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domingo, 10 de febrero de 2013

Valladolid, 2004, pero no recuerdo el que.

Al principio empezó como una leve iridiscencia que bullía en sus entrañas, hasta el punto que creció hirviendo su sangre y pronto, aquella comezón interior no pudo contenerse y literalmente estalló, liberando toda su rabia contenida. La ira se vertió como se vierte un jarro de agua tumbado sobre el suelo, derramándose por su boca, sus ojos, sus oidos, sus poros, pronto arrasando la alfombra granate, rebasando la mesilla de centro y volteando libros y otros objetos que estaban en ella posados. La ira inundó el salón, trepando por las paredes, resquebrajando aquel marco de fotos donde toda la familia posaba en el cumpleaños de la abuela; rompió también la ira vertida el premio de vidrio que ya estaba roto y que aun aguantaba de pié sobre la mesa del televisor. Alcanzó la inundación furiosa las máscaras prehispánicas que tenía colgadas, las plantas se secaron con tanta rabia, y llegó a alcanzar el cuadro de colores vivos, que se volvieron oscuros y parduscos solo al toque de aquella inundación de rabia que aun seguía emanando de su fuente furiosa. Pronto, los cristales del salón se rompieron de pura furia, y aquella sustancia viscosa, invisible, intangible pero insaciable se vertió a la calle desde el segundo piso con un goteo fluido al principio, y más tarde con todo el frenesí furioso que la rabia auguraba. Llegó al despacho de pan de calle, y tocaba ladina cos sus dedos viscosos las mesas de la terraza de la cafetería. Las plantas de la floristería que campaban sobre la acera en el escaparate se pudrieron, y cuando la ola furiosa entró en la panadería, la panadera ya no servía las barras gentilmente, si no que las apachurraba antes de cederlas al comprador, haciéndolas crujir y casi partirse. Ya no era amable, ni decía buenos días. Solo pedía el dinero y arrojaba prácticamente el pan machacado sobre el mostrador. La ola viscosa de rabia ya les llegaba a los tobillos a las clientas cuando están protestaban por lo poco cocido del pan o porque la ultima se había colado en el turno del despacho y nadie respetaba ya nada. El fluido rabioso siguió su avance, llegó a la plaza, y de ahí a la calzada de la gran avenida, donde los conductores pronto ya enfadados empezaron a colapsar de tráfico la calle. Tocaron los claxones, y los peatones resbalaban sobre los pasos de peatones, pues el fluido rabioso era de mal pisar, inestable, y engañoso. Algun caido, al levantarse, se volvía furioso contra los conductores, y alguno hubo que arremetío contra la fina chapa de los coches más nuevos, enzarzándose en una rifi-rafe con el conductor. La ola era imparable y ya pronto regaría todos los rincones de la pequeña ciudad, y no paraba de fluir, y de secar los jardines, los parterres y las macetas urbanas; de alterar a los ciudadanos, de oxidar los bancos y las farolas, apagando la luz vespertina; no paró hasta llegar al mismo corazón, al sitio donde los niños juegan en las tardes de abril; no paró hasta vaciar la calle, hasta no dejar nadie más que los enfadados habitantes que pronto, se ahogaron en la ola de furia que manaba despacio y sin pausa. Entonces, pedí al cielo que lloviera.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Efecto Rip Van Winkle

A veces pasa. Lo provoca un estímulo audiovisual propicio, que hace que vuelva ese recuerdo, aleatorio, inconexo y más bien poco concreto; y vuelve de manera tan vívida que por un segundo envolvente el recuerdo absorbe, no exactamente como revivido, más como si las sensaciones de entonces envolvieran voluptuosas la percepción, te retornaran sensacionalmente a lo que percibías en aquel momento. Cuando eso pasa, parece que todo lo vivido desde ese momento pasado hasta el presente se colapsara para tu percepción, desaparece para esa forma de percibir el mundo -dificil de describir- que posiblemente se situa entre los cinco sentidos y la analítica lógica del cerebro, o tal vez en la convergencia de ambas, sin ser ni una ni otra.
Parpadeas y por unos momentos leves, has pasado de la sensacion del recuerdo pasado al presente de súbito, y tu percepción no reconoce ese salto, te desubica, como un Rip Van Winkle. Tu mente sabe perfectamente, tu razocinio no se afecta, pero tu fuero interno, confuso, desconoce. Como una conversación fugaz entre ambos, donde uno trata de ajustar al otro.
- ¿dónde estoy?
- en México.
- pero, ¿estás paredes?
- son tu casa.
- ¡no!.. ¿sí?
- sí
- pero, ¿qué hago en México?
- Viniste unos meses, ¿no recuerdas?
- er.. sí. Casi. Ya recuerdo.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Ayer y hoy

