al caballero no le importa. En todo esto, ni rastro del policia que sigue dos pasos más allá a lo suyo: parando desprevenidos que no han visto un semaforo camuflado. 

Moraleja: los taxistas y los policias son iguales en todas las partes del mundo. 

viernes, 27 de marzo de 2009

Cartagena negra

Ya de nuevo en el aeropuerto de Cartagena, de regreso a la sabana. Acabo de comprarme un libro de un escritor colombiano, que no es Garcia Marquez para variar, y la vendedora me ha prometido que me encantará, avalado por un premio UNESCO por la forma en que trata la esclavitud negra en esta parte del Caribe.
Ahora recuerdo cuando llegué hace un par de días; la travesía del taxi desde el aeropuerto hasta Bocagrande, discurriendo por las curvas que a un lado dejan un agitado mar de las Antillas, y a otro la plaza fuerte y murallas de la ciudad vieja. Ese trayecto me recordó de repente -ahora sí- a un cuento de Marquez que narra una escena en la vieja Habana donde un coche se estampana contra una casa colonial en un paseo ciertamente muy similar al que mi taxi recorría. Ahora sé en que se inspiró García Marquez para detallar esa escena. Sin haber estado en Cuba, presiento que La Habana y Cartagena guardan parecidos: el calor y la humedad, la gastronomía caribeña, la arquitectura colonial - con sus mansiones amarillo américa, de paredes resquebrajadas, tejados hundidos sobre la vista desde el baluarte-, el mar cálido, el acento caribeño, y como no, la gente negra.
"Los negros mataron a todos los españoles, eh?" me dice un barranquillero de ascendencia árabe sobre uno de los muros de la ciudad fortificada. Es el único sitio donde la brisa del mar hace que se pueda estar a esas horas. Y tiene razón, quitando los turistas, apenas hay "mestizos" colombianos, ningún blanco.
"She lo tendrian meresido shin duda", le digo, imitando el acento de los paisa, que me resulta más fácil que el costeño. "Pero no, man, hushlleron a Antioquia. No vesh que todosh shon blancosh en Medashllo?"
El gesto de su cara corrobora que los del interior y la costa tienen mundos separados y normalmente no se mezclan fácil.
Con esa reflexión en mente, después me bajo de la muralla a la Ceiba en frente de la torre del reloj, a probar diferentes combinaciones de jugos de frutas tropicales que nunca conocí antes, como guayaba, tamarindo, borojó, guanaba, lulo...

sábado, 21 de marzo de 2009

Candelaria

Estaba sentado en la plaza de los Periodistas, disfrutando de las vistas impresionantes - sobre el templete con el homenaje a Bolivar, si alza como un muro vertical el cerro de Monserrate, que flanquea la ciudad antigua y arroja brumas y sombras casi todo el tiempo.


Por la plaza solo pasan los Transmilenio, o como dicen los bogotanos, "transmi-lleno", el sistema de transporte publico de autobus articulado con via dedicado, aquí no hay metro. También pasan todo el rato estudiantes, cruzando la plaza dessde y hacia el barrio colonial de La Candelaria, plagado de universidades. Creo que hay unas 100 universidades en Bogotá  (no, no las he contado, pero solo paseando vi diez). 
Llaman la atención los contrastes de esta ciudad. Fuera del centro historico la ciudad se desaparrama con edificios bajitos, por sus calles y carreras en reticula, y me recuerda bastante a Tuxtla Gutierrez, la capital de Chiapas. Más cercano al centro, el skyline de la ciudad se llena de torres de diferente modernidad. Llegando al centro, toda la ciudad bulle de gente que hace la vida en las plazas, parquecitos y en la losa en general. Esta zona, no monumental y plagada de edificios destartalados se parece a Lima, hasta llegar a la Candelaria que recuerda a las casas maragatas con sus balconadas y la madera en la fachada. Parece más una villa, un pueblin, que el centro de una ciudad moderna con más de 6 millones de habitantes.



