Más allá, cerca del capitolio guardado por militares con el escudo de gala, se asienta la enésima sentada. Desplazados por la violencia, acampan bajo sombrillas y plásticos para guarecerse del sol escondido. Reclaman derechos humanos al gobierno nacional, y éste, puedo suponer, mira a otra parte. Un turista les hace fotos; mientras, las palomas, de aspecto insalubre y desplumado, cacarean a sus anchas por la Plaza de Bolívar.