Observo que en los blogs la gente reparte halagos, besos y sonrisas por doquier y no dejo de preguntarme si en el mundo tangible esos bloggeros también reparten tanto amor con las personas que les rodean.
Refugiados tras el teclado y la pantalla los bloggeros se sienten más seguros de sí mismos, no tienen que mirar a la cara de la gente con la hablan, no tienen que ser ellos mismos sino que pueden inventarse personajes. Sueñan con lo suyos propios y con los de los más. Utilizan máscaras que esconden sus debilidades y las decoran con fortalezas, tal vez reales tal vez inventadas, con las que dan una imagen un tanto distorsionada al resto de los enmascarados. Quizás buscando rellenar la falta de cariño que no consiguen con los pies en la tierra.
Evadirse del mundo es siempre una buena terapia pero vivir más intensamente lo virtual que lo real, a la larga hace más daño. Porque como decía mi abuela “De visita todos somos buenas personas” y es muy fácil quererse a través de una pantalla, a través de sueños e ilusiones. Supongo que debe ser agradable, reconfortante, pero no dejo de pensar que en realidad todo eso no existe, que es ficticio, fantasioso. Si todos los bloggeros repartiéramos también lo mejor de nosotros mismos con las personas con las que nos cruzamos en el camino el mundo mejoraría a pasos agigantados empujado por todo ese amor que circula por la red. Pero me desilusiona pensar que ese amor no es real, que sólo se saca en la intimidad de nuestra habitación donde soñamos que tocamos a los demás a través de las teclas de nuestro ordenador. Donde más que nosotros mismos somos lo que quizás queremos ser pero no demostramos, lo que nos creemos ser pero no somos. El mundo virtual es un lugar para soñar, para compartir, pero no debería ser un refugio, nunca el único lugar donde dejemos aflorar lo que sentimos. Eso es para los cobardes, para los que no se atreven a vivir.
En la calle es donde podemos tocar y sentir realmente a los demás. Es fundamental que sepamos ser nosotros mismos ahí fuera, que nos atrevamos a decir lo que pensamos y sentimos mirándonos a los ojos. Que dediquemos también mil sonrisas reales a los que podemos tocar, a los que queremos y nos quieren y no sólo a los personajes que nos encontramos en el mundo virtual, donde todos somos buenas personas.