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martes, 8 de diciembre de 2009

Apanicarse

apanicarse

(Del lat. panĭcus, y este del gr. Πανικός).

1. verb. Reacción de un gringo ante un evento o circunstancia de mexicaneidad profunda latente que se manifiesta de forma intimidatoria.


Esta noche, a la vez que yo entraba en el metro Auditorio, salía toda una panda de seguratas (ellos y ellas) encabezados por un sigiloso que subía las escaleras con la pistola en ristre, y los demás que le seguían de verde, iban desenfundando.

Lo más raro fue que simplemente me pregunté "¿a donde irán?". Y lo segundo más raro fue que o lo soñé, o nadie se molestó en girar la cabeza.


viernes, 26 de septiembre de 2008

¿eres tu John Wayne... o lo soy yo?

Cuando era más jovencito esta frase se estableció como broma recurrente entre mi grupo de amigos, al parecer la habían extraído de una película, que en aquél momento yo no sabía cuál era. El objeto de tal frase venía a ser un reto, gallardo y viril, de similares efectos que el golpe con un guante que servía en la Francia pre-revolucionaria para retar a duelo a un oponente. A mí siempre me pareció muy sobreactuado, imposible de encontrar en la vida real. Ayer comprobé que me equivocaba. Volvía del cine en el metro, con mi compañera y una amiga, ambas mujeres lindas, de buen ver que se decía antes. Cuando subimos al metro lo hicimos en compañía de un grupo de guardias de seguridad que volvían a sus casas después de una jornada de trabajo. Uno de ellos llevaba un precioso pastor alemán, y era el único que llevaba su ropa de trabajo como si acabara de volver de las junglas vietnamitas, con las botas militares por fuera, el pantalón bien ceñido y las esposas, porra y demás parafernalia bien a la vista.
Ya en el andén pudimos ver como este "adorable homo erectus" representaba el papel de macho man frente a un par de mujeres coreado por las alabanzas de los mequetrefes de sus compañeros.
Una vez en el vagón tuvimos que sufrir escuchando el relato a sus compañeros de sus bravuconadas laborales, consistentes en atemorizar con el perro a un "moro con la camiseta del BarÇa". En un momento de su relato el "homo erectus" se giró hacia nosotros y echó una lenta y desagradable ojeada a mis compañeras de viaje, una de esas miradas que se pega a tu piel ensuciándola y ofendiéndola, asentada por supuesto en la seguridad que te aporta un perro adiestrado para el ataque y un uniforme que otorga "poder". Muestra lamentable de lo que un traje puede provocar en un cerebro licuado.
Cuando se bajó el aprendiz de Torrente continuamos viaje comentando el desasoiego que provoca pensar que la seguridad está en manos de imbéciles de ese calibre. Llegamos a nuestra estación, y al bajar nos encontramos de frente con una pareja de policías nacionales que estan pidiendo la documentación a todo el que pasa, perdón, a todo el que pasa no, a todo el que pasa y tiene rasgos que denoten una procedencia diferente a la ibérica. Uno de ellos, que estaba libre en ese momento, bloqueaba nuestro paso, lentamente y con los brazos "en jarras" nos echó una altiva ojeada que nos perdonaba de nuestros pecados, pero solo por esta vez, se apartó despacio y nos permitió indulgentemente continuar nuestro camino.
Me siento agasajado y agradecido por esa parte del personal de seguridad tanto pública como privada que generosamente me ofrece su perdón sin pedir nada a cambio, cuánta generosidad. El traje con porra es la evolución moderna del anillo único, y los hombres parece ser que seguimos cediendo a su poder...


