jueves, 3 de mayo de 2012
Algunas mas tristes, otras mas alegres, alguna duele más.
jueves, 19 de agosto de 2010
La próxima humanidad me la coloquen en una franja
Puedo entender que esos lugares dieran de si como para poner una casa o dos, y luego la cosa creciera un poco por las vistas. Pero de eso, a atiborrarlo hasta llegar a ser megalópolis como Mexico, Sao Paulo o Río pues no hay quién entienda.
Después de un tiempo del lado de acá, lo de vivir subiendo y bajando laderas empinadas, enganchando viaductos, o rodeados de volcanes, emparadedados por inundaciones, terremotos y otros desastres naturales lo comienzo a ver, pero lo que no voy a entender nunca ni quiero es que construyeran ciudades en sitios donde hace un frío que pela durante nueve meses al año y anochece antes de las cinco la mitad del tiempo, que se te quitan las ganas de salir de casa y hasta de vivir...
Castilla, no me esperes porque no pienso volver.
El suelo tiene sed,
La vida es imprecisa
déjame crecer.
(y lo siento por los finlandeses, en el alma si hace falta, pero allá cada uno con lo que come)
domingo, 14 de febrero de 2010
El DF y los salvajes detectives
placer...creo que desde La ciudad y los perros, solo que ahora no
siento la nostalgia que sentí al leer a Vargas Llosa, nostalgia por mi
corta estancia en Lima, los largos días limeños, si es que se puede
sentir morriña por tan breve estancia, si es que eso tiene sentido.
Ahora no la hay con Bolaño y el DF, porque todavía estoy aquí, en
esta ciudad, la gran ciudad. Esta ciudad que me mata, la que me mandó
al hospital, la única que lo ha hecho, la ciudad en la que soñaba
haber vivido ya mucho antes de saberlo posible, como un dejavu
imposible. Y la ciudad que definitivamente se me va quedar aquí
atravesada en el corazón, como la maldita flecha de cupido el día de
los enamorados.
domingo, 10 de mayo de 2009
Hlavní město Praha
martes, 31 de marzo de 2009
De regreso (III)
Luego al llegar al centro, me extrañó. Había mucha gente en el centro, pero toda en tránsito. No estaban en la calle "estando" sin más. Y nadie vendía nada en la calle según pasabas. Y de nuevo esa sensación de tener espacio propio alrededor, sin ruido. Al llegar a la Plaza Mayor, conté cuatro palomas en total, y entonces me di cuenta. El suelo. Estaba muy limpio. Demasiado. Como reluciente, se diría que se podría comer en él. Desde entonces, me he pasado observando el suelo en las diferentes partes de la ciudad, y es tan liso, tan limpio que no me había dado cuenta antes o se me había olvidado.
Y de repente me doy cuenta que se puede respirar, que el aire huele demasiado bien, incluso cerca de la vía. Después de todo, no pasaban tantos coches. Y todo era tan ordenado. Tan ordenado que parecía estar descolocado.
En fin, como decía mi padre cuando ibamos a la montaña, 'ten cuidado no te intoxique el aire puro'. "Menos mal" que para el fin de semana estaré de nuevo dos mil y pico metros de altura, en una de las ciudades más bulliciosas y contaminadas del planeta. De vuelta en el centro del lago de la luna.
martes, 13 de enero de 2009
Paseando por las vías del D.F.
Pasé por detras de la embasadora y procesadora de la cerveza Corona, atravesé una zona donde construyen enormes edificios habitacionales y corporativos y de pronto llegue a Polanco, donde había un carril para bicicletas a un lado de las vías, y donde en vez de charcos de agua y montones de basura, había pasto y plantas florales a los lados del camino. En toda mi caminata me cruce con muy pocas personas, al menos hasta llegar a Polanco, donde se veían familias caminando por las calles, en su mayoria judíos con banderolas israelís con la leyenda de "apoyamos sus acciones".
Jesús
lunes, 21 de julio de 2008
La gran ciudad
En una gran ciudad confluyen millones de personas, y con ellas millones de historias, algunas son por todos conocidas, normalmente las que afectan a personajes o personajillos de esos que ocupan portadas de revistas o panfletos y minutos de televisión. La mayor parte de estas historias poco o nada tienen que ver con la realidad que se vive y se palpa en la ciudad, sirven solo como entretenimiento y reclamo de esta sociedad consumista a la que pertenecemos.
Pero debajo de todo ese circo mediático subyacen miles de historias reales. Historias alegres, historias tristes, historias sufridas en su mayor parte, reflejo de lo que es la vida real. Cuando uno pasea por una ciudad así e intenta tener los ojos mínimamente abiertos y dispuestos a observar a su alrededor contempla muchas situaciones que no entiende, o que no conoce. Éstas situaciones nos alegran, nos conmueven, nos rebelan, nos enfrentan sin remedio a preguntas no siempre cómodas, preguntas de esas que uno puede obviar ante los demás pero difícilmente puede ocultarse a sí mismo.
Hay dos historias anónimas con las que llevo bastantes días encontrándome, y que me transportan a un ejercicio de imaginación e invención que seguramente no lleve a ningún lado.
La primera de ellas transcurre siempre en el metro, en la estación de Sol. Allí cada mañana a las 8 y cuarto me cruzo con dos ancianos, más o menos de la edad de mis abuelos. Él está siempre sentado en un pequeño taburete, con su violín al hombro, obsequiándonos a todos los que pasamos con legañas en los ojos con unos segundos de paz y sosiego. A su lado en otro pequeño taburete se encuentra ella, que le mira con unos ojos repletos de amor y admiración, y que cada ciertos segundos pasa una hoja del atril cargada de signos mágicos, signos enmarcados en esas filas de cinco líneas que a él le sirven para arrancar pedazos de magia del violín, como un prestidigitador del sonido.
El contraste entre los miles de viajeros pasando a toda velocidad y con caras de estrés camino de sus trabajos y esta “extraña pareja” es sobrecogedor. Al final del día unas cuantas monedas sobre una caja de cartón son el pago a tan impagables servicios.
La segunda historia la protagoniza un hombre de mediana edad, pelo cano y larga perilla del mismo color. Cada mañana lo veo sentado en la entrada de una antigua biblioteca cerca de mi trabajo, siempre en la misma posición, la espalda apoyada en el suelo y los brazos levantados hacia arriba como queriendo asir algo, algo invisible e intangible que los demás no podemos ver. Alguna vez le he visto al salir de mi trabajo, en otro lugar distinto, con otra postura pero con los mismos ojos, ojos que traslucen inteligencia y serenidad, y posiblemente mucho más, quizá amargura, quizá tristeza, quizá solo perplejidad, o deseo, o esperanza,… o que sé yo, no soy capaz de adivinarlo.
Cada mañana le veo en la misma postura, junto a ese carro cargado de todas sus pertenencias, y me pregunto qué hace allí, como ha llegado allí, ¿por alguna desgracia? ¿por alguna decisión?.....
Cada mañana llego a la oficina cargado de preguntas, y sin ninguna respuesta.
