sábado, 12 de diciembre de 2009

Epístola a una señora gorda

Estimada señora:
le escribo esta carta porque con el paso del tiempo he aprendido a templar lo que se ha dado en llamar mala ostia asesina, y he preferido reflexionar antes de decirle alguna otra cosa más que "schhhhh" o "jodeeer se callará" durante el transcurso del visionado de la película que tanto ha usted perturbado.
Sí sé que en este cine particularmente, ya es costumbre que la gente hable, con un volumen normal - por aquello de compartir sus comentarios, acertados siempre, señora, con el vecino de fila o de dos o tres filas atrás- desde que se apagan las luces hasta que algún personaje de la película le dé por hablar y ya es necesario dejar la conversación para otro momento, porque igual así nos perdemos en el argumento. Menos mal que ya no estamos en la era del cine mudo, o que en esta película particularmente solo tardamos 10 minutos en que un personaje arrancara.
Y sí, a mi me gusta oir los anuncios, y los trailers de otras películas.
Pero como sé que es costumbre, espero que sólo en este cine y no en toda la república, de hacer comentarios en voz perfectamente audible, y de hacer mucho ruido al buscar palomitas horadando su cubo de cartón cual topo ciego, cual bestia marina en la insondable profundidad, cual señora de Polanco fresa y maleducada,de entrar y salir de la sala para buscar un nuevo perrito caliente, o quizás un brownie caliente, que como no podría ser de otra forma, los amables artesanos del cine por franquicia tienen a bien envolver en papel crujiente de ese que sólo le falta chisporrotear con los destellos de la pantalla, pues por todo eso, como le digo que ya sé que es una buena tradición pues no le quiero recriminar nada en esta carta, pues suficientes "schhh" y "joder" ya le he dedicado, y que comprendo que usted tiene la consciencia de un líquen marchito, y como le digo, sé de buena fe que todas estas distracciones que usted nos brinda es parte de la buena práctica en la Casa del Arte.
Ahora, lo que ya no podemos consentirla, mi señora, es que usted se quede dormida en el cine después de atiborrarse con las palomitas, los dulces, y otras viandas, y claro, adormecida por la digestión de las boas, se ponga a roncar. A roncar, sí. Cual oso pardo. En medio de la película.
Menos mal que pronto despertó, mi buena señora, y se fue a por más cargamento para recuperarse del desgaste que supone haberse tragado un megafono.

6 comentarios:

Henry Gondorff dijo...

xD muy bueno

Rincón oscuro dijo...

me parto... lo mejor: "consciencia de líquen marchito"... qué descojone.

malabarista infernal dijo...

¿quién no ha sufrido un roncador en el cine?????, donde está Henry y su magnum cuando se le necesita ;-))

Xicoatl dijo...

Yo dedicaría un pequeño post epistolar al tipo cuyo celular comenzó a sonar a media función teatral, y que ademas de molestar a todos con su ridículo ringtone contestó la llamada hablando con taaanta naturalidad...

daviz dijo...

si, o el famoso lanzallamas de M :)

ya te digo X, si luego yo soy un gruñón, pero es que me lo ponen en bandeja... vaya fin de semana, doblete de payasos!!

malabarista infernal dijo...

:-)