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sábado, 8 de agosto de 2015

18 de mayo, Bogota. Recuerdo número trescientos catorce. En mi cabeza esta sonando continuamente La Llorona interpretada por un tal Depedro, su voz es un lenitivo. Arrastro melancolía por el Andres del centro comercial Santa Bárbara, que ni de tan colorido va a evitar que piense que se me va a romper el corazón en cualquier momento. ¿Cómo he podido caer en esa? Me siento un estupido, no haber aprendido nada en tantos años. Zap, clic. Al poco, es un avión pequeño rumbo a Quito, un día nublado, llueve, y ahora descendemos a un gran valle húmedo, con nubes esparramandose a ras. Y mientras aterrizamos, me regodeo en mi miseria autocompasiva con cierta felicidad agridulce y pienso que me lo tengo merecido. No se cuando voy a superarlo, pero en cierto modo, esa miseria reflexiva, experimentarla por una vez, me hace sentir bien.

"Ay de mi llorona..."

martes, 30 de julio de 2013

Matiz nostálgico



Ahora que me quedaba un verso para rimar con tus cabellos,
Ahora que casi se puede sentir el olor de tu piel en el papel

domingo, 14 de febrero de 2010

El DF y los salvajes detectives

Los detectives salvajes. Hacía tanto que no leía un libro con este
placer...creo que desde La ciudad y los perros, solo que ahora no
siento la nostalgia que sentí al leer a Vargas Llosa, nostalgia por mi
corta estancia en Lima, los largos días limeños, si es que se puede
sentir morriña por tan breve estancia, si es que eso tiene sentido.
Ahora no la hay con Bolaño y el DF, porque todavía estoy aquí, en
esta ciudad, la gran ciudad. Esta ciudad que me mata, la que me mandó
al hospital, la única que lo ha hecho, la ciudad en la que soñaba
haber vivido ya mucho antes de saberlo posible, como un dejavu
imposible. Y la ciudad que definitivamente se me va quedar aquí
atravesada en el corazón, como la maldita flecha de cupido el día de
los enamorados.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Bleeding clown

Me gusta la metáfora del circo como reflejo de la infancia. Un redondel de luz y color, ilusión, un redondel pequeñito, limitado, en el que una vez que te sales, es díficil volver, ya dejas atrás la magia, pues ya entiendes el mecanismo. Vuelves, pero como observador.
Y en general, sobre dejar el mundo conocido atrás perseguiendo sueños.-
Leí este post en el blog de G. sobre los payasos tristes y me recordó a la canción, y a esto, que escribí hace mucho tiempo.


La sonrisa del payaso le había devuelto la paz en el pasado. Pero ahora ya no funcionaba. Además, el payaso estaba marchito, y los antes vivos colores de su traje ahora apenas lucían mortecinos, apagados. Ella se giró y salió de la carpa, franqueó la cancela y abandonó para siempre el recinto donde sus sueños circenses de un día anaranjado se habían vuelto zafios y mundanos. “Un sueño tiene que guiar, tiene que impulsar”, se dijo a sí misma. “Mi sueño, se ha roto”.

Había caminado durante dos horas desde la ciudad del Sol, a tres leguas de la explanada, hasta la mismísima puerta del Arco de Oro con el anhelo de días perdidos en su corazón. Cuando dejó el circo años atrás, el sueño la perseguía. Recorrer el mundo, salir de aquel redondel que era su universo, y ver otros cosmos, otros rumbos. Pronto se dió cuenta de que en el mundo exterior no había malabaristas, ni mujeres barbudas; los saltimbanquis no brincaban ni había acróbatas tejiendo lazos en el aire; no había domadores ni leones, pues todas las fieras eran aniquiladas antes de saberse fieras, y los domadores no llevaban látigo. Llevaban países y vestían de poder y de sombras en el alma. Pronto descubrió que todo eran trucos, pero no había ninguna magia. Sólo televisión, prensa, radio y red. Y entonces lo entendió todo. Se arrepintió de su viaje exterior. Quiso volver a su pequeño redondel de felicidad, quiso volver a su pequeño circo de magia y luz, donde cada día todo era nuevo. Pero no pudo, se encontró la carpa ajada y el payaso triste y descolorido. Con un susurro roto, él se lo explicó: “Amalia, la infancia sucede una vez. No puedes regresar a la inocencia, pues se pierde al vivir y no se recupera jamás”.