Hay dos cosas que me encantan de los restaurantes brasileros respecto a los españoles o mexicanos. El sistema electrónico de comandas. Funciona así: al entrar en el restaurante, recibes una ficha con un código de barras. Pides la comida, y los camareros solo tienen que encargarse de apuntarla en tu comanda electrónica. Cuando terminas de cenar, no tienes que entrar en ese tedioso e interminable diálogo de por-favor-la-nota con un camarero que está más apurado por servir las otras mesas, esperar que el camarero la traiga, depositar la tarjeta, esperar a ser cobrado, firmar la autorizacion de la tarjeta, buenasnoches-buenas noches, bla bla bla. Aquí terminas de cenar, y te levantas cuando quieras con tu comanda electrónica, pagas en caja y te vas.
Y segundo, y esta es solo respecto a Mèxico, no tener que dejar propinas.
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sábado, 10 de julio de 2010
martes, 29 de diciembre de 2009
Istmo
La ultima entrada la escribí desde uno de esos restaurantes de
carretera en un poblado cualquiera del Istmo de Tehuantepec, de los
que están sembrados de topes y nunca sabes si sus casas están a medio
hacer, o a medio caer. Menú sencillo, escaso mas bien, y comida mala
sobre hule maltratado, con gran variedad de salsas mexicanas de
fabrica, tortillas recalentadas y un porche en mestizaje con garaje
envejecido, y mientras, el radio suena con la mejor cumbia de bote. La
vista, una carretera sinuosa en su tramo mas recto y bajo; no muy
lejos esta el mar, pero no se ve, se pierde entre el vergel, palmeras
aquí y allá, con las casas del poblado que se desparraman por las
riberas del pavimento. Solos, no pasan muchas almas, y menos motores
por estos lados, hasta que llegan ellos, pero no con hambre; quieren
estirar las piernas, y que la niña se entretenga, con atracciones
locales como la pareja de bueyes uncidos que patean lentamente y
atraviesan el cuadro que es el porche como en las películas a cámara
lenta, despacio, pero incansables. "Pues como la vida, ¿no?"
carretera en un poblado cualquiera del Istmo de Tehuantepec, de los
que están sembrados de topes y nunca sabes si sus casas están a medio
hacer, o a medio caer. Menú sencillo, escaso mas bien, y comida mala
sobre hule maltratado, con gran variedad de salsas mexicanas de
fabrica, tortillas recalentadas y un porche en mestizaje con garaje
envejecido, y mientras, el radio suena con la mejor cumbia de bote. La
vista, una carretera sinuosa en su tramo mas recto y bajo; no muy
lejos esta el mar, pero no se ve, se pierde entre el vergel, palmeras
aquí y allá, con las casas del poblado que se desparraman por las
riberas del pavimento. Solos, no pasan muchas almas, y menos motores
por estos lados, hasta que llegan ellos, pero no con hambre; quieren
estirar las piernas, y que la niña se entretenga, con atracciones
locales como la pareja de bueyes uncidos que patean lentamente y
atraviesan el cuadro que es el porche como en las películas a cámara
lenta, despacio, pero incansables. "Pues como la vida, ¿no?"
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