jueves, 8 de abril de 2010
Pensamientos sueltos caminando por la colonia
- Soco tiene razón, ultimamente me estoy aprovechando del malinchismo mexicano para conseguir fruta gratis en el comedor, doble postre, entrar sin pagar en la alberca de Sportcity y saltarme alguno de esos tediosos procedimientos bancarios.
- hacía tanto calor a mediodía en Homero que me arremangué los vaqueros hasta las rodillas. ande yo fresquito, muérase la gente...
- si ocurriera el tremendo seismo que se espera en México, mi piso de papel sería el primero en caerse.
- Me cayó una gota de agua -no sé de donde, tal vez de un arbusto regado - entre las gafas y fue a parar al párpado, resbalando por la mejilla como una lágrima.
miércoles, 7 de abril de 2010
Improvisando a todo chile
los puestecillos de comida, películas o cualquier cosa improvisados en
una mesa de camping o directamente sobre el suelo en una tela, pues
ahora esto. ¿Que te quieres montar una peluquería o un restaurante?
Pues te apañas cuatro chapas y te montas tu casetica con vistas al mar
en medio del bulevar de Horacio. Y punto ¿Acaso la acera no es de
todos?
viernes, 26 de febrero de 2010
Desgracia
La chica del portátil, pensativa, recostada en su sillón esquinado, con la manzana iluminada, el pelo recogido, y su café, que ya no humea, sólo es cartón. Los arbolitos modelados como esferas en la acera, las palmas, y una india recostada en un portal, con la mano alzada murmura, pide, alza los ojos con su cantinela en cada paso, en los cruces de los transeúntes, que no son muchos en esta hora temprana de la noche, o agonizante de la tarde, el crepúsculo ya terminó hace rato.
No es la única desgraciada: en el fondo del café, un sillón, y dos chicas. Una se enjuaga las lágrimas con una servilleta, la nariz, y hace muecas, los ojos congestionados. No se oye lo que dice, es como ver un grito sin voz, es el cine mudo. Gesticula, y finalmente, sus labios se cierran en torno a unas palabras “¿Por qué a mí?”. Y sigue llorando.
No hay diferencia para la desgracia, para su esencia, que se nutre igual, dentro o fuera, en la calle o en el café, de la india o de la blanca.
domingo, 14 de febrero de 2010
Museando
Primero, el museo nacional de San Carlos: a mi el arte europeo clásico
no me gusta (el Prado me aburre, me da hambre). Ahí en San Carlos, el
maestro viejo me recomienda los museos de la calle Moneda y el Carreño
Gil, sobre la Avenida Revolucion ya entrando en San Angel. Es decir,
lejísimos, en el fin del mundo, lo menos. Y voy y le hago caso.
Qué decepción de museo, tres plantas diáfanas en rampa: la primera,
con experimentos de los becarios del Bancomer; la segunda, no me
dejaron entrar, sin motivo, cuando aparentemente no estaban haciendo
nada (desde las rampas se ve toda la sala en 360• grados, y no, no
estaban haciendo nada, una sala esperando visitas). De la tercera
sala, solo pude ver la mitad, porque estaban grabando un reportaje
sobre impulsos al arte moderno, y la reportera era medio olvidadiza,
o disléxica, quién sabe, y no terminaban de grabar. Lo peor de todo
en el Carreño no fue eso, ni la distancia infinita, no, era la
proporción de guardas a visitantes de 7 a 1, inevitable sentirse
vigilado, cercado. Odio esa sensación, igual que en el SHCP de Moneda
en el que literalmente las seguratas te persiguen, ojo avizor, para
que no te lleves la Flechadora de bronce tamaño semi natural en el
bolsillo.
El miércoles en la SEP a ver murales, pero nada, no me dejan entrar. Y
hoy, termino finalmente con la sala Siqueiros polanquera, extraña, de
nuevo sin murales, pero que solo por ver ese cómic de Fantomas co-
protagonizado por Cortazar y Octavio Paz mereció la pena. Creo.
lunes, 8 de febrero de 2010
Sueño de una tarde dominical en el Parque Lincoln
medio boscosos, con arboles muy altos, distribuidos arbitrariamente, en
apariencia; son todo sombras, sin césped en el suelo, solo pura tierra
mezclada con lo que cae del cielo, y alguna planta rasa de las que
arrastran grandes hojas verdes.
El Parque Lincoln me recuerda a lo que sería hoy la Alameda Central en
el mural de Rivera, que vino huyendo a la ribera poniente: los que
tienen dinero, despilfarrandolo, y los que no lo tienen, tratando de
sacarlo; todos en el mismo sitio, unos ignorando a los otros.
Y lamentablemente, Heisenberg, no lo digo como observador externo.
viernes, 5 de febrero de 2010
Más divagaciones
los monoidea, los que se aferran fervorosos a una mitología contranatura, y en general, los que escogen conscientemente un rol de martir superfluo, innecesario. Mandamiento es una palabra muy fea (opresora) y diez, es cuanto menos, algo escaso.