Hace años, cuando me regalaron mi primera radio con reproductor de CD estaba impresionado. No era para menos: allí dentro había .. ¡un auténtico rayo láser! Los CDs eran caros, y no había empezado la moda del pirateo, ni top manta, ni creo que los ordenadores siquieran tuvieran unidad de CD-ROM por ese entonces, así que había que comprarlos originales, y se atesoraban como piezas de una colección -algo poppera- y tan brillantes en su arcoiris cromado, con los folletines oliendo a papel satinado, de colores vibrantes, tacto suave. Mi primer CD era un recopilatorio de Unplugged, y recuerdo una canción, un cover de Led Zeppelin, Battle of Evermore -que debería buscar en algún momento, quizás cuando termine la entrada. El segundo CD que compré, en cuanto los pocos ahorros de la propina lo permitían, no recuerdo cuál era; pero el tercero sí, era otro recopilatorio de canciones de BSO de películas de entonces. Recuerdo que no estaba mal, pero me molestaba un montón que la pista número tres fuera de una tal Chavela Vargas que no me gustaba nada, y creo que cantaba una canción de una peli de Almodovar, que tampoco me gustaba nada."Piensa en mí" creo que era, cantada con esa voz de garganta quemada en vodka, y una melodía que le podría gustar a mi abuela, y encima en español. "Qué mal, ¿por qué la pusieron en mi CD? Ahora tengo que andar saltándola.."

.... hoy, estoy en México, y la Vargas, con esa voz rota que se atrastra por sus noventa años, resuena en las paredes. La he puesto yo.


jueves, 9 de abril de 2009

Rotavolución

Ha sido un día cansado. Arrastrando los pies por el bosque de Chapultepec, que ni un miércoles santo descansa de turistas, de orgullo patrio y de otras señas de lo mexicano, que invaden lo que un día fue un retiro apartado para el castillo regente. Hoy ya me parece una sombra, adornada, como todo lo que vemos en este siglo, de la añoranza de un recuerdo que ni os perteneció ni fue como lo pintan. No hace falta leer a Carlos Fuentes para darse cuenta de la opacidad de esta región del aire translúcido, tan contaminada, en el sentido físico, y en el metafísico también. El recuerdo colectivo, común, tiene la lacra de quedarse sólo con los vestigios románticos de los hechos; quién sabe si es una cuestión de mercadeo o simplemente la mente del hombre –y de la mujer- que hace por olvidar lo feo del pasado, y subjetiviza la historia para ensamblarla con el presente, siguiendo un instinto de autoprotección. Así se puede vivir, hoy. Y tal vez así se pueda construir una identidad nacional. 
Así, uno piensa en la Revolución, como una inspiración divina, nostálgica, de la bravura de los insurgentes e inconformistas, de los soñadores que querían cambiar las cosas. Por justicia, por todos, para todos. Pero en cuanto se entra más en materia se llega a una cinta de Moebius, que tanto me gusta cómo ilustró Orwell en 1984: los bajos siempre serán bajos, y por encima de ellos, los altos y los medios luchan en el ciclo de la alternancia, puro egoísmo. Desde luego no soy experto en sociología, antropología, historia, ni en nada realmente, pero es lo que veo. Es una constante:
El revolucionario que derroca al dictador, termina convertido en un nuevo dictador. 
Los únicos héroes auténticos son aquellos que mueren antes de corromperse.