
¿Qué será esa hacienda, descuidada, llena de arboles y casas coloniales, con los muros desconchandos y coronados por alambre de espino?¿Por qué tan abandonada, y tan protegida a la vez? Eso es lo que pienso siempre que me levanto tarde y ya no alcanzo al desayuno del hotel, y me dirijo a la padaría Bela Vista, tomo la rua Carlos de Pinhal y desciendo por la Alameda de Rio Claro, rodeando esta finca. Sus paredes trepan por las cuestas empinadas de las ruas paulistas, aquí un cacho con mosaico de azulejo, allá es pura sombra. Siempre que voy pienso que al volver preguntaré en la recepción por ella, seguro que tendrá una buena historia. Y siempre se me olvida. Hoy pensé que mejor no preguntar, no lo haré, me gusta desayunar viendo los arboles enormes que chorrean raices de color de barro, y que aun no sé como se llaman, y ver esta granja de restos coloniales y estatuas de próceres aparentes, sin saber qué es o qué fue. Café y un poco de imaginación. ¿Qué es la vida sin un toque de misterio?