Después de los gruñidos mentales, pienso en dirigime a la pequeña francia, la zona vieja de Polanco, por el parque Lincoln se ve un ambiente hostelero parecido a la orilla del Sena. Ya que no puedo salir de aquí, igual encuentro algún café interesante. Llego a la avenida del presidente checo (recuerden, la mas glamorosa de todo México); aquí flanqueando, las casitas, los palacitos reconvertidos en boutiques, no hay pisos ni torres; y aquí, si sopla, el aire es colonial, pero no colonial como el centro de Mexico, sino colonial a lo cartaginés (cartagenero suena a vallenato), modernizado y con su toque francés invariable. Me recuerda a las fincas del comienzo del Paseo del Arco de Ladrillo, que un dia dije que cuando sea mayor, pienso quedármelas una vez que se las expropiemos al ejercito de Valladolid (que no se si sea la misma cosa que el ejercito nacional, considerándolo todo y con su perspectiva histórica).
Volviendo a Masaryk y a a sus palacetes, los maniquíes asoman tanto en los ventanales de planta baja, como arriba, en la planta alta, y da un poco de miedo, como si fueran los legítimos habitantes de la propiedad. Como si el plástico hubiera destronado a la carne ocupante. Puede ser escalofriante, me recuerda a una ciudad rumana que M y yo visitamos. Era una ciudad deprimente, no había casi nada, ni siquiera locales para las tiendas de la calle; éstas ocupaban la vivienda más baja, a ras de suelo, y sus ventanas eran los escaparates. No recuerdo qué ciudad era, creo que había un río, no era en Transilvania ni era Suceava, pero allí no había nada, nada que ver, nada que hacer. Me pregunto qué haríamos allí, en un sitio así.
viernes, 22 de enero de 2010
La polanquería
Leí una vez que Presidente Masaryk es la calle más glamorosa de todo México. A mí, me gusta más Horacio, en especial, la zona del parque América hasta metro Polanco. Por las ramblas, por la acera central flanqueada por esas altísimas coníferas, que dejan entrepasar los rayos de sol, por los puestos de flores. Hoy hace un día primaveral, luminoso, de esos en el que el aire parece que sabe diferente, de los que te ponen una sonrisa. Voy caminando por el Parque América, en las farolas hay carteles pegados de "se busca". Me acerco, y lo que se busca son perros extraviados. Me da un poco de tristeza al verlo. En la estación del metro Hidalgo, en el tablón de anuncios también hay carteles de "se busca", pero muchos más. Y no son de perros, son de personas, y ninguna de ellas son precisamente un Hugo Wallace.
jueves, 14 de enero de 2010
Metáfora II
Pero al final encontré algo peor que las aceras polanqueñas, que al fin y al cabo, no son más que banquetas viejas. Una escalera mecánica parada, ¿arrancará al bajarla? La incertidumbre en el suelo.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Epístola a una señora gorda
le escribo esta carta porque con el paso del tiempo he aprendido a templar lo que se ha dado en llamar mala ostia asesina, y he preferido reflexionar antes de decirle alguna otra cosa más que "schhhhh" o "jodeeer se callará" durante el transcurso del visionado de la película que tanto ha usted perturbado.
Sí sé que en este cine particularmente, ya es costumbre que la gente hable, con un volumen normal - por aquello de compartir sus comentarios, acertados siempre, señora, con el vecino de fila o de dos o tres filas atrás- desde que se apagan las luces hasta que algún personaje de la película le dé por hablar y ya es necesario dejar la conversación para otro momento, porque igual así nos perdemos en el argumento. Menos mal que ya no estamos en la era del cine mudo, o que en esta película particularmente solo tardamos 10 minutos en que un personaje arrancara.
Y sí, a mi me gusta oir los anuncios, y los trailers de otras películas.
Pero como sé que es costumbre, espero que sólo en este cine y no en toda la república, de hacer comentarios en voz perfectamente audible, y de hacer mucho ruido al buscar palomitas horadando su cubo de cartón cual topo ciego, cual bestia marina en la insondable profundidad, cual señora de Polanco fresa y maleducada,de entrar y salir de la sala para buscar un nuevo perrito caliente, o quizás un brownie caliente, que como no podría ser de otra forma, los amables artesanos del cine por franquicia tienen a bien envolver en papel crujiente de ese que sólo le falta chisporrotear con los destellos de la pantalla, pues por todo eso, como le digo que ya sé que es una buena tradición pues no le quiero recriminar nada en esta carta, pues suficientes "schhh" y "joder" ya le he dedicado, y que comprendo que usted tiene la consciencia de un líquen marchito, y como le digo, sé de buena fe que todas estas distracciones que usted nos brinda es parte de la buena práctica en la Casa del Arte.
Ahora, lo que ya no podemos consentirla, mi señora, es que usted se quede dormida en el cine después de atiborrarse con las palomitas, los dulces, y otras viandas, y claro, adormecida por la digestión de las boas, se ponga a roncar. A roncar, sí. Cual oso pardo. En medio de la película.
Menos mal que pronto despertó, mi buena señora, y se fue a por más cargamento para recuperarse del desgaste que supone haberse tragado un megafono.