jueves, 24 de abril de 2008

Indignación

Indignación, rabia y una gran dosis de odio es lo que producen las imágenes que hemos podido ver últimamente de agresiones en el metro de Madrid llevadas a cabo por los propios vigilantes de seguridad. Primero de todo hay que dejar claro que la actuación de un grupo de impresentables no puede calificar a todo el colectivo, esto es obvio, estoy plenamente convencido de que una gran mayoría de los profesionales del campo de la seguridad cumplen fielmente con su cometido y no se extralimitan ni utilizan su "poder" para abusar de los demás. Pero precisamente para salvaguardar el buen nombre de estos profesionales y su imágen hacia el público creo que es preciso castigar con severidad a los que sí abusan de su situación. Lo mismo ocurre con los policías, guardias civiles y demás cuerpos de seguridad. Me parece demencial el pensar que las personas encargadas de velar por nuestra seguridad, pagadas y armadas con el permiso de todos para proteger la convivencia utilicen esos privilegios para mostrar su miseria personal. Me parece increíble que un día pueda bajar al metro y verme rodeado por una manada de "homo erectus" con el cerebro aún por desarrollar, y que éstos puedan darme una paliza impunemente sin que yo pueda hacer nada, salvo ser más violento que ellos.
Creo que es vital para que una sociedad funcione que tengamos fe en nuestros cuerpos de seguridad, y para ello debe haber una transparencia total en sus métodos, y una sensación clara y diáfana en la ciudadanía de que si se extralimitan o abusan de poder serán castigados como cualquier otro, o incluso más, puesto que a su acto indigno suman la traición a la confianza que la sociedad les otorgó. Un día asistí a la violencia irracional de uno de estos dementes, y sentí unas ganas terribles de golpearle, de hacerle sentir en sus carnes la impotencia que genera el uso de la violencia..... repito, VERGÜENZA

miércoles, 16 de enero de 2008

Dos minutos....

Son las 8 de la mañana, acabo de subir al metro después de un par de minutos de espera en un andén repleto de gente.Tengo sueño, mucho sueño. Miro a mi alrededor, todos tienen sueño, el vagón está repleto de ojos cerrados, de ojeras, de caras con desgana, de personas encaminadas hacia un destino no deseado, que acaban de abandonar la placidez del descanso, el abrigo de la cama, quizá incluso el abrazo de la persona amada,... por ir en pos del pan de cada día.
A la desgana que provoca el madrugar se une la incomodidad provocada por los miles de personas concentradas en tan minúsculo espacio. Para poder subir al vagón he tenido que soportar empujones, colocarme en una postura acrobática y rezar porque las puertas no me dejen con medio cuerpo dentro y otro medio fuera.
Una vez superadas estas pruebas el vagón comienza a moverse, y todos los que allí nos encontramos tomamos aire y nos cargamos de paciencia para aguantar los minutos que nos esperan en tan precaria posición.
Tras diez paradas y un transbordo me acerco a mi destino, el vagón no está tan lleno como cuando me subí pero todavía queda bastante gente. A mi alrededor tengo a un joven estudiante camino de la facultad de minas supongo (está al lado de la parada), una joven con bolso quizá camino de su trabajo, un par de hombres de mediana edad con mono de trabajo, un par de rumanos (eso me parece al oirlos hablar) de mediana edad también, una anciana agarrada a la barandilla con fuerza, parece temer un gran peligro si suelta la barandilla, y un hombre que se encuentra detrás de mí con traje y corbata, poco pelo y una cara mezcla de estrés, responsabilidad y una honda amargura.
Cuando llegamos a la parada se produce el habitual trajín de personas que entran y personas que salimos. La anciana de la barandilla parece no saber que cuando no vas a bajarte es costumbre apartarte si es posible o bajar para dejar salir y después volver a entrar. La pobre mujer está como asustada por los pequeños empujones que le da la gente al salir o entrar debido al poco espacio que ella deja. Justo antes de que pase yo a su lado lo hace el hombre del traje, camina apresurado y al encontrarse con el impedimento que supone la mujer resopla malhumorado y pasa junto a ella con demasiado brío, el efecto inmediato es que la mujer se balancea y a punto está de caer, no contento con esto el hombre abronca a la anciana:

-!pero quiere apartarse!

Todos los presentes miramos al "homo erectus" con miradas reprobadoras, y nos acercamos a la anciana que por el empellón ha salido fuera del vagón y muestra en su cara el susto y la humillación sufrida. Me acerco a ella:

- Tranquila señora, siempre tiene que haber idiotas.
- Pero si yo no había hecho nada....
- No le dé más importancia, el tipo era un imbécil.

