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viernes, 27 de marzo de 2009

Cartagena negra

Ya de nuevo en el aeropuerto de Cartagena, de regreso a la sabana. Acabo de comprarme un libro de un escritor colombiano, que no es Garcia Marquez para variar, y la vendedora me ha prometido que me encantará, avalado por un premio UNESCO por la forma en que trata la esclavitud negra en esta parte del Caribe.
Ahora recuerdo cuando llegué hace un par de días; la travesía del taxi desde el aeropuerto hasta Bocagrande, discurriendo por las curvas que a un lado dejan un agitado mar de las Antillas, y a otro la plaza fuerte y murallas de la ciudad vieja. Ese trayecto me recordó de repente -ahora sí- a un cuento de Marquez que narra una escena en la vieja Habana donde un coche se estampana contra una casa colonial en un paseo ciertamente muy similar al que mi taxi recorría. Ahora sé en que se inspiró García Marquez para detallar esa escena. Sin haber estado en Cuba, presiento que La Habana y Cartagena guardan parecidos: el calor y la humedad, la gastronomía caribeña, la arquitectura colonial - con sus mansiones amarillo américa, de paredes resquebrajadas, tejados hundidos sobre la vista desde el baluarte-, el mar cálido, el acento caribeño, y como no, la gente negra.
"Los negros mataron a todos los españoles, eh?" me dice un barranquillero de ascendencia árabe sobre uno de los muros de la ciudad fortificada. Es el único sitio donde la brisa del mar hace que se pueda estar a esas horas. Y tiene razón, quitando los turistas, apenas hay "mestizos" colombianos, ningún blanco.
"She lo tendrian meresido shin duda", le digo, imitando el acento de los paisa, que me resulta más fácil que el costeño. "Pero no, man, hushlleron a Antioquia. No vesh que todosh shon blancosh en Medashllo?"
El gesto de su cara corrobora que los del interior y la costa tienen mundos separados y normalmente no se mezclan fácil.
Con esa reflexión en mente, después me bajo de la muralla a la Ceiba en frente de la torre del reloj, a probar diferentes combinaciones de jugos de frutas tropicales que nunca conocí antes, como guayaba, tamarindo, borojó, guanaba, lulo...

sábado, 14 de febrero de 2009

El amor en los tiempos de Hollywood

Rincón me dijo: "cuando vuelvas, escríbeme un correo y me dices qué libros te has comprado". Había salido a despejarme de mi encierro, el "booking" de estos días que me tiene absorto y sin mucho tiempo libre, y me encontré con nuestra familia favorita, que estaban aprovechando una tarde soleada, de las que no hay muchas.
Vaya, Rincón, al final no compré ninguno. Vi un anuncio colgando de una farola sobre una exposión sobre Chillida en el Patio Herreriano y me acerqué a verla. No la recomiendo, un poco simple. Creo que a Chillida hay que verle en su salsa, outdoors, y desde luego encerrado en un sala -sorprendentemente atestada - no luce tanto.

Al salir del museo, compré la peli del Amor en los Tiempos del Cólera. He oido que queda muy por debajo del libro, pero me entraron ganas de verla, y ver así tal vez un poco de Cartagena de Indias por adelantado, hacerme una idea de sus calles, de sus casas, y del aire colonial según lo idealiza el cine. Seguro que es otra impresion la que se recibe in situ, en el Cartagena real, pero ahora me doy cuenta de que ni sé muy bien dónde estoy yendo, ni que facha tiene, cosa que casi me anima mucho más. Fue en parte lo que elegió el destino. Descubrir, descubrir, descubrir. Nuevo, novedad, novel.

La peli debía estar de oferta, debieron echarla el otro dia en la tele, me dijeron en la tienda. De paso, el tipo que me la vendió asumió que era para mi novia, romántico regalo, y me la envolvió con mucho primor y un lacito floripondio. ¡Que curiosa la sique del vendedor! Programados por un calendario...

película "Amor.." + San Valentín = comprador tortolo.