Es una pena que no me haya alojado finalmente en la Candelaria, la maquina del tiempo que proyecta un Bogotá dentro de otro, y ese aire bohemio que se respira convence, emboba. Y la gente, mucho mas sociable, de conversación fácil -y a veces, interesante-, dados a volcarse, no sé si ya con el extranjero sólo  o es parte de la cultura nacional.  Quizás lo llegue a averiguar, y lo cuento otro día. 

jueves, 19 de marzo de 2009

Rumbo a Bataca

Los últimos días han pasado tan rápido que en lo que me he querido dar cuenta, estoy en el aeropuerto, de repente sin nada que hacer por fin, casi aburrido, listo para empezar las vacaciones, listo para cruzar el charco una vez más. Rumbo a Bogotá, Colombia. 

Como siempre, en estas ocasiones aparecen mariposas en el estómago. Estoy demasiado acostumbrado a tener todos los dias planificados en una agenda, y saber con exactitud practicamente lo que voy a hacer cada día, o al menos, cual es el contexto en el que me encontraré. Esa sensación de no tener ni idea de cómo es el escenario de
 mañana, creo a a todos nos genera una cierta emoción, dual tal vez, de intriga, curiosidad y preocupación ligera, cautela quizás.

No tengo el viaje aun planeado, con el trajín de las últimas semanas ha sido imposiblee. Sólo tengo algunas claves:
Bolivar, Caribe, café, Nueva Granada, esmeraldas, el Oro, los Andes, la colonia, el Magdalena. Conocer Bogotá, sus museos del arte precolombino - el espejismo de Eldorado, y la historia del libertador Bolivar; el casco histórico Colonial, La Candelaria. Y luego proseguir hasta el caribe, Cartagena de Indias... y luego, ya veremos.

Tal vez,  de Bataca a Itaca. 

sábado, 14 de febrero de 2009

El amor en los tiempos de Hollywood

Rincón me dijo: "cuando vuelvas, escríbeme un correo y me dices qué libros te has comprado". Había salido a despejarme de mi encierro, el "booking" de estos días que me tiene absorto y sin mucho tiempo libre, y me encontré con nuestra familia favorita, que estaban aprovechando una tarde soleada, de las que no hay muchas.
Vaya, Rincón, al final no compré ninguno. Vi un anuncio colgando de una farola sobre una exposión sobre Chillida en el Patio Herreriano y me acerqué a verla. No la recomiendo, un poco simple. Creo que a Chillida hay que verle en su salsa, outdoors, y desde luego encerrado en un sala -sorprendentemente atestada - no luce tanto.

Al salir del museo, compré la peli del Amor en los Tiempos del Cólera. He oido que queda muy por debajo del libro, pero me entraron ganas de verla, y ver así tal vez un poco de Cartagena de Indias por adelantado, hacerme una idea de sus calles, de sus casas, y del aire colonial según lo idealiza el cine. Seguro que es otra impresion la que se recibe in situ, en el Cartagena real, pero ahora me doy cuenta de que ni sé muy bien dónde estoy yendo, ni que facha tiene, cosa que casi me anima mucho más. Fue en parte lo que elegió el destino. Descubrir, descubrir, descubrir. Nuevo, novedad, novel.

La peli debía estar de oferta, debieron echarla el otro dia en la tele, me dijeron en la tienda. De paso, el tipo que me la vendió asumió que era para mi novia, romántico regalo, y me la envolvió con mucho primor y un lacito floripondio. ¡Que curiosa la sique del vendedor! Programados por un calendario...

película "Amor.." + San Valentín = comprador tortolo.

jueves, 12 de febrero de 2009

Estación próxima...

Coincidencia, que Henry y yo fueramos a decidirnos por la siguiente estación el mismo día, para la misma época! Mientras él reservaba billete para pampa y tango, yo lo hacía para café y cumbia. ¡Litoral caribe, allá voy...!