Oímos un ruido, miramos hacia atrás y vemos como el metro arranca camino de la siguiente estación.
Decido acompañar a la mujer hasta que venga el próximo metro, y así ayudar en lo posible a que se le pase el susto. Me cuenta que no es de aquí, que viene a ver a una hermana que está ingresada. Revisamos el plano del metro y la parada en la que se tiene que bajar, y la explico las normas no escritas que rigen el comportamiento en el submundo de esta ciudad para que no tenga más percances.

- Gracias hijo, pero no esperes más que llegarás tarde al trabajo.
- Tranquila señora, nada cambiará en mi vida por un par de minutos.

Llega el siguiente metro y lo coge, y nos despedimos con dos besos en la mejilla. Me voy con una sonrisa en los labios, esta mujer me ha recordado a mi abuela.
Cuando subo a la calle veo un gran tumulto de gente y un coche junto a la acera con un bollo enorme en el capó y el parabrisas agrietado. Junto a él se encuentra el cuerpo de un hombre ensangrentado. Entre el gentío veo las piernas del hombre, y un escalofrío recorre mi espalda, esas piernas las he visto antes...... Parece que dos minutos si cambiaron una vida.

martes, 5 de junio de 2007

Vergüenza

Lunes 4 de junio, doce de la noche, vuelta al hogar después de una agradable tarde compartiendo conversaciones, abrazos y confidencias, regadas con unas cañitas y unos porritos, parece que con la primavera vuelve la vitalidad a Madrid y los que aquí nos encontramos corremos raudos a disfrutar de este miniparaiso que nos ofrece.
Nos encaminamos hacia la puerta del sol para coger el metro que me lleve a mi casa, es tarde y estoy un poco fumado, antes de llegar encontramos a un músico itinerante que está amenizando la noche a los viandantes, acunando con las notas que salen de su guitarra a los que allí se encuentran, una marabunta de niños procedentes supongo de algun viaje escolar ha hecho del músico su clown particular y corren y saltan alborotados alrededor de las notas del juglar, y este sonrie sin rubor al ver el milágro que se está produciendo, parece un ángel en medio de la calle regalando sonrisas a los niños.
Pasamos junto a ellos y una sonrisa se acomoda en nuestros rostros contagiados por el milagro que allí se está produciendo, y en este estado esperaba irme a dormir pensando que quizás este mundo que suele mostrar el egoísmo y la maldad en grandes dosis diarias siga teniendo una parcelita en él que hace que aún merezca la pena.
En esto estaba mi cabeza cuando al acercarnos a la parada de metro vemos salir corriendo a un hombre de mediana edad latinoamericano con un segurata detrás blandiendo amenazante una porra en su mano derecha. El segurata alcanza al hombre y le golpea una vez con la porra, este se para y parece que la cosa se va a serenar, mientras tanto los que allí nos encontramos miramos sorprendidos lo que está ocurriendo, en ese momento salen otros tres seguratas de la boca de metro y corren hacia el lugar donde se encuentran las otras dos personas, uno de los que se acerca saca su porra y comienza a golpear de nuevo al hombre, los demás le gritamos para intentar que dejen de golpearle, el hombre sale corriendo y este último segurata sale detrás de él, corre durante unos 100 metros y le golpea reiteradas veces en ese trayecto, después vuelve sobre sus pasos sujetado por una compañera con toda su virilidad de frustrado asomando por sus fauces, gritando improperios y bravuconadas al huido, de esas que siempre salen a los cobardes cuando se encuentran en el bando más fuerte y numeroso.
Vuelve hacia la boca de metro con andares de terminator y cara de cromagnon soportando las miradas de desprecio de los que hemos contemplado la escena y entra en ella sin que una misera gota de culpa o de duda sobre lo que ha hecho corra por su pequeño cerebro,....... y yo siento vergüenza, por pertenecer a una especie en la que cohabitan animales como ese, plenos de frustración e ira, y por pertenecer a la mayoría de esa especie que si bien no actuamos de la misma manera, no hacemos nada por evitarlo.